La pregunta ya no es si los millonarios compran menos yates. La pregunta es por qué cada vez más prefieren no tener uno propio. En lugar de inmovilizar varios millones de euros en una embarcación -y sus inmensas cargas fiscales- que utilizarán apenas unas semanas al año, optan por alquilar una distinta según el destino, el número de invitados o el tipo de viaje. Una semana en Baleares, otra en Córcega, la siguiente en el Caribe. El lujo, tradicionalmente asociado a la posesión, empieza a redefinirse alrededor de otro concepto: el acceso. No se trata necesariamente de gastar menos. De hecho, muchas veces supone todo lo contrario. Pero el dinero ya no busca tanto acumular activos como comprar tiempo, flexibilidad y experiencias. Lo que está ocurriendo en el mercado náutico no es un fenómeno aislado, sino uno de los ejemplos más visibles de un cambio mucho más amplio que atraviesa toda la industria del lujo. Las cifras apuntan en esa dirección. Mientras el mercado global de bienes personales de lujo atraviesa una etapa de normalización tras años de crecimiento extraordinario, el negocio mundial del chárter de yates ya supera los 8.300 millones de dólares y, según la consultora estadounidense Grand View Research, crecerá hasta superar los 11.300 millones antes de terminar la década. Las previsiones sitúan su crecimiento entre el 5% y el 8% anual durante esta década, impulsado por un consumidor que prioriza el uso frente a la propiedad y por una industria que ha aprendido a rentabilizar activos que permanecían amarrados gran parte del año. Al mismo tiempo, la flota mundial de superyates disponibles para chárter continúa aumentando, reflejo de que cada vez más propietarios incorporan sus embarcaciones a programas comerciales para compensar costes. Crece el interés por los viajes, el 'wellness' y las experiencias diseñadas a medida "Estamos claramente en un punto de inflexión, una nueva tendencia donde el consumidor busca más la emoción personal y se decanta hacia la experiencia en lugar de los bienes personales", resume Xandra Falcó, presidenta de Círculo Fortuny, la principal asociación española de marcas e industrias del lujo. A su juicio, el sector vive una doble transformación. Por un lado, una normalización tras una década de crecimiento a doble dígito; por otro, un cambio estructural en el comportamiento del consumidor. "Se normaliza el consumo de bienes personales, pero crece el interés por los viajes, el wellness y las experiencias únicas diseñadas a medida para cada cliente". El cliente UHNWI Ese cambio encaja con la evolución reciente del mercado del lujo. Después de años en los que buena parte del crecimiento vino impulsado por las subidas de precios, las marcas han empezado a moderar esa estrategia. "Han centrado gran parte de sus esfuerzos en atraer al cliente UHNWI (individuos de patrimonio neto ultra alto) mediante piezas únicas y altamente personalizadas. Sin embargo, esa estrategia empieza a moderarse", explica Falcó. El crecimiento futuro, sostiene, "vendrá sin duda por los productos basados en la experiencia o por las experiencias puras", un terreno en el que España dispone de "una oportunidad única". La diferencia económica ayuda a entender el cambio. Un yate de unos 20 o 25 metros de eslora, habitual entre los clientes de alto poder adquisitivo, puede costar entre tres y cinco millones de euros si es nuevo. Alquilar una embarcación de esas características durante una semana en temporada alta ronda, por lo general, entre 30.000 y 60.000 euros, aunque el precio aumenta en los modelos más exclusivos. A ello hay que añadir que ser propietario implica afrontar durante todo el año gastos de tripulación, amarres, seguros y mantenimiento que, según la propia industria, suelen equivaler a entre un 5% y un 10% del valor de la embarcación cada ejercicio. Pocas industrias ilustran mejor esa transición que la náutica de recreo. Esa diferencia explica, en parte, el cambio que David Cerván, fundador de Seandblue Superyachts Agency, lleva años observando en Puerto Banús: "Hay una tendencia de que el cliente ahora no quiere comprar y alquila por un tema de costes", afirma. En España, explica, el peso de la fiscalidad, el impuesto de matriculación, el incremento del precio de los amarres y el mantenimiento hacen que muchos propietarios se planteen si realmente merece la pena inmovilizar tanto capital para utilizar un barco unos pocos días al año. "Más de un cliente que siempre ha sido propietario vende su barco y opta directamente en la temporada de verano por alquilar y despreocuparse de lo que significa tener una embarcación", explica. El atractivo ya no es únicamente económico. También es práctico. "Hoy quiero un yate con flybridge, mañana uno open o y al día siguiente uno más grande porque vienen amigos". Esa posibilidad de adaptar la embarcación a cada viaje, sostiene, constituye una de las grandes ventajas del mercado actual. El crecimiento de la oferta refleja esa evolución. Cerván recuerda que antes de la pandemia apenas existían unas quince embarcaciones de alquiler en Puerto Banús. Hoy calcula que rondan las ochenta. "El mensaje que está mandando el mercado es: alquila, no compres", resume. En el 