La carrera armamentística entre las organizaciones para adoptar la IA generativa promete una nueva era de productividad sin precedentes, información obtenida a partir de datos y eficiencia automatizada. Se repite constantemente que el futuro pertenece a quienes sean capaces de actuar con mayor rapidez, generar conocimientos y datos al instante, probar estrategias a gran escala y eliminar los cuellos de botella humanos de la toma de decisiones. Y, desde muchos puntos de vista, la promesa está justificada: los modelos actuales de IA pueden generar en segundos un análisis de mercado de 30 páginas, un plan estratégico quinquenal y una campaña publicitaria perfectamente articulada. El resultado es fluido, convincente y respaldado por grandes cantidades de datos. Aquí es donde comienza el riesgo. Porque, en nuestro afán por aprovechar el poder de la IA generativa, hemos pasado por alto uno de sus mayores riesgos, y es algo que no tiene que ver con el código, sino con la sabiduría humana. Nos preocupan las alucinaciones y los sesgos, y nos inquieta que la IA se equivoque en los hechos. Esto es una distracción. Garantizar la precisión es una tarea de gestión operativa, aunque nueva, que consiste en perfeccionar las instrucciones, supervisar la fiabilidad y mitigar los errores de la IA, tanto si el modelo rinde al 80 % como al 99 %. Lee también: Estados de confinamiento. El arte relacional de Luis Manuel Otero Alcántara Imagen: Generada con IASin embargo, el reto para los líderes es mucho mayor. Se trata del peligro de recibir una respuesta 100 % correcta y lógicamente impecable… a la pregunta equivocada. El reto de formular la pregunta adecuada, al que siempre se han enfrentado los equipos directivos, ha existido siempre. No obstante, la frenética carrera por la productividad actual lo ha convertido en una amenaza existencial. La IA elimina la fricción. Las organizaciones, presionadas por las exigencias de los KPI y la necesidad imperiosa de recortar costes, se encuentran inmersas en una carrera de alto riesgo para adoptar la IA (y automatizar el juicio). Así, sustituyen deliberadamente la incertidumbre humana, es decir, la fricción del debate, la indecisión y la investigación pausada, mediante el imperativo de la rapidez. [Publicidad]La verdadera amenaza, pues, no es una mentira verosímil, sino una lógica implacable. La IA es un motor capaz de ofrecer una respuesta plenamente respaldada por los datos e internamente coherente, pero con consecuencias desastrosas, porque carece de sabiduría, de contexto y de juicio humano. Puede decirte cómo hacer algo, pero no comprende por qué deberías hacerlo. El error subyacente es sutil pero profundo: exigimos certeza a un sistema que solo ofrece probabilidad estadística. La IA es una máquina de predicción, no un oráculo de la verdad. Y esta búsqueda errónea de certeza nos ciega, y nos lleva a confundir la perfección lógica con la verdad estratégica. Lee también: Diapositiva de un duelo[Publicidad]Esta paradoja no es nada nueva. De hecho, se remonta a hace 2.000 años. Y nuestra mejor guía para sortearlo es un satírico sirio del siglo II llamado Luciano de Samosata. Luciano vivió en su propia «infodemia». En el Imperio romano abundaban los «expertos», filósofos pretenciosos, charlatanes que vendían curas milagrosas e historiadores reputados que presentaban como hechos relatos fantásticos concebidos para ensalzarse a sí mismos. Los líderes intelectuales de su época eran prolíficos, persuasivos y, a menudo, estaban completamente equivocados. La respuesta de Luciano al caos epistémico de su época fue una obra maestra de la sátira titulada Una historia verdadera. El propio título constituye la primera lección de pensamiento crítico. En el prólogo, advierte a sus lectores de que va a escribir «sobre cosas que jamás vi, traté o aprendí de otros, que no existen en absoluto ni por principio pueden existir». Lo que sigue es la primera obra conocida de ciencia ficción: un alocado viaje a la Luna, donde su tripulación es reclutada para una guerra interplanetaria por la colonización de Venus. Son testigos de extraños ejércitos de «cabalgabuitres» y «pulgarqueros», todos ellos descritos con el mismo tono impasible y convincente que utilizaban