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Angie Rodríguez hizo una serie de acusaciones graves contra Gustavo Petro. Habló de presiones, intimidaciones, temor por su vida y de un intento de trasladar COP 1,2 billones del Fondo Adaptación a la UNGRD. Algunas de sus afirmaciones deberán probarse, otras podrán ser desmentidas, pero ninguna fue respondida por el presidente.
Petro escogió un camino distinto: revelar que Rodríguez había recibido atención psiquiátrica. La maniobra fue burda. En lugar de discutir los hechos, puso bajo sospecha la salud mental de quien los denunciaba. Ya no había que preguntarse si se intentó mover el dinero, quién dio la orden o por qué la entonces directora del Fondo Adaptación se opuso. Había que preguntarse si Angie estaba bien de la cabeza.
Es una vieja técnica del poder. Primero se patologiza al adversario, después se presenta cualquier acusación como un síntoma de su enfermedad. El denunciante deja de ser alguien que afirma hechos verificables y se convierte en un paciente al que hay que interpretar. Sus palabras ya no se responden: se diagnostican.










