Las autoridades han declarado al país libre de la cepa de Bundibugyo, que entró por un caso importado de RDC registrado a mediados de mayo

La primera vez que se produjo un brote de ébola en Uganda, en el año 2000, Christopher Oruka perdió a uno de sus mejores amigos y él mismo estuvo a punto de morir. Una tarde, Oruka fue en bicicleta a recoger a su amigo al Hospital St. Mary’s de Lacor, en el distrito de Gulu, al norte de Uganda, donde había estado cuidando a su madre. La mujer había fallecido. Poco después, el amigo de Oruka también murió.

Tras esos dos fallecimientos, ocurridos con apenas unos días de diferencia, las autoridades sanitarias comenzaron a preocuparse y se efectuaron pruebas que confirmaron la presencia del virus del ébola. De inmediato, comenzaron a peinar las comunidades en busca de Oruka, ya que había estado en contacto con su amigo fallecido.

“Cuando me encontraron, yo estaba en una reunión del pueblo. Me pusieron en cuarentena en el hospital”, cuenta Oruka, que ahora tiene 42 años y trabaja como fontanero. En un primer momento, se encontraba bien y no presentaba síntomas. Sin embargo, una semana después, mientras permanecía en cuarentena, comenzó a sentirse mareado y a tener fiebre. “La estancia en el hospital fue el momento más duro de mi vida. Veía morir a gente todos los días y pensaba que yo sería el siguiente. Tuve suerte de haber sobrevivido”, recuerda.