NEW HAVEN—Hay que reconocerle a Hong Kong el mérito de haber plantado cara. En los casi dos años y medio transcurridos desde que expresé la opinión, aparentemente controvertida, de que Hong Kong «ha llegado a su fin», los defensores de la ciudad han orquestado una campaña decidida para demostrar lo contrario. A primera vista, esta heroica defensa parece tener cierto fundamento. La economía de Hong Kong se ha mostrado relativamente resistente, y el repunte del índice Hang Seng ha borrado el recuerdo de la caída de 2018-2020 provocada por la agitación política. Además, la ciudad ha recuperado su posición como líder mundial en salidas a bolsa, lo que le da motivos para presumir de ser el principal centro financiero de Asia. Paul Chan, secretario de Finanzas de Hong Kong, y otros altos cargos del Gobierno no dejan de alabar sus virtudes. Sin embargo, bajo la superficie, la historia es muy diferente. La toma de control hostil por parte de Pekín tras las manifestaciones a favor de la democracia de 2019-2020 ha transformado a Hong Kong en una gran ciudad china más. Hoy en día, su nombre en mandarín, Xiānggǎng ( 香港, «puerto fragante»), que rinde homenaje al legado chino precolonial de la ciudad, parece más adecuado que Hong Kong, una traducción fonética del cantonés, el dialecto que ha predominado durante mucho tiempo en la ciudad.