los historiadores de la época. El objetivo de Luciano no era inventar la ciencia ficción, sino enseñar a su público a desconfiar de la fluidez narrativa. Al llevar las mentiras verosímiles de su época hasta un extremo cósmico, entrenó a sus lectores para detectar el engaño. Luciano demostró que la lógica interna de una historia puede ser impecable incluso cuando su premisa está completamente alejada de la realidad. [Publicidad]Esta es precisamente la lección que las empresas deberían recordar hoy. Un modelo de IA no piensa ni sabe; ejecuta instrucciones lógicas. Optimiza y agiliza. Es la herramienta perfecta para generar nuestros «viajes a la Luna» modernos. La IA es un motor sin volante Supongamos, por ejemplo, que le das a la IA una indicación clara y directa: Analiza los datos logísticos y la confianza de los consumidores para encontrar el mercado de mayor crecimiento y menor coste para nuestro producto. La IA ofrece una respuesta brillante y totalmente correcta. Te aconseja lanzar el producto en el sudeste asiático y aporta datos logísticos, modelos de confianza positiva de los consumidores y una clara ventaja por ser los primeros en llegar al mercado. Todos esos datos pueden verificarse. El equipo directivo está de acuerdo. [Publicidad]Sin embargo, lo que tu petición, perfectamente lógica, no ha tenido en cuenta son los tabúes culturales profundamente arraigados o la legislación pendiente y poco conocida que podría retrasar las autorizaciones, provocar una reacción negativa de los consumidores y hacer fracasar el lanzamiento en menos de un año. La IA hizo exactamente lo que se le había pedido, y nos ofreció un viaje a la Luna basado en datos. Pero ese no era precisamente el destino al que querías llegar. El verdadero peligro de la IA, por lo tanto, no es su resultado, sino nuestra credulidad ante una lógica impecable. Estamos fundamentalmente programados para confiar en algo que esté bien redactado, respaldado por datos y tenga un tono convincente. Para combatir esto, el modelo analítico dominante en nuestras empresas es ahora peligrosamente incompleto. Durante décadas, la cultura basada en datos ha otorgado una importancia excesiva a la validación cuantitativa. En la práctica, el pensamiento crítico a menudo se reduce a comprobar los datos: ¿Son correctas estas cifras? ¿Hemos verificado esta fuente? Sin embargo, limitarse a verificar los datos proporcionados por una IA es peligroso. Incluso cuando un sistema utiliza fuentes reales y verificadas, puede ofrecer una respuesta estratégicamente errónea. No se puede verificar una respuesta 100 % correcta a una pregunta mal formulada. El problema no es que los «ladrillos» sean de mentira, sino que los planos del edificio son pura ciencia ficción. [Publicidad]Es aquí donde las humanidades revelan todo su valor económico. Debemos aprovechar la IA, pero tenemos que entender cómo funciona y cuáles son sus límites. La IA es un motor sin volante. Las humanidades proporcionan la orientación. En una economía en la que la IA ha convertido en un recurso común el cómo, las humanidades siguen siendo nuestra única forma fiable de dominar el por qué. Y el «por qué» es ahora la única fuente duradera de diferenciación que nos queda. Las humanidades enseñan una forma diferente y más poderosa de ejercer el pensamiento crítico: formular la pregunta, en lugar de validar las respuestas. En primer lugar, las humanidades entrenan el análisis narrativo. Lo que los líderes suelen llamar «intuición» no es instinto ni conjetura, sino experiencia procesada por el cerebro: un reconocimiento de patrones a gran velocidad desarrollado a lo largo del tiempo. Las humanidades son el campo de entrenamiento definitivo para desarrollar este tipo de intuición disciplinada a gran escala. No se trata de detectar una mentira, sino de plantear el problema adecuado. Un líder que ha estudiado filosofía, por ejemplo, no se limita a buscar falacias lógicas; se especializa en plantear el porqué. Un operador le pregunta a la IA: «¿Cómo podemos optimizar nuestra cadena de suministro actual?». Un experto formado en el análisis filosófico pregunta: «¿Cuál es el problema humano fundamental que realmente estamos resolviendo? ¿Y si la cadena de suministro no