4 de agosto, 2026 - 08h00Al otro lado del Pacífico existe un archipiélago de más de 300 islas conocido como Fiyi (Viti en su idioma tradicional). En este paraíso de casi un millón de habitantes existen historias que parecen sacadas de un libro de fantasía. Algunas son leyendas antiguas, otras son recuerdos transmitidos de generación en generación, y unas pocas siguen ocurriendo hasta el día de hoy, escondidas en rincones donde la vida avanza sin prisa. Este año he estado viviendo en Vanua Levu, la segunda isla más grande, y desde que llegué me he dedicado a conversar con personas locales, escuchando sus relatos con la curiosidad de quien llega a un lugar nuevo y quiere absorberlo todo. Hay dos historias, en particular, que me sorprendieron un montón.La primera ocurre en la isla Koro, donde hay una aldea llamada Nacamaki (se pronuncia Na-da-ma-ki). Allí, los hombres suben a un acantilado que mira hacia el océano y empiezan a cantar melodías suaves que parecen flotar sobre el agua. Las tortugas (vonu en fiyiano) responden a ese llamado y en pocos minutos comienzan a aparecer flotando en la bahía. Locales aseguran que llegan decenas, otros hablan de cientos, aunque quizá eso sea una exageración. Lo cierto es que las tortugas se acercan y se quedan quietas en la superficie, como si reconocieran ese llamado. Cualquier persona puede visitar esta aldea y observar esta maravilla, siempre y cuando se lleve una ofrenda a los jefes de la aldea y se respeten las reglas que existen. Nadie debe señalar a las tortugas ni tomar fotografías, porque este encuentro no es show, es un pacto. Cerca del acantilado donde ocurre este encuentro crece un árbol que da una especie de nueces oscuras con forma de caparazón que, según la leyenda, protegen a quienes honran la tradición.La segunda historia viene de la bahía de Natewa, isla Vanua Levu, en la aldea Lea. Dicen que cuando los niños salen en las pangas de los pescadores empiezan a cantar. Son cantos alegres, como juegos. Al escucharlos, los delfines (babale en fiyiano) se acercan desde mar adentro y nadan alrededor de la embarcación. A veces saltan, otras veces solo pasan cerca, como si respondieran a las voces de los niños e invitaran a las personas a unirse a sus juegos. Solo imaginarlo me llena de ilusión por verlo con mis propios ojos y si me lo permiten, me encantaría documentarlo. Por ahora, escucharlo en boca de quienes lo han vivido ya me emociona y me hace sentir que, en este rincón del mundo, la magia sigue muy viva.Como estos relatos hay un montón. Por ejemplo, en la isla de Kadavu, donde se mantiene viva la tradición de contar historias bajo las estrellas. Pero más allá de si realmente cientos de animales se acercan a escuchar el canto de las personas, la sensación de magia que dejan estos relatos es lo que realmente importa. El valor de la fantasía, o una versión exagerada de algo real, está en esa chispa que siempre aparece en los ojos cuando alguien lo comparte. Esa chispa existe de manera colectiva: el miedo se contagia rápido, como fuego en el bosque, pero también lo hacen la alegría, la emoción y la imaginación. Y eso es lo que mantiene vivo este tipo de relatos mágicos. (O)
Camila Arnés-Urgellés: La chispa mágica que une a las personas | Columnistas | Opinión
Esa chispa existe de manera colectiva: el miedo se contagia rápido, pero también lo hacen la alegría y la imaginación.









