EntrevistaRomán interpreta a dos grandes personajes de la novela de García Márquez: Aureliano Segundo y José Arcadio Segundo. Esta es su entrevista en BOCAS.Julián Román está en la nueva portada de BOCAS. Foto: Pablo Salgado / Revista BOCAS04.08.2026 10:46 Actualizado: 04.08.2026 10:46

Es hijo de uno de los actores más emblemáticos en la historia de la televisión colombiana. Debutó en la pantalla chica cuando era un bebé. Perdió un papel ‘por feo’, pero nunca se rindió y hoy, con 48 años, es un protagonista recurrente en producciones de todo tipo. Venció a decenas de mexicanos que hacían fila para encarnar a Juan Gabriel, en un personaje que maravilló al propio Divo de Juárez. La soberbia lo llevó a transitar por las drogas y rumbas interminables. Sus opiniones políticas le han valido insultos y amenazas. Por estos días hace el duelo para despedirse de Aureliano Segundo y José Arcadio Segundo, los gemelos de Cien años de soledad, a los que da vida en la segunda parte de una serie descomunal que marcó un antes y un después de lo que se puede hacer visualmente en Colombia.Fanny Mikey no lo dudó y le extendió un cheque en blanco a Edgardo Román cuando le dijo que tenía que salir volado a conseguir plata para el nacimiento de su segundo hijo. Era el miércoles 23 de noviembre de 1977 y las puertas del Café Concierto La Gata Caliente, en Bogotá, donde Román era actor, luminotécnico y sonidista, estaban a punto de abrir para su función.La nueva portada de BOCAS Foto:Pablo Salgado / Revista BOCASA los seis meses, el recién nacido Julián Edgardo Román Rey debutaba en la televisión en brazos de Yamile Humar y Aldemar García, protagonistas del melodrama que paralizaba las noches colombianas: Recordarás mi nombre, telenovela escrita por Julio Jiménez y basada en Jane Eyre. Sin que su papá lo atisbara, se comenzaba a pavimentar un destino que fue convirtiendo al muchachito en uno de los mejores actores de su generación; el mismo que por estos días se agarra la cabeza, hace muecas y abre los ojos exageradamente en medio del nerviosismo por el estreno de la segunda parte de Cien años de soledad, serie de Netflix donde interpreta a los gemelos José Arcadio Segundo y Aureliano Segundo en su edad adulta. Julián Román Foto:Pablo Salgado / Revista BOCAS“Es lo más grande en lo que he trabajado”. Sin confirmación oficial de la inversión, se calcula que la realización de los 16 capítulos, divididos en dos partes, ronda los 50 millones de dólares, usados en la creación de hasta el más mínimo detalle de lo que sería Macondo. En una finca de 560.000 metros cuadrados, en Alvarado (Tolima), se construyó el pueblo de más de 16.000 metros cuadrados y recrearon con minuciosidad la casa de los Buendía en 1.750 metros cuadrados, sembrando 18.915 plantas. Desde mediados de 2023, también se rodó en 30 ciudades y poblaciones de Boyacá, Cesar, Cundinamarca, La Guajira y Magdalena, contratando a unas cien empresas y proveedores de servicios colombianos. Diseñaron y cosieron 64.000 vestidos y 8.531 pares de zapatos. Hubo casi cien actores profesionales e igual número de naturales, con predominancia de talento colombiano; un equipo técnico de más de 600 especialistas, teniendo casi 1.200 personas en los momentos más intensos y casi 13.000 extras. Con producción ejecutiva de los hijos del Nobel, Gonzalo y Rodrigo García Barcha, es la realización más grande de la plataforma fuera de EE. UU.Desde su temprano estreno en la pantalla, Julián Román ha trabajado con la realeza de la actuación nacional, amigos y compañeros de tablas de su papá, muchos de los cuales ya no están. Lucero Galindo, Teresa Gutiérrez, Carlos ‘el Gordo’ Benjumea, Franky Linero, Carmen de Lugo, Samara de Córdova, Mauricio Figueroa y Lucy Martínez eran parte del elenco de su incursión. Y por supuesto su papá, fallecido en enero de 