Hay obras que no buscan representar la naturaleza sino escucharla. Obras que se detienen en aquello que permanece cuando una forma parece desaparecer: la naturaleza, la huella de una rama, la memoria de una hoja, la transformación silenciosa de un material que alguna vez tuvo otra vida. El territorio que Claudia Aranovich construye en Abismos –la exposición que presenta en el Centro Cultural Rojas– reúne objetos, collages en cajas lumínicas, instalaciones, esferas y un video, realizados durante la última década.El recorrido se presenta como una cartografía sensible donde naturaleza, memoria y conciencia ambiental convergen en una poética que interpela al presente, sin renunciar a la belleza. La muestra, con curaduría de Laura Casanovas, propone ingresar en un territorio donde lo orgánico y lo construido pierden sus fronteras, donde los restos vitales parecen conservar una memoria secreta.“Hay algo de la naturaleza que me interesa especialmente: esa fuerza arrasadora que transforma lo inerte”, explica Aranovich durante la recorrida con Ñ. Sus obras nacen de una larga experimentación con materiales recuperados, pero no buscan reconstruir aquello que fueron. Por el contrario, la artista permite que cada elemento abandone su origen para convertirse en otra cosa: una presencia nueva, suspendida entre lo reconocible y lo desconocido.Las esferas concentran uno de los momentos más sugerentes de la exposición. “Las realicé para el Premio Trabucco y se puede observar su interior a través de las capas. Tienen láminas de resina que parecen guardar formas ancestrales de las profundidades marinas”, cuenta la artista. Transparencias, veladuras y pequeños fragmentos atrapados en su interior producen la sensación de estar frente a objetos encontrados en otro tiempo, como si fueran cápsulas donde la materia conservara rastros de un mundo perdido.En los collages de la serie Memorias naturales, hojas, ramas y espinas se entrelazan como delicadas composiciones botánicas donde la materia parece conservar una vida secreta. Aranovich trabaja estas piezas a lo largo del tiempo: la resina le permite retomarlas, agregar nuevas capas y volver sobre ellas como si cada fragmento guardara todavía posibilidades por revelar. “Le voy agregando cosas, a veces palabras elegidas que son aspiracionales: incertidumbre, seguridad, inseguridad, futuro, solidaridad, plenitud”, explica la artista. En ese encuentro entre naturaleza y lenguaje, los restos dejan de ser vestigios para convertirse en espacios donde conviven memoria, transformación y deseo.El recorrido incorpora además un video realizado junto a Inés Pereyra, concebido como una nueva forma de entrar en el universo de Abismos. La cámara se acerca a las superficies, recorre las texturas, altera las escalas y revela detalles que en la distancia podrían pasar inadvertidos. Las imágenes construyen otra temporalidad para las obras: una mirada lenta sobre ramas, transparencias y capas donde la materia parece transformarse nuevamente frente al espectador.También en la instalación donde distintos árboles aparecen como una suerte de bosque suspendido, surge una de las imágenes más potentes de la muestra. Allí la naturaleza no funciona como decoración sino como presencia: una estructura silenciosa que modifica el espacio y obliga al espectador a mirar de otro modo.Para Laura Casanovas, el desafío curatorial estuvo justamente en acompañar ese tiempo de contemplación. “No hay música sin silencio”, señala la curadora al referirse a la importancia de los vacíos dentro del montaje. En Abismos, los espacios entre las obras son zonas donde algo puede suceder. El silencio permite que cada pieza encuentre su propio ritmo y que las relaciones aparezcan lentamente, sin imponerse.Esa pausa también abre una reflexión más amplia sobre la relación entre lo humano y lo no humano, una tensión que atraviesa la obra de Aranovich desde hace décadas. La artista observa los ciclos de la naturaleza y sus transformaciones, pero también las huellas de una separación cada vez más profunda entre ambos mundos, una distancia que revela los desequilibrios producidos por la explotación de los recursos.Esa decisión curatorial no solo organiza el espacio: también propone una manera particular de mirar. Quizás esa sea una de las claves de la exposición: no todo se revela de inmediato. La obra de Aranovich pide una mirada paciente, una disposición a permanecer frente a la materia hasta que algo empiece a aparecer. Como ocurre en la naturaleza, donde los procesos más profundos suceden lejos de la velocidad humana.La dimensión más íntima de Abismos apareció pocos días antes de su apertura. La muerte de Eduardo Gualdoni, compañero de vida de Claudia Aranovich desde mediados de los años noventa y artista con quien compartió una historia personal y creativa, atravesó inevitablemente la inauguración. Sin embargo, esa ausencia no clausuró el sentido de la muestra: reveló una resonancia profunda con una obra que desde hace décadas trabaja sobre aquello que cambia de forma y, aun así, conserva una huella.Aranovich y Gualdoni compartieron una sensibilidad común hacia la naturaleza. No desde lenguajes idénticos —cada uno construyó una obra propia— sino desde una forma cercana de mirar el mundo que los rodeaba. Esa afinidad se fue revelando con los años y acompañó una conversación artística que continuó más allá de las diferencias entre sus producciones.En el texto escrito para la inauguración, la artista eligió recordar ese vínculo desde el lugar donde más profundamente se había construido: el arte. “Nos conocimos en 1994 cuando cada uno hacía su muestra en el Centro Cultural Recoleta. Desde el 95 compartimos casa, residencias afuera, algunas muestras en común, inauguraciones, eventos, amigos, diversión, viajes, complicidad. Compartíamos el amor por la naturaleza, que se iba filtrando en nuestros respectivos trabajos cada vez más. Árboles, raíces, ramas conformaron un lenguaje que cada uno utilizó a su manera, que nos acercaba cada vez más.”La presencia de una obra de Eduardo Gualdoni dentro del recorrido funciona así, como la huella visible de un diálogo artístico sostenido durante décadas. Más que una incorporación motivada por la pérdida, es el testimonio de una conversación entre dos artistas unidos por una sensibilidad compartida.Quizás allí se encuentre una de las claves de la muestra. Aranovich no representa la naturaleza: observa sus transformaciones. Las ramas, hojas, resinas y fragmentos recuperados aparecen como rastros de un proceso continuo, donde cada elemento conserva algo de su origen pero adquiere una nueva existencia.
Claudia Aranovich contempla y piensa el lenguaje de la naturaleza
En Abismos, una exposición de la última década de su producción en el Centro Cultural Rojas, explora las transformaciones de la memoria y los desafíos ambientales contemporáneos. Está dedicada a la memoria del dibujante y pintor Eduardo Gualdoni, con quien la artista compartió la vida y una profunda conversación creativa.








