0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialPatri está nerviosa. Lo está desde que el viernes por la tarde salió con una bolsa con ropa para sus hijos (niño y niña de 6 y 13 años), comida para sus dos perros y sus dos gatos y se metió en el coche camino al polideportivo de Espartales, en Alcalá de Henares, a cien kilómetros de Zarzalejos (Madrid), donde vive y de donde fue desalojada. Junto a ella, en otro coche, su padre y su perrilla. “Yo voy donde vayáis vosotros. Somos una familia”, dijo.Patri sigue nerviosa porque no hay fecha para su vuelta a casa. “Los desalojados de la sierra de Guadalajara han estado fuera al menos una semana, ¿nos pasará lo mismo?”. Su padre intenta tranquilizarla: “Ya verás, parece que todo está mejorando, que están controlando el fuego”. Pero Patri, y el medio centenar de vecinos de su pueblo que la acompañan, no se consuela: “¡Pueden tardar semanas en apagarlo!”.La paciencia se agota y la inquietud crece. No pueden evitar pensar qué se encontrarán cuando regresen a sus casas, si es que hay casas, si sus lugares de trabajo se mantienen en pie, si los animales que quedaron consiguieron salir... “Es fácil decir que estemos tranquilos cuando hace días tenías tu vida normal y ahora no sabes qué tienes”, se lamenta Patri.Patri: “Los afectados de Guadalajara han estado fuera al menos una semana, ¿nos pasará lo mismo?”En el pabellón Primero de Mayo de Talavera de la Reina (Toledo), que acoge a los desalojados del valle del Tiétar (Ávila), comparten la misma inquietud. Y eso que ellos apenas llevan dos noches fuera. Pero no pueden dejar de pensar en lo que han dejado arriba, en la sierra, y lo que se encontrarán cuando vuelvan. “Ya no es lo material”, señala Antonio, es “el espacio natural, el paisaje de tu infancia, los olores de los pinos, el verde que ves cuando abres la ventana…”, llora. Está “casi seguro de que todo estará destrozado. El humo lo envolvió todo, y las llamas se veían a lo ­lejos”.Ese temor se respira en los polideportivos visitados por este periódico, grandes y pequeños, como el de Navalcarnero. Y no se difumina ni siquiera con la visita de los Reyes en Villamanta: “¡Claro que reconforta, y ayuda, mucho! ¡Han venido a vernos desde Palma! Es un detalle precioso... pero queremos volver a casa. ¡Mira lo que ha dicho Díaz Ayuso”.La presidenta de la Comunidad de Madrid dijo, tras acompañar a los Reyes, que hay “al menos 43 viviendas destruidas por completo y otras 300 con importantes daños”, aunque ha advertido de que esa cifra “se va a elevar enormemente”. Esas cifras corrieron como la pólvora por el polideportivo de Villamanta. La mayoría teme que esas casas sean las suyas, aunque es poco probable que lo sean, ya que la mayoría de los alojados allí son de Aldea del Fresno. Hamid, que el sábado fue al pueblo a recoger medicinas, fue uno por uno de los vecinos comunicando que el pueblo “estaba bien”.Hamid pasó mostrando una identificación que recoge su domicilio y explicando los motivos. Los agentes son muy estrictos: la norma general es que no se pasa y no se pasa. Según aseguran a este periódico, la orden dada es muy clara: no se puede acceder a zonas no seguras, amenazadas por el incendio. Porque lo único que importa es salvar vidas, primero, las de las personas; luego, las de los animales. Y es que con la tranquilidad de saber que la población está a salvo, los profesionales de extinción de incendios pueden concentrarse en luchar contra unas llamas que se resisten con todas sus fuerzas a extinguirse. Antes de hacerlo, seguirán devastando lo que encuentren a su paso.La tarde llega, y los ánimos empiezan a bajar. Los niños están cansados, ya no saben qué hacer para pasar el tiempo. Tampoco los adultos, que ya no saben cómo ponerse en las sillas de plástico o en las literas. “Cómo echo de menos mi sofá”, dice uno de los vecinos. El resto le entiende.Redactora jefa de La Vanguardia en la delegación de Madrid, especializada en temas sociales. Licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid.