El pasado 22 de junio saltaba la noticia de que Olivia Rodrigo había organizado el Daisy Chain Fields, un festival con un cartel exclusivamente femenino que incluye a nombres actuales como Chappell Roan y Mitski y a figuras de generaciones anteriores tan históricamente influyentes como Bikini Kill, The Breeders o Stevie Nicks. Aunque, probablemente, la figura simbólicamente más relevante en la programación sea la cantautora de folk Sarah McLachlan. Puede que su nombre no sea muy popular, aunque ella sí lo es en su país, Canadá. Ha vendido 40 millones de discos y tiene tres premios Grammy pero, sobre todo, su figura es más notoria por haber sido la creadora del festival Lilith Fair en 1996, y la inspiración principal para que Rodrigo idease el Daisy Chain, según ella ha afirmado en varias entrevistas. “La primera persona a la que llamé cuando decidí que quería hacer esto fue Sarah McLachlan. Es una auténtica pionera, una artista increíble y una amiga, y de hecho va a cantar conmigo en el festival, lo cual es muy emocionante y un gran honor para mí”, declaró en una entrevista televisiva en la cadena ABC.La cantante californiana no había ni nacido cuando el Lilith Fair se desarrolló, pero sí tuvo muy presente su influjo desde que empezó en la música. Tanto, que ella es una de las artistas que intervienen en Lilith Fair: Building A Mystery, un documental de 2025 que recuerda toda la historia de aquel festival, y donde Rodrigo ya mostraba su admiración por el mismo. Hay algunas diferencias entre ambos eventos. La más visible es que Daisy Chain Fields es un festival de un solo día en un lugar fjjo, mientras que Lilith Fair fue una gira itinerante, que seguía el modelo de otras iniciativas de los años noventa como Lollapalooza u Ozzfest. En aquella época, y sobre todo en Estados Unidos, aquel tipo de eventos estaban sobremasculinizados y el ambiente era bastante agresivo y tóxico. Por ejemplo, en su libro de memorias Cruzando los dedos, Miki Berenyi, del grupo Lush, contaba muchas de sus amargas experiencias en Lollapalooza. Además de eso, estaba asumida entre los promotores la idea de que no era viable colocar a dos artistas femeninas seguidas en el mismo cartel. Fue precisamente escuchar esa frase lo que incitó a McLachlan a demostrar que se podían cambiar las reglas del juego patriarcales que imperaban entonces en la industria musical. En primer lugar, decidió organizar una gira conjunta con su amiga Paula Cole en 1996, que luego fue seguida por cuatro conciertos de prueba en los que se incorporaron Patti Smith, Suzanne Vega, Aimee Mann y Lisa Loeb. Al ciclo lo agrupó con el nombre de Lilith (inspirado en el mito medieval de la primera esposa de Adán, que se negó a obedecerle, y fue asociada con una figura demoníaca). Aquellos conciertos funcionaron tan bien a nivel de público que McLachlan registró la marca y decidió organizar la gira itinerante Lilith Fair de cara al verano siguiente. Para ello se asoció con Dan Fraser y Terry McBride, del sello independiente Nettwerk, y el agente Marty Diamond. Esos aliados inyectaron músculo financiero y organizativo, aunque no eran precisamente de los peces más gordos de la industria en aquel entonces. Puede que un aspecto significativo del cambio de los tiempos sea el que Olivia Rodrigo haya recurrido al gigante Live Nation para la producción de su festival. Una piedra en la cabeza del pensamiento dominanteLa edición de 1997 del Lilith Fair discurrió por 35 ciudades de EE UU y Canadá entre los meses de julio y agosto. Actuaron más de 60 artistas, y las integrantes del cartel cambiaban cada día. Solo McLachlan y Suzanne Vega estuvieron presentes en todas las fechas. Y, precisamente, fue la autora de Luka quien inauguró el escenario principal (en la ciudad de George, en el estado de Washington). El primer tema que interpretó también fue simbólico: Rock In This Pocket, “una canción sobre David y Goliath desde el punto de vista de David. Sentía que decía: ‘Esta es una piedra en la cabeza del pensamiento dominante de la gran industria”, declaró la artista. Y acertó, porque la gira recaudó 16 millones de dólares y se convirtió en la más rentable de aquel verano en Norteamérica. Entre sus nombres más destacados figuraban Sheryl Crow, Tracy