fuera la respuesta correcta?». [Publicidad]Una IA puede generar una respuesta impecable a cualquiera de las dos preguntas. La diferencia es que una pregunta optimiza una suposición, mientras que la otra la cuestiona. Esa es la distinción entre un plan que es lógicamente perfecto y uno que es estratégicamente sensato. Un líder con formación en literatura aporta algo diferente: una empatía disciplinada y una visión profunda de la motivación humana. No se trata de intuición en el sentido coloquial, sino de una verdadera comprensión de cómo se sienten, deciden y cambian las personas. Desde una perspectiva basada en datos sería: «¿Cómo reducimos la duración de las llamadas de los clientes?». Una pregunta literaria preguntaría: «¿Por qué llaman realmente nuestros clientes y qué debemos transmitirles para que sigan siendo fieles?». Esa hipótesis humana permite al líder plantear a la IA una indicación mucho más inteligente: Analiza 10 000 transcripciones de llamadas en busca de palabras clave y señales de ansiedad y confusión. Este líder, al centrarse en indicios más sutiles, llega a identificar oportunidades de innovación que van más allá de la mera optimización. Un líder con formación en historia lleva a cabo un tipo diferente de reconocimiento de patrones: uno capaz de operar a gran escala y a lo largo del tiempo. Una IA puede generar un plan para el primer trimestre lógicamente perfecto. Un historiador puede identificar que ese mismo plan podría desencadenar consecuencias no deseadas cuyo impacto se revelaría en el tercer trimestre. A menudo son ellos quienes logran distinguir un verdadero cambio de paradigma de una moda cíclica, es decir, un patrón antiguo revestido de un nuevo traje de alta tecnología. Las humanidades aportan fricción intelectual: una forma de resistencia activa, creativa y crítica cuyo modelo lo estableció el propio Luciano. En una época obsesionada con la velocidad impulsada por la IA, la fricción intelectual no es vacilación. Es una metodología. Es lo que podría llamarse el Protocolo de la Historia Verdadera. Ante una estrategia de IA plausible y lógicamente perfecta, los líderes reflexivos aplican este protocolo. No se limitan a comprobar los hechos. Parodian el plan. Aplican la reductio ad absurdum de Luciano, llevando la lógica de la IA al extremo para ver si —o dónde— se derrumba. Se trata de un ejercicio creativo con un propósito crítico: Si seguimos esta ruta optimizada durante cinco años, ¿dónde acabaremos realmente? ¿Es este un camino hacia Venus, o un viaje perfectamente lógico a la Luna? Ahora bien, ¿cómo se aplica todo esto en una reunión? Consiste en someter el plan a una prueba de resistencia creativa. Cuando se plantea un plan generado por la IA, el líder debe ser quien plantee las preguntas propias de Luciano: ¿Cuál es la parodia de este plan? ¿Cuál es la versión más absurda y ridícula de su lógica? (Esto pone al descubierto los supuestos ocultos). Si seguimos este plan durante cinco años, ¿qué catástrofe imprevista surgirá? (Esto pone a prueba las consecuencias de segundo orden). ¿Qué verdad humana incómoda hay que ignorar para que este plan funcione? (Esto rompe la burbuja lógica). Por lo tanto, el retorno de la inversión de una formación en humanidades en la era de la IA consiste no solo en evitar un fracaso espectacular impulsado por la lógica. Es el único camino fiable hacia la diferenciación. Tus competidores tienen la misma IA. Utilizan los mismos modelos con los mismos datos. Plantean las mismas preguntas obvias sobre el cómo. La única forma de diferenciarse es llegar a una visión que ellos no puedan generar. Esa visión no vendrá del cómo. Vendrá de plantear un mejor por qué La lección de Luciano, de hace 2.000 años, nos enseña que el pensamiento crítico, en su nivel más elevado, es un acto creativo. No se trata solo de detectar fallos en la lógica, sino de tener el criterio para plantear una pregunta más humana. Cuando todo el mundo tiene acceso a máquinas que generan respuestas plausibles, el poder recae en el líder capaz de utilizar el método de Luciano para descubrir esa única verdad incómoda y revolucionaria que sus competidores nunca se plantean afrontar. Artículo publicado originalmente en inglés en IE INSIGHTS.