2022 por culpa de un agresivo cáncer que se lo llevó mientras gestionaban la eutanasia.Julián Román. Foto:Pablo Salgado / Revista BOCASJulián creció en Fontibón, al cuidado de sus abuelos paternos, José Amador —exmilitar— y Ana Julia, con su hermana Liliana —mayor tres años—, el tío Henry —piloto de la Fuerza Aérea— y los primos. “Henry se vestía de traje y corbata, mi viejo hacía teatro en el colegio, leía todo lo prohibido y tenía el pelo largo”. A los 18, Edgardo se fue de la casa por la peleadera con su padre, entró al Teatro Popular de Bogotá (TPB), con Jorge Alí Triana. “Mi hijo es Jorge Eliécer Gaitán, decía el abuelo llorando de orgullo al ver a mi viejo protagonizar la serie”. LEA TAMBIÉN En esa finca se levantó Julián, con cerdos, vacas, caballos y patos, cuando el sector todavía era un pueblo cercano a Bogotá. Su mamá, al año de nacido, se había marchado y construido otra familia. Allí —donde todavía funciona la escuela Actuemos, fundada por Edgardo—, el niño elevaba cometas, recogía renacuajos en las cañadas y se acomodaba sobre los bultos de crin con que el abuelo hacía cepillos, para ver a Edgardo y su patota de amigos jugar con vestuarios y máscaras. Frank Ramírez, Víctor Cifuentes, Ramiro Corzo, Ulises Colmenares y Orlando Bonell ensayaban en el gran solar. “Comencé a entender que eso era un trabajo, pues discutían, calentaban y organizaban los movimientos”. La muerte de un agente viajero fue lo primero que vio en el TPB, a los cuatro años. “Boris Roth era el protagonista y todavía me retumba su voz tan particular y profunda. Construyeron unas escaleras por encima de la platea y caminaban sorprendiendo al público”. Vicky Hernández, con quien hace año y medio estrenó la película Del otro lado del jardín —sobre el drama real de un hijo que ayuda a bien morir a su madre—, contó que tocaba sacarlo de los ensayos, pues se sentaba en primera fila y, cual experimentado consueta, lanzaba los parlamentos antes de que los actores los dijeran. Todos los días, a las 4:30 de la mañana, Julián está montado en su cicla y, mientras recorre por casi dos horas una ruta por las montañas aledañas, repasa textos e imagina cómo armar o qué añadirles a sus personajes. Estudió con maestros como Carlos José Reyes, Mario Matallana, Carolina Vivas, Ignacio Rodríguez, Adelaida Nieto y Rosario Jaramillo. Se ha dado el lujo de tener a los mejores directores de teatro, televisión y cine en producciones emblemáticas: Jorge Alí Triana (La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada y Crónica de una muerte anunciada), Sergio Cabrera (La estrategia del Caracol, Técnicas de duelo, Águilas no cazan moscas y Golpe de estadio), Carlos Mayolo (Azúcar), Pepe Sánchez (Guajira), Carlos Duplat (Cuando quiero llorar no lloro), Mario Ribero (El hijo de Nadia, La posada y Los Reyes), Luis Alberto Restrepo (Me llaman Lolita), Sergio Osorio (¿Por qué diablos?). Ahora estuvo bajo las órdenes de Laura Mora y Carlos Moreno.Tenía 18 cuando se convirtió en Santiago Nasar, bajo la dirección de Jorge Alí Triana. En el Teatro Nacional La Castellana, ante 714 espectadores, la primera escena de Crónica de una muerte anunciada desencajaba mandíbulas, pues al levantarse el telón salía Julián en un descarado desnudo completo y frontal que duraba varios minutos. “¡Me obsesioné con sacar cuerpo! Mi papá me recordó que me habían contratado por actor y no porque estuviera cuajado”. En 2011, para los 30 años del Nacional, Edgardo, con más de 60 años, mayor y gordo, salía desnudo en el remontaje de El rehén: “Lo hizo sin lío, como diciendo ‘esto es lo que soy, qué voy a tapar’. Fue una bella lección”. Siendo adolescente, El hijo de Nadia, que duró tres años, lo catapultó, lo consolidó; pero la biopic Hasta que te conocí (2016), sobre el cantautor mexicano Juan Gabriel, se convirtió, antes de que llegara Cien años de soledad, en la realización más potente en la que había estado. La selección de protagonistas y vestuario estuvo supervisada por el propio Divo de Juárez. “Fue complejo que un colombiano se ganara ese personaje. En la primera escena tocaba cantar el tema principal en el Noa Noa. El sonidista, mientras me alambraba, me dijo furioso al oído: ‘Vamos a ver con qué sales, ¡Cabrón!’”