A lo largo de la historia, pocas mujeres consiguieron ser reconocidas como artistas de pleno derecho e incluso celebradas por su talento. No ha sido hasta hace relativamente poco que se han empezado a reivindicar las mujeres artistas y a reconocer su obra. Una de las pocas que sí lo consiguió en su propia época fue Élisabeth Vigée Le Brun.

Conocida principalmente por ser la retratista oficial de Maria Antonieta, esta pintora francesa fue testigo del período más agitado de la historia de Francia. Tras reflejar en sus obras la opulencia de la corte de Versalles, fue testigo de la Revolución Francesa y documentó la transición del Régimen Antiguo hacia el Imperio y la Restauración.

Hija de un pintor

Élisabeth Vigée Le Brun nació en 1755. Su padre, Louis, era pintor retratista y profesor de la Academia de San Lucas, por lo que la joven Élisabeth pudo observar su trabajo. Sin embargo, su padre murió cuando ella tenía 12 años, por lo que su fomración artística corrió a cargo de ­Davesne y Doyen de Briard, gracias a los que entró en contacto con las colecciones reales de pintura.

En 1774, no sin oposición por parte de algunos hombres, fue nombrada miembro de la Academia en la que trabajó su padre. Dos años más tarde se casó con el marchante de arte ­Jean-Baptiste Le Brun y consiguió el encargo de pintar a hermano del rey Luis XVI. Así se le abrieron las puertas de los círculos cortesanos.