El foco mediático está en el centro de Sevilla. Vox da su rueda de prensa desde el Ayuntamiento, en plaza Nueva, y el alcalde José Luis Sanz responde con un ejemplar de la Constitución en mano desde el norte, en Pino Montano. Al sureste, en Polígono Sur, el día transcurre su curso. Es el último martes de julio y los coches salen y entran de la rotonda, el calor aprieta hasta alcanzar los 36 grados y a la sombra de la marquesina esperan los vecinos a que pase la próxima guagua. Frente a ellos hay un triángulo que ha incendiado la política andaluza durante unas horas: la parcela en la que se construirá un centro cultural islámico donde estará la futura mezquita. “A mí no me molesta”, sonríe Pablo Rodríguez, “¡mientras no me quiten el dinero en el banco!”.

En la muñeca derecha lleva una bandera de España y, en la izquierda, la de Andalucía. Coge una de las bicicletas que hay en la estación del parque José Celestino, que en unas horas comienza su turno. No sabía de la existencia del proyecto urbanístico y, tras encogerse de hombros, comienza a hablar: “Tengo amigos musulmanes y marroquíes, se apartan un poco cuando hacen el Ramadán, porque nosotros seguimos comiendo y bebiendo lo mismo, pero me da igual. Tengo un amigo que va a entrar en la empresa porque le recomendé”. Casi se le olvida: “Y voto a Vox”. Se queda mirando el espacio, que está rodeado de una red metálica para evitar los actos vandálicos, como el que ocurrió hace unos días cuando tiraron restos de cerdo en el interior, y dice, “se podría construir un parque”. Al comentarle que es una parcela privada, asiente, y vuelve a repetir, “no me molesta”.