. Al terminar las grabaciones, estando en los Llanos colombianos trabajando en El comandante, el mánager del mexicano lo llamó, pues Juan Gabriel los invitaba a él y a Dolores Heredia (que interpretó a la mamá) a un palenque y a cenar en seis meses. A los tres murió el músico.Román trata de mantener lo personal en privado; pero en general ha tenido relaciones largas con actrices, Geraldine Zivic, Silvia de Dios, Gisela Van Lacke, Ana Serradilla y Juliette Pardau —su pareja desde 2017—. Siempre llega diez minutos antes y lleva en su maletín varios cargadores por si uno le falla, su taza para el café, un calentador para el agua, dos cámaras para grabar detrás de cámaras, un bafle pequeño y cigarrillos herbales sin nicotina por si, como no fuma, los necesita en alguna escena. En una ocasión, durante las grabaciones de besos con una actriz, viendo que ella no respetaba su petición de que no fumara horas antes, masticó una cebolla cabezona. “‘Hueles a mierda’. ‘Tú igual, estamos parejos. Sigue fumando y yo sigo comiendo cebolla’. Santo remedio”.Julián Román Foto:Pablo Salgado / Revista BOCASEn 2016, de paseo por Nueva York, en pleno boom de La viuda negra, mientras esperaba el metro, vio que varias personas lo señalaban, le tomaban fotos y sonreían. “¡Qué pereza!”. Sacó las gafas oscuras y se cubrió con la capucha del abrigo. Al mirar hacia el otro lado, vio a Jeremy Irons. “¡Qué oso!”.¿Cuándo se dio cuenta de que la actuación era más que disfrazarse?A los catorce, recibiendo una clase de dramaturgia e historia del teatro con Carlos José Reyes, en el TPB, me di cuenta de que se trataba de leer, entender, crear y contar. Tuve maestros como Carolina Vivas, Ignacio Rodríguez, Rosario Jaramillo, Adelaida Nieto. Y se le apareció la Virgen en forma de ‘Cándida Eréndira…’ Jorge Alí estaba dirigiendo para el Teatro Nacional. Juan Sebastián Aragón, que interpretaba a Ulises, el enamorado de Eréndira (Fabiana Medina), se retiró para terminar su tesis de la universidad. Me trataban por primera vez como actor profesional, compartí escena con monstruos como Delfina Guido, Alfonso Ortiz, Héctor Rivas, Rafael Bohórquez, Marcela Agudelo. Estuve cerca de Fanny Mikey y conocí a Fabio Rubiano, que era el asistente de dirección y, desde entonces, es uno de mis mejores amigos. También actuaba mi papá. Julián Román Foto:Mauricio González A - @MauroGonzalezA¿Por qué lo odiaba Delfina Guido?Ella quería mucho a Juan Sebastián y no aceptó que yo o cualquiera lo reemplazara. Me repetía que tenía prohibido acercarme. Durante una función pasé al lado suyo yendo hacia donde Fabiana Medina, y sentí un totazo y un chorrito que me corría por la cabeza. Me la había roto con su bastón. Otra vez me ahorcó, me escupió.Parecía que ese matoneo era normal en aquellos tiempos…Mi papá me defendía, pero no se metía del todo. Como que cada uno tenía que hacer su carrera y eso era parte de formar el carácter.