Chapman, Jewel, Fiona Apple, The Cardigans, Emmylou Harris, Indigo Girls, Beth Orton y Juliana Hatfield.Pero también hubo críticas y controversias, algunas más esperadas que otras. Cuando anunció el festival, McLachlan tuvo que sufrir bromas condescendientes de quienes lo rebautizaron como “Girlapalooza”, “Lesbapalooza” y así. También se hartó de que le preguntaran constantemente si odiaba a los hombres y por qué no había artistas masculinos en el cartel, e incluso llegó a sufrir una amenaza de bomba en Texas por parte de un grupo reaccionario radical. No cancelaron y no sucedió nada finalmente. Pero quizás la crítica más dolorosa fue la que llegó desde sectores más feministas, que cuestionaron la falta de diversidad en el cartel. Shirley Manson, del grupo Garbage, llegó a denunciar en una entrevista en Rolling Stone que todas las integrantes eran chicas blancas y amables de clase media y que no había mujeres negras o artistas de rap más contestatarias. Curiosamente, Garbage es uno de los grupos que estarán este verano en el Daisy Chain.McLachlan se justificó ante estas críticas alegando que, de cara a aquella edición, tiró de su agenda personal, y en ella predominaban artistas afines. El éxito de 1997 contribuyó a que el festival ya fuese más conocido cuando, en el segundo verano, llamó a mucha más gente y todo el mundo se mostró más entusiasmado por participar. Pero ella también tomó nota de las críticas. En el cartel de 1998 se pudo ver a Des’ree, Erykah Badu, Missy Elliott o Neneh Cherry, aunque la presencia más celebrada fue la de Sinéad O’Connor, la más admirada por la mayoría de sus compañeras de escenario, que la citaban recurrentemente en sus entrevistas. Otro de los aspectos más interesantes radicaba, por cierto, en que fue uno de los primeros festivales más profusamente documentados a través de internet, con una página web que actualizaba contenidos constantemente. La edición de 1999 culminó su éxito, con la incorporación de otro nombre histórico como The Pretenders y anécdotas como la presencia de Prince en los camerinos acompañando a Sheryl Crow, quien entonces era su pareja, y que se arrancó a tocar algunos temas entre bambalinas con parte de las artistas del festival. También supuso el debut ante grandes audiencias de dos chicas entonces desconocidas, Christina Aguilera y Nelly Furtado, y que luego se convertirían en estrellas del pop. Al final, en esos tres años, Lilith Fair congregó a un millón y medio de personas en 139 conciertos, y recaudó más de 60 millones de dólares (convirtiendo, además, a su inductora, en una emprendedora millonaria). La iniciativa de Olivia Rodrigo ha sido también un triunfo financiero. Sus 45.000 entradas —a precios que oscilaban entre 250 y 1.250 dólares— se agotaron en media hora. Hay en ello cosas muy de nuestra era que a McLachlan jamás se le habrían ocurrido, como la venta de paquetes VIP a precios elevadísimos, y que rompe un poco con la utopía de horizontalidad que caracterizó a Lilith Fair. A su favor, sin embargo, hay que destacar que la recaudación irá destinada íntegramente a asociaciones benéficas dedicadas a ayudar a las mujeres, como Baby2Baby, Planned Parenthood, el Centro Nacional de Derechos de la Mujer, el Centro de Derechos Reproductivos o la Alianza Nacional de Trabajadoras Domésticas.Fiona Apple, en el Lilith Fair de 1997 de Wantagh, Nueva York.Ebet Roberts (Redferns via Getty Images)Suzanne Vega, en la edición de 1997.Bob Berg (Getty Images)Chrissie Hynde, de The Pretenders, en el Lilith Fair celebrado en el Shoreline Amphitheatre de Mountain View, California, en 1988.Tim Mosenfelder (Getty Images)Erykah Badu, en 1998.Tim Mosenfelder (Getty Images)Bonnie Raitt y Sheryl Crow, juntas en la edición de 1999, en Mountain View.Tim Mosenfelder (Getty Images)Neón de la edición de 2010 de Lilth Fair, en Ridgefield, Washington. Tim Mosenfelder (Getty Images)De izquierda a derecha, Serena Ryder, Sara Bareilles, Sarah McLachlan y Suzanne Vega, en el concierto final de la edición de 2010.David Bergman (Getty Images)Missy Elliot, en la edición de 1998.Steve Eichner (Getty Images)Lisa Loeb, en 1997.Houston Chronicle/Hearst Newspap (Houston Chronicle via Getty Imag)Liz Phair, en 1998. Steve Eichner (Getty Images)30 años de