EL PAÍS reconstruye las 72 horas en las que el ministro de Interior pasó de combatir los mayores fuegos del verano a gestionar una crisis migratoria sin precedentes
El pasado miércoles, el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, se desplazaba al puesto de mando avanzado instalado en Navalcarnero, a 34 kilómetros al suroeste de Madrid. Su intención era seguir de cerca las labores de extinción de los incendios que llevaban días arrasando miles de hectáreas de monte en Madrid y Ávila y que habían convertido al que afectaba a esta provincia castellanoleonesa en el más grave de la historia. Sin embargo, por primera vez en días, las noticias que llegaban eran esperanzadoras. Se hablaba ya de fuegos “técnicamente estabilizados”, de frentes de llamas que llevaban más de 48 horas sin avanzar y, sobre todo, de la posibilidad de permitir la vuelta a sus casas de miles de personas que aún permanecían evacuadas. Buenas noticias después de jornadas difíciles, en las que tampoco habían faltado los nubarrones judiciales, como la imputación en el caso Leire Díez de quien había sido uno de sus hombres de confianza, Leonardo Marcos, exdirector general de la Guardia Civil.
Sin embargo, aquel día Marlaska volvió a darse de frente con la realidad de un ministerio en el que, como reconoce un alto cargo de Interior, “cuando te quitas un problema, surge otro”: “Hay pocos días tranquilos”. El motivo: en esa misma jornada iban a llegar las primeras señales de que estaba a punto de abrírsele un nuevo frente y, además, en uno de los temas que, desde que se hizo cargo de la cartera hace ocho años, el ministro había señalado como prioritario: la inmigración irregular. EL PAÍS reconstruye, a partir del testimonio de colaboradores y testigos directos de los últimos días, la actividad del ministro durante las 72 horas en las que encadenó dos crisis de Estado.