¿Si creó coraza?Pasaron los años y entré a Francisco, el matemático. Comenzó a irme bien y sin darme cuenta me volví matoneador; hasta que Diana Ángel me preguntó por qué se la tenía montada a otro actor. Llegué a la casa y lloré. ¡Yo era Delfina hombre! Si ya era tan difícil actuar, por todas las exigencias, la preparación, aprender la letra, los castings, no iba a intimidar ni a permitir que le hicieran eso a nadie. Ana María Aguilera me decía que era horrible trabajar conmigo. Con Cándida salió por primera vez del país…Era el 93 y estaba entrando el invierno. Fue emocionante saber que estaba viajando con teatro, que nos íbamos a presentar en el San Martín, en Calle Corrientes, donde hay un gran circuito de salas. Fui a museos, vi teatro, Jorge Alí me presentó a muchos directores, dramaturgos y actores. En ese viaje sentí que quería vivir de eso. Al lado del teatro había un centro comercial. Fui con Santiago Moure y tocaba una banda. Eran Los Fabulosos Cadillacs, que apenas sonaban. Fue la primera vez que tuve un encuentro con el sindicato de actores de allá —fundado en 1919—. No existía algo similar en Colombia. ¿Qué compró con lo que ganó?Con lo primero que gané en televisión me compré unos Levi’s petroleros, unos Reebok, y mi papá me abrió una cuenta en Conavi. Con lo de Argentina, varios CD de Fito Páez, que acababa de lanzar El amor después del amor. Intentó estudiar otra cosa…Me inscribí en Comunicación Social, en la Javeriana. Llegué al primer día de clases, me entró un mensaje al beeper para que llamara a Pepe Sánchez. Me dijo que estaba haciendo la novela Guajira, que tenía otro actor, pero no funcionó. “Nos vamos en dos semanas, por ocho meses”. Le conté al decano, me recomendó aplazar el semestre. Al año volví, primer día, ya tenía celular, me llamó Israel Sánchez y dijo que me querían de protagonista para Marcelina. Se grababa fuera de Bogotá. Volví donde el decano: “¿Usted cree en el destino? No le quite el cupo a otro. La vida le está hablando”. El hijo de Nadia (1995) lo puso en el radar de directores y productores…Amé esa serie, pero me tiré décimo. Duró tres años y fue un exitazo. Me permitió conocer a Mario Ribero, que es de lo más fantástico que me ha pasado. Jairo Camargo me adoptó en las grabaciones. Alina Lozano y Diego León Hoyos me apoyaron mucho. ¿Qué tan casposo era en el colegio?El Gimnasio Académico de Fontibón era muy agreste. Recibían a todos los expulsados de otros lados. Era muy nervioso, miedoso, incapaz de muchas cosas. Me la montaban porque mi papá era famoso y desde noveno me veían en televisión. No sé pelear, la única vez que lo intenté me rompieron la nariz. Me salvaron el teatro y el humor, porque me hacía amigo de los más jodidos siendo el chistoso. ¿Cómo es eso de que fundó el grupo teatral?Tenía muchas curiosidades de tanto escuchar a los amigos de mi papá. Un día le pregunté a Frank Ramírez qué significaba laico. Fui al colegio y pregunté por qué daban religión si era un colegio laico. El rector y la profesora Argelia, que era la de francés y coordinadora académica, me querían mucho y me dejaron crear el grupo. Ensayábamos mientras los otros tomaban religión. Éramos como siete. Repetía lo aprendido en el TPB, montamos Crónica, obras de Chéjov. A Meryl Streep, en audición para King Kong (1976), le dijeron que era muy fea. A usted le pasó lo mismo con el casting de ¿Por qué diablos? (1999)…Había que preparar un monólogo de cinco minutos, una barbaridad. Hice de un rapero al que le mataron a su mejor amigo, cantando al lado de la tumba. “¡Eso es tuyo!”, me dijeron. A los días me llamó el director de pruebas y dijo que no iba, que para los ejecutivos yo era muy feo. Sergio Osorio, el director, peleó por mí y me dieron el personaje del malo de las pandillas. El protagónico fue para Manolo Cardona.