diferencia y un panorama más cercano de lo que se podría aventurarParte del acierto de Lilith Fair es que decidieron dejarlo ahí, en su mejor momento. En parte fue por agotamiento, pero tal vez fueron conscientes también de los nuevos cambios que se avecinaban en el ambiente musical. Simbólicamente, aquella última edición coincidió con el infame Woodstock ’99, ya profusamente documentado. Quizás el único error de sus creadores fue montar una edición de regreso en 2010 que supuso, en esta ocasión, un fracaso. La afluencia de público fue tan escasa que se cancelaron varias fechas y algunas artistas importantes (Carly Simon, The Go-Go’s, Norah Jones…) se retiraron de la gira por miedo de sus representantes a no cobrar lo estipulado. Los tiempos habían cambiado y el espíritu no era el mismo.Aparentemente, porque, aunque hayan transcurrido 30 años, hay aspectos similares en lo que se refiere a la percepción de las mujeres en la industria. Para empezar, la motivación inicial de Daisy Chain es la misma que impulsó la creación de Lilith Fair. “Creo que existe la idea errónea de que las chicas deben competir entre sí por el primer puesto, o que solo hay una cantidad limitada de recursos para todas, y creo que una experiencia como Lilith Fair, y ojalá, Daisy Chain, nos demuestre que somos mucho más fuertes cuando nos unimos y nos apoyamos mutuamente”, ha declarado Olivia Rodrigo. En este artículo de Lydia Venn en Cosmopolitan también se hace hincapié en una sangrante paradoja. Por un lado, se considera que vivimos en la época histórica en que las mujeres tienen más poder en la industria del pop —poniendo como ejemplo a Taylor Swift, Beyoncé, Charli XCX, Dua Lipa, Sabrina Carpenter y la propia Olivia Rodrigo— pero, por otro, la presencia femenina en los carteles de los festivales sigue siendo exigua, y los promotores siguen considerando que es más rentable apostar por artistas masculinos.Pero hay otro aspecto que va más allá de esto, y es el cambio en las dinámicas internas que propició un festival como Lilith Fair, y del que Olivia Rodrigo es muy consciente. Lo más celebrado del evento de Sarah McLachlan fue el ambiente de no competición, de camaradería y comunidad, que allí se creó. “Yo había sido telonera antes y no me trataron bien, así que me aseguré de que entre bastidores nos trataran a todos por igual: el equipo técnico, las bandas... Quería que todo el mundo tuviera una gran experiencia”, declaró ella a Billboard coincidiendo con el 20 aniversario de Lilith Fair. Se propició, de modo orgánico, que en los conciertos se produjeran colaboraciones entre unas y otras y en cada ciudad se fomentó la participación tanto de artistas como de asociaciones locales. Una de las características más comentadas, tanto por parte de las intérpretes como del público, era la sensación de encontrarse en un lugar seguro, algo que no les sucedía en los festivales convencionales. En este reportaje publicado en la revista canadiense Maclean’s (y que se titulaba “Defendiendo Lilith Fair” ante los ataques recibidos por la edición de 2010), se recogían declaraciones como esta de Belinda Carlisle: “¿Quién sabe hasta dónde habríamos llegado las Go-Go’s si Lilith Fair hubiera existido cuando empezamos a finales de los años setenta? En aquel entonces, sentíamos que éramos las únicas chicas en el escenario. Muchos de los chicos que nos rodeaban eran unos punks machistas, violentos y drogados que nos tiraban cosas mientras tocábamos. Podríamos haber desarrollado nuestra musicalidad mucho más rápido si hubiéramos podido ver cómo tocaban otras mujeres. Los grupos masculinos solían vernos como competencia, no como compañeras”. Y en Billboard, en 2017, era Sarah McLachlan quien decía lo siguiente sobre una continuidad de Lilith Fair: “Tendría que ser alguien nuevo quien tomara el relevo, un nuevo artista… y no tiene por qué llamarse Lilith. Puede ser otra persona. Con la Marcha de las mujeres y Trump en el poder, todo el mundo me está llamando a la puerta: “¡Tenemos que recuperar esto!”. No, no tenemos que hacerlo de la misma manera. Pero alguien en este momento debería crear algo diferente”. Ha sido, finalmente, Olivia Rodrigo, de 23 años, quien ha tomado el testigo, y todo apunta a que le va a salir muy bien.