La situación en Ucrania se desliza hacia un escenario cada vez más peligroso. A mediados de junio, Kiev inició una campaña de propaganda que consistió en el lanzamiento de drones cargados de queroseno, no de bombas, contra objetivos civiles en el interior de Rusia, con el fin de garantizar el respaldo político y financiero occidental.Este espectáculo buscaba deslumbrar las cumbres recientes de la Unión Europea (UE) y de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y no es ajeno a la influencia que la inteligencia exterior británica, MI6, ejerce sobre las decisiones estratégicas de Kiev. Ucrania asistió a ambas para conseguir su adhesión por la vía de urgencia a la primera, así como más fondos para aquello en lo que Zelensky los utiliza desde 2022, y para forzar a la segunda a continuar apoyándola en la guerra contra Rusia.

El propósito de esta actuación es volver a comprometer a fondo a Washington en este conflicto, sin importar si este escalara, lo que lo haría difícil de controlar y podría desencadenar una guerra entre EE. UU. y Rusia, que podría llegar a ser nuclear. El presidente de Rusia, Vladimir Putin, dejó claro a principios de año que quería acabar la guerra a finales de 2026 y que, para ello, estaba dispuesto a llegar a un compromiso que Moscú creyó haber alcanzado con el presidente de EE. UU. en Anchorage, Alaska.