¿Fue cuando dijo que se retiraba de la actuación?Me dio muy duro. Mi papá no me dejó. Me buscó y preguntó si quería ser actor o galán de televisión: “Defínase, porque si es lo otro, métase a un gimnasio, opérese la nariz, haga algo. Usted es actor”. Me dijo que tenía que seguir estudiando, nunca creer que ya la había pegado.Julián Román en su papel de José Arcadio Segundo. Foto:Mauricio González A - @MauroGonzalezALo hace sonar fácil, pero la autoestima no sana por arte de magia…Duré muchos años con daños en mi cabeza, me sentía gordo, me mataba en el gimnasio, no comía, tenía obsesión por protagonizar. Mi papá me repetía: “Cuando te des cuenta de qué es lo que quieres y te relajes, todo empezará a llegar”. Así fue. Hoy, por fortuna, el galán ya no se busca. Ahora quieren actores. ¿Es verdad que alcanzó a sufrir ataques de pánico y depresiones?La pasaba fatal. Me salieron Francisco, Los Reyes. Estaba lleno de trabajo, pero mi cabeza repetía: “soy feo, soy feo”. No me gustaba nada de lo que veía en el espejo. ¿Cómo se ve hoy?Entiendo que pierdo una audición por cosas técnicas o no me parezco a lo que tiene la producción en mente, no porque sea feo. Soy un tipo muy guapo, porque la belleza es subjetiva. Cuando arranqué, el guapo respondía a ciertas características, como ser alto, blanco, de ojos claros. Eso ya no jala tanto. Valentino, el argentino (2008) fue un golpe bonito al ego, porque contaba la historia de un tipo que se creía argentino. Me veía guapo, se lo comenté a mi papá: “¡Claro, eso es actuar!”. Cuando hice en México De brutas, nada (2020), me sorprendió que me ofrecieron ser un ejecutivo de la bolsa, millonario, con familia. ¿No fue un fracaso Valentino con solo cuatro días al aire?Fue una enseñanza. Me dolió que no funcionara en Colombia, distinto a Argentina, donde la han emitido tres veces. Acá las críticas me acabaron. Me había separado de Geraldine (Zivic), me devolví a Argentina, pues ya había vivido un año haciendo la novela. Solo me ofrecían personajes étnicos o extras. Lógico, allá no tenía carrera. Me llamó Cristina Palacios para Las muñecas de la mafia. Las críticas se voltearon, decían que era actor y me veía muy bien. ¿Para qué han servido esas patadas al ego?Para poner los pies en la tierra, porque esta profesión sí enloquece un poco. Por eso me he alejado de las redes últimamente. No sé por qué razón creen que uno es más especial. Yo solo trabajo y agradezco que eso lo vea mucha gente; pero no soy gurú ni tengo la razón en política o en relaciones sentimentales. ¡Soy actor! Siempre se mata a los papás, ¿qué cosas no quiso aprender de Edgardo?La bohemia, pues los actores de su época eran muy relajados y fiesteros. Hoy no conozco un actor que llegue borracho a grabar. Me dicen: “Fumo porro, pero no trabajando”. Pero tuvo su época de marihuanero y de fiesta dura…Comencé a los quince porque hacía televisión y todos fumaban. Un día mi papá me preguntó, y se lo negué: “Me va a decir a mí que no”. Armó uno y me dijo, “si lo va a hacer, fume con un amigo. Yo le explico. No quiero que se vuelva vicioso ni verlo metiéndose a ollas para comprar”. Cuando hacía Francisco, con Diana (Ángel) y Jacques (Toukhmanian) éramos insoportables. Gané el India Catalina, me sentía Robert De Niro. Arrancaba la fiesta los miércoles. Íbamos a Sayaka. La mitad del sueldo se me iba en ese bar bebiendo whisky. ¿Cómo paró?Siempre he tenido humor negro, pero cuando tomaba se me iba la mano. Me puse muy pesado con una amiga. Ella había perdido un bebé y, borracho, hice chistes de bebés. Al otro día me llamó un amigo: “Te pasaste”. Vi en el espejo del baño mi cara de guayabo. Andaba en una búsqueda que no llevaba a nada, pues a las cuatro de la mañana estaba en la casa viendo El boletín del consumidor y hecho mierda. Dejé de beber, fumar y meter a los 23 años.¿Se acordó de las rumbas de su papá?Recordé cuando veía a monstruos como Diego Álvarez, Jorge Emilio Salazar y Luis Fernando Montoya, los grandes de la generación trágica, bebiendo y convertidos en personajes mínimos. ¿Por qué han dicho que es complicado en el trabajo?