El cine concebido para arrasar en taquilla que solemos denominar blockbuster es inseparable de los tiburones. Su relación con ellos no deja de ser, sin embargo, bastante conflictiva, por cuanto fue una película protagonizada por uno de estos peces el primer blockbuster oficial de la historia del cine (el Tiburón de Steven Spielberg, naturalmente), mientras que con los años el grueso de la producción dedicada a estos ha acostumbrado en realidad a pertenecer a la serie B o la serie Z. Cine de muy bajo presupuesto, cuya conexión con la obra iniciática de Spielberg tiende a diluirse.

El reestreno de Tiburón el verano pasado por su 50 aniversario le llevó a cruzarse en salas con películas tan humildes como Dangerous Animals y Tiburón blanco: La bestia del mar. Y la extrañeza era inevitable, forzándonos a proponer que lo único que tendría en común Spielberg con la ristra inagotable de películas baratas de tiburones que vino después —acaso revitalizada hace 10 años en función a una ventana de estreno inamovible para la temporada veraniega, con el estreno de Infierno azul de Jaume Collet-Serra— sería… ¿el entusiasmo? ¿Una mirada desprejuiciada y juguetona, incapaz de arredrarse ante los reveses presupuestarios? La accidentada producción de Tiburón (y la forma tan caradura en que Spielberg salvó la papeleta) está muy documentada, de forma que no es tan descabellado invocar el nombre de otro director de blockbusters: Renny Harlin.