El 20 de abril de 1534, una mujer de 28 años fue ahorcada en Tyburn, el lugar habitual de las ejecuciones públicas en el Londres de la época. Tras la ejecución, su cabeza fue expuesta en el puente de la ciudad, una práctica reservada a quienes eran condenados por traición. Se llamaba Elizabeth Barton y, poco antes de terminar en la horca, había sido una de las figuras religiosas más influyentes de Inglaterra.
Elizabeth nació hacia el año 1506 en Kent, en el sureste de Inglaterra. Trabajaba como sirvienta cuando, alrededor de 1525, cayó enferma y empezó a experimentar sus primeras visiones y profecías. Según los testimonios de la época, durante estos trances la joven pronunciaba mensajes que parecían extraídos de la Biblia sobre la fe y el pecado.
Sus experiencias llamaron la atención de sacerdotes locales, que interpretaron aquellos episodios como manifestaciones divinas, y apenas unos meses después, ingresó en un pequeño convento de Canterbury. Allí adoptó la vida religiosa y comenzó a ser conocida como la monja de Kent, llegando a tener una enorme influencia en la Inglaterra Tudor.
Durante varios años, Barton gozó de una enorme popularidad. Sus visiones eran consideradas auténticas por numerosos clérigos y peregrinos, y algunos de los personajes más influyentes del reino acudían a escuchar sus mensajes, incluido el rey Enrique VIII. Fue precisamente este monarca inglés el que cambió para siempre el destino de la joven religiosa.