¿Por pedir mis horas, por pedir un cámper, por no pasarme del horario, por llegar a tiempo, por saber mi letra, por no matonear, por no llegar borracho, por no hacer echar vestuaristas porque me caen mal? Tal vez tiene que ver con que me metí al sindicato, di la cara. Le dan durísimo en redes…Gracias a mi abuelo y papá siempre he sido el más liberal, pero a la gente le encanta etiquetar. No he participado en el Partido Comunista. Me retiré de la junta directiva del sindicato porque sentí que logré lo que iba a hacer; ahora hay gente joven con otras ideas que no se me hubieran ocurrido. ¿Qué tan fuertes fueron las amenazas cuando encarnó a Carlos Castaño en Los tres Caínes (2013)?Me decían paraco, que estaba lavando la cara y volviendo a Castaño un líder de opinión después de muerto. Recibí amenazas de muerte, me llegó un mail con nombres y dirección de mi hermana y mis sobrinos que vivían en Medellín. Hacía cuatro meses había trabajado con madres de víctimas y publicaron una carta durísima en EL TIEMPO. Les respondí muy amorosamente también en el periódico, diciendo que vieran la serie antes de decidir, que ese era mi trabajo. Es como si al actor que hizo de Hitler le dijeran nazi o a la que hizo de Eva Perón, peronista. Y ahora las amenazas vienen del otro bando…Aquí a nadie dejan en la mitad, o se es guerrillero o paramilitar. ¿No lo asusta eso en este país de gatillo fácil, donde mataron a Andrés Escobar por un autogol, a candidatos presidenciales en campaña y acaban de amenazar a Jáminton Campaz por errar un tiro en el Mundial?Sigo con mis convicciones. Como Jaime Garzón, creo en un país en democracia, con libertad. Entendí que las redes son tierra estéril, donde solo se trata de responder pues con nadie se habla. Trabajé siete años por la Ley del Actor, me tocó meterme al Senado cinco años y entendí que no quiero estar en la política. Lo que vi de todos lados no me gustó. Se insultaban en las plenarias y luego los veía tomando tinto, muertos de la risa. No siento miedo, pero sí cansancio y soy más prudente. ¿Dónde ejerce ahora su activismo?En el teatro, en mis películas, donde puedo contar historias y la gente puede salir con preguntas. Jamás me verán lanzándome a algo. No he empuñado armas ni tengo poder de decisión, no manejo presupuestos. Ahora que termina este gobierno me preguntan si me tapé de plata. La vez que más trabajé con un gobierno fue en el de Duque, que me contrató en el Colón tres veces para obras de teatro. En este no y tampoco lo pedí.Julián Román Foto:Pablo Salgado / Revista BOCAS¿Le han propuesto la política?Cuando estábamos haciendo la Ley del Actor, venían elecciones y me llegaron invitaciones del Partido Liberal, del Conservador, del progresismo. Pensé: ¿será que las están regalando? No hay estadistas en esos puestos, ni siquiera abogados. Llega gente que ni siquiera sabe que es una UTL (Unidad de Trabajo Legislativo), no saben qué pueden hacer, y qué no, como congresistas. ¿Qué queda de la Ley del Actor?Que somos reconocidos como trabajadores con todos los derechos. Queríamos que nos reconocieran como artistas, pero un abogado muy serio nos dijo “ustedes son trabajadores y ya luego cada uno verá si es artista”. ¿Qué representa García Márquez para usted?Gabo ha atravesado mi carrera, desde Ulises, un adolescente de 16 años, en La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada, pasando por Santiago Nasar de Crónica de una muerte anunciada y ahora con los gemelos en Cien años. Desde niño lo he leído, lo he estudiado, se me volvió una obsesión. No lo conocí, lo más cerca que lo tuve fue en un conversatorio que le hicieron cuando llevamos Crónica a México. Con Cien años de soledad me sumergí en la obra durante un año, con esos guiones maravillosos, trabajando con Laura (Mora) y (Carlos) Moreno, viendo el país retratado, como esa culebra que se muerde la cola y que menciona Úrsula Iguarán. Usted se había presentado para la primera parte y no lo llamaron…Hace tres años hice audición para el coronel y tuve callback (otra prueba tras la primera audición). Me dio durísimo, pues, con más de 40 