Hace diez años imaginé MOVI preguntándome qué podía despertar el interés de las infancias. No quería contar un cuento ni construir personajes, como suele ocurrir en los espectáculos para chicos. Mi búsqueda era otra: ofrecer una experiencia donde la danza fuera la verdadera protagonista y confiar en que las infancias podían conectar con un lenguaje poético, abstracto y visual. La danza aérea fue el punto de partida. Es un lenguaje en el que los intérpretes bailan suspendidos de sogas y arneses, lo que transforma por completo las posibilidades del movimiento. Los cuerpos recorren paredes, aparecen desde las alturas, sobrevuelan las cabezas del público y desafían permanentemente la gravedad. Y, como no podía faltar en MOVI, hasta juegan un partido de fútbol… pero en el aire. A esa dimensión que aporta la danza aérea quise sumarle la creación de un universo inmersivo, donde todo el espacio escénico construyera una experiencia visual. Las proyecciones, el juego de formas y colores, la música original, el diseño de luces y el ritmo de la obra fueron concebidos para crear un espectáculo dinámico, sensible y atractivo, capaz de captar la atención de las infancias sin subestimar su capacidad de asombro. Mi deseo era que todos los elementos dialogaran para que la danza ocupara el centro de la escena y que la imaginación de cada espectador, grande o chico, completara el viaje.