Terminado el Mundial, se cumplió lo que intuíamos. Luego del entusiasmo que despertó el comportamiento deportivo y grupal de la selección, se volvió a la realidad de la vida cotidiana. Si antes el ánimo social se dividía casi por partes iguales entre los enojados y los deprimidos, hoy hay más deprimidos que enojados. No es porque la selección no haya sido campeona, sino, básicamente, porque cuesta cada día más llegar a fin de mes y hay que ser creativos para poder hacerlo. Hoy solo un 25% no tiene problemas, el resto de la población cambia hábitos de compra y/o se endeuda. Contentos y esperanzados hay muy pocos. No más del 20% opina que las cosas han mejorado con Milei. Así como tenemos una economía que va a dos velocidades, lo mismo sucede con los actores sociales. No es novedad que históricamente el sector alto y medio alto siempre tuvo ahorros suficientes, aunque no le esté yendo demasiado bien en la coyuntura. El problema lo tiene el resto. Que los unifique la frustración no implica que vayan a ir detrás de la misma bandera política. Porque aunque coincidan en la frustración, tampoco tienen la misma visión de por qué se llegó hasta acá, ni cuáles son los caminos de salida. Hay una fuerte demanda de cambio, pero los caminos de ese cambio no están claros.