0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialLeo siempre los comentarios a mis artículos que me remiten algunos amigos. No son demasiados. Los agradezco y respondo a todos. Y, al reflexionar sobre ellos, constato que unos coinciden más o menos con mis planteamientos sin entrar en detalles, mientras que otros muestran con convicción su discrepancia, centrada en dos puntos: a) Consideran que me excedo en mis críticas al Gobierno y a su presidente Sánchez. b) Censuran que haya convertido esta crítica casi en un monotema. Son estas opiniones las que me obligan a un somero examen de conciencia. ¿Son fundadas? Veamos mi posición ante el actual Gobierno: Dani Duch1. Jamás he dicho que sea un gobierno ilegítimo. Accedió legítimamente al poder gracias a una coalición, también legítima. Es más, en su día propugné que el Partido Popular se abstuviese, para facilitar la investidura de Pedro Sánchez. Véase el artículo que publique en La Vanguardia el 5 de agosto del 2023, bajo el título “Una abstención sanadora”, comentado por Enric Juliana en su artículo “La hipótesis Burniol”, de 28 de septiembre del 2023. Sostengo que los dos grandes partidos españoles de centroderecha y centroizquierda –PP y PSOE–deberían facilitar siempre que forme gobierno el más votado de ellos, sin necesidad de recabar los votos de los separatistas catalanes y vascos.2. Jamás he criticado las políticas sociales del actual Gobierno, prescindiendo de matices, por mi adhesión constante a los planteamientos socialdemócratas. Desde la extinción de UCD hasta el año 2008, en que rechacé apoyar de nuevo a Zapatero, voté al PSOE.3. Nunca me he opuesto de plano a las políticas de “ampliación de derechos”, si bien sí he discrepado de aspectos capitales de estas, en defensa de mis ideas y creencias; así como también he cuestionado su desafortunada plasmación técnica en algunos casos. Es decir, jamás he adoptado una postura cerril, asumiendo la decisión de las Cortes Generales.4. Aunque las asumo, discrepo con la cabeza y el corazón de las leyes de memoria histórica y democrática. No por lo que tengan de justicia reparadora y de búsqueda de la verdad, sino por su oblicuo aporte a la perturbación de la paz. He aprendido en los libros que el restablecimiento de la memoria histórica tiene tres objetivos: la verdad, la justicia y la paz, pero que los dos primeros no pueden perturbar nunca, nunca, nunca la paz. Algo que resulta inevitable cuando se instrumentaliza la recuperación de la memoria al servicio de uno de los bandos antaño contendientes. Los muertos del Cuartel de la Montaña son mis muertos. Los muertos de Badajoz son mis muertos. Los muertos de Montjuïc son mis muertos. Los muertos del Camp de la Bota son mis muertos. Los exilados de 1939 son mis exilados. Y cuando leo que la madre de Antonio Machado le preguntaba, próximos ya a Francia, “Antonio, ¿cuándo llegamos a Sevilla?”, se me parte el alma.Pactar con los separatistas es más grave que una traición: es dejar de ser uno mismo5. He escrito “Sí al indulto”, en mi artículo de 5 de junio del 2021.6. Rechacé la amnistía por no darse “ninguno de los presupuestos que (la) justificarían”: un apoyo mayoritario de los partidos y que los amnistiados no hiciesen alarde de reincidir. Véase mi artículo “La amnistía que viene”, de 9 de septiembre del 2023.7. Nada digo de la corrupción por ser, o haber sido, achaque de todos los partidos en grado proporcional a su participación en la política de gestión.8. He rechazado siempre y sin ambages, pese a ser legítimo, el pacto para conformar una mayoría con los separatistas catalanes y vascos, de derechas y de izquierdas, pagando un precio que contribuya al desguace de un Estado puesto en almoneda. Porque pactar así con los separatistas para acceder o seguir en el poder, sin reparar en la erosión de la nación y en la quiebra de su Estado, es peor que un crimen y más grave que una traición. Es dejar de ser uno mismo.En este último punto se halla la razón única de mi postura, de mi insistencia y de mi desgarro. De mi desesperación. Y es también este punto el que marca la frontera –geográfica– que media entre mis amigos críticos y los que comparten mi alarma.