Una mujer de 52 años confesó que durante dos décadas respondió siempre de la misma manera cuando le preguntaban por el tema de la maternidad. Sin embargo, una conversación casual la obligó a cuestionar si esa certeza era realmente suya o una forma de protegerse de una realidad que nunca terminó de elaborar.Todo ocurrió durante una cena, cuando una persona que acababa de conocer le hizo una pregunta que había escuchado infinidad de veces: si alguna vez había querido tener hijos. La respuesta salió automáticamente, igual que siempre.Contestó que nunca había sentido ese deseo, que estaba feliz con su vida, que disfrutaba de ser tía y que no tenía ningún arrepentimiento. La conversación siguió su curso, pero esa noche no pudo dormir.En un ensayo publicado por Space Daily, la autora explica que, por primera vez en veinte años, sintió que una pequeña voz interior ponía en duda aquella afirmación que había repetido tantas veces. "Tengo 52 años y el mes pasado me di cuenta de que he pasado veinte años diciéndole a la gente 'Nunca quise tener hijos' con tanta convicción que he empezado a olvidar que no estoy segura de que eso fuera realmente cierto alguna vez, o si simplemente era la historia que necesitaba para sobrevivir", escribió.“No sé si nunca quise tener hijos. Lo que sí sé es que no los tuve. Y esas son dos frases completamente distintas”, admite.La historia que se contó para seguir adelanteLa autora recuerda que, cuando tenía poco más de 30 años, las circunstancias no parecían compatibles con la maternidad. Su pareja de entonces no quería tener hijos, su carrera profesional absorbía casi todo su tiempo, el dinero escaseaba y además cargaba con el temor de repetir algunos aspectos difíciles de la relación que había tenido con su propia madre.Al principio respondía que no estaba segura de querer ser madre. Después comenzó a decir que probablemente no era para ella. Con el paso de los años, esa respuesta se transformó en una afirmación categórica.“Cada vez que repetía esa historia, la incertidumbre se hacía un poco más pequeña. Cuando mi etapa fértil terminó, la historia ya era tan sólida que casi no sentí el cierre de esa posibilidad”, explica. Con el tiempo comprendió que aquella certeza cumplía una función emocional.“Era la historia que necesitaba para sobrevivir al camino que estaba recorriendo sin derrumbarme por lo que quizá nunca iba a suceder”, reflexiona. No habla de arrepentimiento, sino de honestidad. La autora aclara que su experiencia no representa a todas las mujeres sin hijos. Conoce muchas que nunca desearon ser madres y siguen sintiéndose plenamente identificadas con esa decisión.“No estoy diciendo que todas las mujeres que dicen que no quisieron tener hijos estén ocultando un dolor. Eso sería falso e injusto”, sostiene. Tampoco afirma que haber sido madre hubiera sido la mejor elección para ella. Reconoce que jamás podrá saber cómo habría sido esa otra vida.Lo que sí descubrió es que había construido una narrativa tan firme que terminó creyéndola sin dejar espacio para la duda. “Fabriqué esa certeza por buenas razones, pero con el tiempo dejé de tener acceso a lo que realmente había sentido al principio”, reconoce.Hoy cree que, cuando tenía 28 ó años, existía una versión de ella abierta a la posibilidad de formar una familia si las circunstancias hubieran sido diferentes: una pareja que compartiera ese deseo, mayor estabilidad económica y una historia familiar menos compleja.Ahora no pretende cambiar el pasado ni transformar esa reflexión en un arrepentimiento. “No voy a empezar a decir lo contrario con la misma falsa seguridad. Solo quiero volver a permitir que la pregunta exista”, escribe.La autora asegura que algunas veces esa nueva mirada trae tristeza por una posibilidad que nunca llegó a concretarse. Otras, simplemente le despierta ternura por aquella mujer de 35 años que necesitó construir una historia para seguir adelante. “No necesito una vida distinta. Necesito una versión más honesta de la vida que ya tengo”, concluye.