0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialEl móvil es una herramienta muy útil para trabajar, comunicarse, buscar información y entretenerse. También puede convertirse en un problema. Que la balanza se decante hacia un lado u otro depende de la relación que cada persona tenga con el dispositivo. Por eso conviene conocer las señales de un uso problemático, antes de que el móvil se convierta en una fuente de ansiedad o incluso en una adicción.Las principales clasificaciones internacionales no reconocen la adicción al móvil como un diagnóstico independiente, según señalan especialistas del Hospital Clínic Barcelona. Sí está demostrado, en cambio, que un mal uso influye directamente en el bienestar de las personas e interfiere en el sueño, la concentración, las relaciones personales y el estado de ánimo.Uno de los principales obstáculos para controlar el uso del móvil es que las aplicaciones están diseñadas para captar, e incluso secuestrar, la atención. En un entorno digital construido a base de notificaciones constantes, desplazamiento infinito (infinite scroll), vídeos cortos y algoritmos incansables, la experiencia se vuelve cada vez más difícil de interrumpir. Lo que empieza como una consulta rápida acaba a menudo en horas frente a la pantalla, sin consciencia del tiempo transcurrido.Las aplicaciones y plataformas digitales explotan un principio muy sencillo, el talón de Aquiles del cerebro: la imprevisibilidad. Ante un flujo incesante de recompensas variables e intermitentes, el cerebro responde con gran intensidad y queda atrapado en un ciclo de búsqueda constante de nuevos estímulos. Además, pasar horas inmerso en este bombardeo de información, que se consume cada vez más rápido y deja menos margen para procesarla, favorece además la aparición de ansiedad.La hiperestimulación no es el único mecanismo por el que el móvil genera ansiedad. Hay otras situaciones perjudiciales. El FOMO (Fear of Missing Out) es el miedo a perderse algo mientras se está lejos del dispositivo o de las redes sociales. La comparación continua con otras personas y sus vidas actúa en la misma dirección. El doomscrolling consiste en seguir deslizando contenido en la pantalla, aunque no aporte nada o genere malestar. Y quedarse sin batería o sin cobertura puede desencadenar nomofobia, la ansiedad intensa ante la imposibilidad de disponer del móvil.Rosa Díaz, doctora del Servicio de Psiquiatría y Psicología Infanto-Juvenil del Hospital Clínic Barcelona, apunta varias señales de alerta sobre cuando la relación con el móvil comienza a ser problemática:Perder horas de sueño de forma repetida por estar con la pantalla.Perder la capacidad de mantener la atención y encontrar cada vez más dificultades para concentrarse.Sentir irritabilidad o ansiedad cuando no se puede usar el móvil.Consultarlo incluso cuando se preferiría no hacerlo.Usarlo para escapar del malestar emocional.Empeorar el rendimiento académico o laboral.Tener conflictos con otras personas por el tiempo que se le dedica.Dejar de hacer actividades importantes por estar con el móvil.Evitar estos problemas no exige prescindir del dispositivo, sino aprender a utilizarlo en favor propio. Algunas acciones muy sencillas ayudan a tomar las riendas: desactivar las notificaciones no esenciales, retirar de la pantalla principal las aplicaciones más compulsivas o reservar momentos concretos del día para contestar mensajes. También funcionan hábitos como no consultar redes sociales antes de dormir, dejar el móvil fuera de la habitación o establecer franjas horarias libres de pantallas.Los especialistas recomiendan además sustituir ratos de móvil por actividades que regulan el sistema nervioso: leer, caminar, hablar con alguien, hacer ejercicio, cocinar o descansar sin estímulos. La idea no es llenar cada hueco con otra obligación o actividad frenética, sino recuperar momentos en los que bajar el ritmo. El cerebro necesita estímulos, pero también pausas.