años, si no lo hacía ahora ya sería imposible. Cuando vi a Claudio (Cataño) entendí el tipo de personaje que buscaban; además su trabajo es bellísimo. Pasaron dos años. Una amiga que es bruja, que cuando no nos imaginábamos me alertó sobre mi papá, que en ese momento estaba perfecto y de pronto le salió el diagnóstico del cáncer, me dijo que sentía que iba a hacer Cien años. ¿Usted sabía que venía una segunda parte?No. Y de la nada me llamaron y me dijeron que estaban preparando la segunda parte y me querían ver en casting para los gemelos. De septiembre a diciembre hice cuatro audiciones. El 4 de enero me estaba montando en un avión para viajar a Chile con el Teatro Petra, para presentar Historia de una oveja, y Gloria (de la Pava), mi mánager, me dijo que había quedado. En Santiago de Chile empecé a ver mensajes de Gabo por todas partes: un homenaje en el museo, un mural con sus mariposas en una calle, la sala de uno de los teatros tenía su nombre. ¿Qué tan rudo fue el rodaje?Fueron once meses muy difíciles, pero eso se lo pido a la vida, que todo lo que me llegue sea así, para que me cueste. El pecado del actor es la comodidad. Cuando no se sabe hacer, se está alerta. Nunca había trabajado en una producción con clases de equitación, de manejo de carros del año 30, de acordeón y canto, de caligrafía, con cuarenta pruebas de vestuarios, los prostéticos para transformar el cuerpo, los ensayos teatrales que hacían Laura y Moreno para que en el set no hubiese preguntas. ¿Cómo aterrizar en una serie que ya tiene un tono actoral?Muy fuerte. El primer día vi que todo era muy grande, con una grúa que jamás había visto en la vida, más de 500 extras, un actor internacional gringo con el que tuve mi primera escena; además era actuar con Marleyda (Soto) y Claudio, de los que ya era fanático, pues amé la primera parte. Tuve días de insomnio y ataques de pánico. Apliqué lo que mi papá me enseñó, que había que llegar con patada de antioqueño y pensando que, en el buen sentido, me los iba a comer a todos. ¿Cuál es su método para acercarse a los personajes?Lo aprendí de mi viejo. Los personajes tienen inicio, nudo y desenlace. No me puedo saltar ninguna parte ni empezar en otro orden. Escribo y especulo, cosas que me sirven, que a lo mejor no se verán, pero se notan en el cuerpo; como que le gusta el rojo, que prefiere ron a guaro. En esta serie pude aportar elementos teatrales y explorar los ritmos durante cuatro meses de ensayo para pulir y llegar al set con claridad. En el comienzo, los gemelos (interpretados por Jorge Quintero) eran tan iguales que los confundían. Cuando entré a hacerlos, los dos personajes debían ser distintos, más allá de la gordura de uno y la rigidez del otro, las diferencias debían ser internas.Cate Blanchett, Viola Davis, Al Pacino… los grandes siempre se toman un tiempo para volver a las tablas…El teatro es mi isla segura, un reseteo total. Nunca he dejado de hacerlo. En televisión te hacen todo, tienes el vestuario, los elementos, te maquillan; haces lo tuyo y te vas. Con Teatro Petra soy responsable absoluto; si se cae un botón debo coserlo. Eso me acerca de nuevo a la esencia. Además, Fabio (Rubiano) y Marcela (Valencia) siempre piden ir más allá. No es fácil, por más que los conozco y trabajo con ellos desde el 95. ¿Cómo se despide de un personaje?Lo entendí con el psicoanalista. Es un duelo. Tengo una semana vuelto nada. Me explicó que era lógico, pues son muchos meses conviviendo con alguien y de repente no más, como cuando terminas con una pareja. Les escribo una carta y me despido para cortar el vínculo, les agradezco, me quedo con cosas de ellos. De vez en cuando los veo, los recuerdo. Esta despedida de los gemelos ha sido muy fuerte. LEA TAMBIÉN Sigue toda la información de Cultura en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.