Un muchacho fue a ver a Jean-Paul Sartre durante la ocupación alemana porque necesitaba aclarar un dilema. Podía unirse a la Resistencia o quedarse en casa cuidando a su madre. Le pidió un consejo. Sartre, según se cuenta, le respondió que si realmente hubiera querido quedarse con su madre habría ido a preguntárselo a un cura y no a él. Ya conocía la respuesta. Lo único que buscaba era que alguien asumiera por él el peso de la decisión. Es una anécdota extraordinaria porque parece hablar de la libertad, y sin embargo habla sobre todo de los consejos. Cada vez que pedimos uno esperamos que ocurra un pequeño milagro: que alguien elimine la parte más desagradable de cualquier decisión, que es tener que hacerse responsable de ella. Si sale bien, el mérito va a ser compartido; si sale mal, siempre podremos decir: “Hice lo que me aconsejaron”. Lo curioso es que quienes dan los consejos participan de la misma ilusión. También ellos creen que existe una respuesta correcta para la vida ajena. Basta encontrarla y comunicarla. Un artículo de Patricia Fernández Martín, doctora en Lengua Española y en Ciencias de las Religiones, publicado en el diario español El País, está dedicado precisamente a esa compulsión de aconsejar. Fernández Martín recoge la opinión de varios psicólogos que sostienen que muchas personas dan consejos no tanto para ayudar como para reducir su propia incomodidad frente al sufrimiento del otro. Escuchar resulta insoportable. Resolver, en cambio, tranquiliza. El consejo funciona antes que nada como un sedante para quien lo pronuncia. La explicación es buena, pero sospecho que no basta.