El dolor no siempre hace que un perro llore o cojee. Muchas veces simplemente poco a poco deja de hacer cosas que antes hacía con normalidad en su día a día. Así lo advierte Irene de Miguel, veterinaria clínica y responsable del servicio de rehabilitación en Medivet Velilla de San Antonio.Entre las señales que deben alertar a los tutores se encuentran empezar a subir peor las escaleras, evitar saltar al coche o al sofá, tardar más en levantarse, jugar menos o cambiar su forma de relacionarse. Los perros suelen adaptar sus movimientos para evitar las molestias, por lo que estos cambios pueden aparecer antes que una cojera evidente."Los perros son muy buenos adaptándose, por eso pequeños cambios en su rutina pueden ser la primera señal de alarma. Ante cualquier cambio mantenido, merece la pena acudir al veterinario", recomienda la extperta en rehabilitación canina.En ocasiones, el dolor también puede confundirse con miedo o estrés. La principal diferencia es que el miedo suele estar relacionado con un estímulo concreto y mejora cuando este desaparece, mientras que el dolor afecta de forma más continuada a actividades cotidianas como caminar, descansar o jugar.Sin embargo, no siempre es posible distinguirlos en casa. "A veces no es posible diferenciarlos sin una exploración veterinaria, porque el dolor y el estrés incluso pueden aparecer juntos", señala la especialista. Por ello, cuando un cambio de comportamiento se mantiene durante varios días, aconseja descartar primero una causa médica.Herramientas para valorar el dolorEn consulta, los profesionales pueden recurrir a diferentes escalas para evaluar el dolor. La de Glasgow está validada para el dolor agudo y puede ser utilizada tanto por veterinarios como por auxiliares especializados, aunque la interpretación de los resultados y las decisiones sobre la medicación corresponden al veterinario.Para el dolor crónico se emplean con mayor frecuencia escalas como la CBPI o la LOAD. Estas incorporan la información que aporta el tutor sobre el comportamiento del animal en casa y permiten valorar cómo afectan las molestias a su movilidad y calidad de vida. Posteriormente, el veterinario interpreta los resultados y los utiliza para comprobar la evolución y la respuesta al tratamiento.A veces no es posible diferenciarlos sin una exploración veterinaria, porque el dolor y el estrés incluso pueden aparecer juntosCuando se diagnostica un dolor osteoarticular, la primera tarea es identificar su origen y estudiar cómo condiciona la forma de moverse del animal. "No tratamos solo una prueba o diagnóstico en concreto, tratamos un animal con unas limitaciones concretas", explica De Miguel.A partir de esa valoración se diseña un plan individualizado que puede incluir medicación, fisioterapia, ejercicios terapéuticos, control del peso, adaptaciones en el hogar o técnicas como la acupuntura. "El objetivo no es únicamente aliviar el dolor, sino devolver al paciente la mejor calidad de vida posible", añade.La veterinaria reconoce que algunos tutores todavía asocian la rehabilitación únicamente con los masajes, pero esta técnica es solo una parte del tratamiento. "Detrás hay una valoración funcional completa y un programa diseñado para reducir el dolor, recuperar movilidad y mejorar la calidad de vida".La exploración manual también permite conocer el estado de los músculos y otras estructuras corporales, así como detectar y tratar molestias específicas. "Las manos del veterinario rehabilitador tienen una gran capacidad de análisis sobre el estado del cuerpo de su paciente y son muy útiles para tratar dolores concretos como el miofascial", concluye.
Un perro con dolor no siempre llora o cojea: estas son las señales de alerta
La rehabilitación veterinaria combina diferentes tratamientos individualizados y no se limita a los masajes, como todavía creen algunos tutores.








