El 13 de julio, en la Casa Azul, el presidente surcoreano Lee Jae-myung anunció algo que en cualquier otro país sonaría a ciencia ficción presupuestaria: la recaudación extraordinaria que genera el boom de la inteligencia artificial no se va a gastar, se va a repartir. Con método, destinatarios definidos y un nombre que parece salido de una película de Bong Joon-ho, el director de Parasite: el “Fondo de respuesta al futuro”. Corea del Sur viene de anunciar inversiones por cerca de US$ 1,2 billones a lo largo de varios años, una cifra comparable al 60% de su PIB anual, en semiconductores y centros de datos para IA, y elevó su proyección de crecimiento al 3% gracias a las ganancias récord de Samsung y SK Hynix. Al fisco coreano le sobra plata. Mientras medio planeta, incluidos nosotros, sigue atascado en la pregunta de si la inteligencia artificial destruye empleo, Corea ya pasó a la siguiente pantalla: asumió que la IA genera riqueza, comprobó que se concentra con eficiencia admirable, y se puso a discutir cómo distribuirla. Es el primer país que trata el auge de la IA como un problema de reparto y no como una amenaza existencial.

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