'charter management', el cliente compra el barco, pero lo integra en un programa profesional de alquiler Sin embargo, la transformación no implica necesariamente el final de la propiedad. Más bien está cambiando el significado de ser propietario. Ahí entra en juego un modelo que gana peso entre los grandes operadores internacionales: el charter management. El cliente compra el barco, pero lo integra en un programa profesional de alquiler durante los periodos en los que no lo utiliza. De ese modo genera ingresos que compensan parte de los costes de explotación. Los beneficios de (no) ser propietario Dream Yacht, uno de los mayores operadores mundiales de chárter de embarcaciones, fundado en las Seychelles por el francés Loïc Bonnet en 2000, lleva más una década observando el crecimiento de ese modelo. Según Aimee Barnes, directora de marketing para ventas del grupo, el interés se aceleró especialmente tras la pandemia: "Muchos consumidores replantearon cómo empleaban su tiempo de ocio y empezaron a priorizar experiencias e inversiones que ofrecen mayor flexibilidad y valor". Al mismo tiempo, añade, "el aumento de los costes de explotación y la creciente aceptación de la mentalidad de 'acceso antes que propiedad' han convertido el charter management en una propuesta cada vez más atractiva". La idea ya no consiste únicamente en disfrutar de un yate, sino en hacer que ese activo trabaje cuando el propietario no está a bordo. "Los clientes buscan disfrutar de los beneficios de ser propietarios mientras compensan una parte significativa de los costes asociados al mantenimiento de una embarcación", resume Barnes. El modelo también elimina buena parte de las tareas de gestión: tripulación, seguros, mantenimiento, amarres o logística quedan en manos de empresas especializadas. Miembros de la tripulación realizan labores en la cubierta del yate de lujo Flying Fox". (EFE/Orlando Baría) La comodidad pesa cada vez más. "A medida que las personas disponen de menos tiempo, la conveniencia se ha convertido en un factor decisivo", resume. También observa un cambio generacional. Frente al perfil clásico del propietario, formado por jubilados o grandes fortunas tradicionales, aparecen profesionales de éxito, empresarios y patrimonios más jóvenes. "Siguen aspirando a ser propietarios, pero quieren que esa propiedad trabaje más para ellos desde el punto de vista financiero", apostilla. No todas las empresas, sin embargo, creen que la propiedad esté perdiendo atractivo. My Ocean, firma británica de corretaje náutico, introduce un matiz importante. Emily Cossey, broker de chárter de la compañía, asegura que la mayoría de sus clientes siguen sin ser propietarios de embarcaciones. Además, explica, esta temporada varias operaciones comenzaron como simples alquileres y terminaron convirtiéndose en ventas: "Todavía creo que mucha gente quiere tener su propio yate", resume. Desde el área de ventas de la compañía, Lewis Horne aprecia un trasvase directo entre compra y alquiler, aunque detecta cambios relevantes. "Ha aumentado el número de clientes que alquilan un yate antes de comprarlo, porque ahora resulta mucho más accesible". También observa compradores interesados en embarcaciones de hasta diez millones de euros que están retrasando la adquisición durante unos años mientras recurren al chárter. Madrid, Málaga o Sevilla se consolidan como nuevos destinos de referencia El comportamiento tampoco es uniforme en todo el mercado. Horne detecta una ralentización en las compras de embarcaciones de menor tamaño, especialmente por debajo de los tres millones de euros, mientras que el segmento de los grandes superyates mantiene su fortaleza. Esa división recuerda a la que atraviesa el conjunto del lujo. Según los datos de Global Blue para Círculo Fortuny, los clientes de muy alto patrimonio apenas han modificado sus hábitos de consumo. Aunque representan solo un 3,1% de los compradores, generan el 41% del gasto total del sector. El comprador aspiracional, en cambio, sí acusa las subidas de precios y la incertidumbre económica. Más que un frenazo uniforme, Falcó observa una selección natural del mercado. "Se ajusta el consumo más sensible al ciclo, pero se refuerza el posicionamiento del lujo experiencial y de alto impacto". España, además, parte con ventaja para aprovechar esa tendencia. El turismo internacional de alto poder adquisitivo continúa creciendo, impulsado especialmente por visitantes estadounidenses y latinoamericanos, mientras ciudades como Madrid, Málaga o Sevilla se consolidan como nuevos destinos de referencia para ese viajero. En ese contexto, el auge del chárter deja de ser una simple historia sobre barcos. Habla de una nueva forma de entender el lujo. Durante décadas, poseer un yate era la máxima expresión del éxito económico. Hoy sigue siéndolo para muchos, pero ya no es la única aspiración. Cada vez más clientes prefieren reservar la embarcación adecuada para cada viaje, cambiar de destino sin ataduras y dedicar menos tiempo a gestionar patrimonio y más a disfrutarlo. Porque, en el nuevo lujo, el mayor símbolo de estatus quizá ya no sea tener más cosas, sino poder elegir, en cada momento, cuál es la mejor experiencia.