AnálisisLa operación del Cerrejón representa cerca de la mitad del PIB del departamento y mueve 12.400 mil empleos. En 2034 cerrará.La decisión de no extender la concesión minera acelera la discusión sobre cómo reemplazar miles de empleos y una de las principales fuentes de ingresos del departamento. Foto: Cortesía CerrejónPERIODISTA DE MEDIOAMBIENTE Y SALUD26.07.2026 00:10 Actualizado: 26.07.2026 00:10

En algún momento de 2034, el último tren cargado de carbón saldrá desde la mina del Cerrejón hacia Puerto Bolívar. Las gigantescas palas dejarán de remover millones de toneladas de roca, el incesante ir y venir de camiones de casi 400 toneladas se detendrá y una operación minera que transformó para siempre la historia económica, cultural y social de La Guajira llegará a su fin. LEA TAMBIÉN La fecha todavía parece lejana, pero la decisión está tomada: Glencore, la minera operadora de Cerrejón, decidió no solicitar una prórroga de sus contratos de concesión, debido, según han señalado, a decisiones operativas y del futuro del negocio. Sin embargo, para un departamento donde el carbón ha representado entre el 45% y el 60% del producto interno bruto durante décadas, el reloj ya empezó a correr. La discusión dejó de ser si Cerrejón algún día cerrará. La verdadera pregunta es qué ocurrirá con La Guajira cuando eso suceda.Las cifras explican la magnitud de lo que está en juego. Cerrejón sostiene, entre empleados directos y contratistas, más de 12.400 puestos de trabajo, y en 2025 produjo 16,8 millones de toneladas de carbón pese a un mercado internacional cada vez menos rentable para el mineral térmico. Solo el año pasado, la compañía pagó 673.000 millones de pesos en regalías y 78.000 millones en impuestos departamentales y municipales, además de 350.000 millones en compras y contratos con proveedores locales.La operación minera del Cerrejón representa entre el 40 % y el 60 % del PIB de La Guajira. Foto:Cortesía CerrejónA eso se suman 87.000 millones de pesos en inversión social y 446.000 millones en inversión ambiental, y una infraestructura que incluye un ferrocarril de 150 kilómetros y un puerto de exportación propio en el Caribe. Según cálculos de la consultora GEM, la operación aporta cerca de 166 millones de dólares anuales en regalías y 86 millones de dólares en compras locales.Pero, sobre el futuro, las respuestas están lejos de ser unánimes. Hay quienes sostienen que la minería permitió construir la economía moderna del departamento y que, sin ella, miles de familias perderán el principal sustento que han conocido durante generaciones. Otros creen que precisamente el cierre representa la oportunidad histórica para dejar atrás un modelo basado en la extracción de carbón y apostar definitivamente por el turismo, la agricultura, las energías renovables, la cultura y el enorme potencial natural del territorio.Entre ambos extremos aparece una tercera postura: la de quienes consideran que la transición es inevitable, pero advierten que aún no existe una actividad capaz de reemplazar el enorme peso económico que hoy tiene Cerrejón.La Gobernación de La Guajira asegura que esa transición ya comenzó. El gobernador Jairo Aguilar sostiene que la dependencia del carbón es una realidad estructural, pero afirma que la estrategia del departamento consiste en construir una diversificación “progresiva, no improvisada”, apoyada en el turismo sostenible, el desarrollo agropecuario y pesquero, las energías renovables, la infraestructura, la conectividad, la formación para el trabajo y la innovación.Pero tras recorrer durante varios días el corredor minero, conversar con trabajadores, empresarios, comunidades indígenas, líderes sociales, agricultores, sindicalistas y habitantes que viven desde hace décadas alrededor de la mina, surge una conclusión evidente: nadie discute que La Guajira necesita transformarse. Lo que genera profundas diferencias es la velocidad con la que debe hacerlo y, sobre todo, si el departamento alcanzará a construir un nuevo motor económico antes de que el carbón deje de serlo. LEA TAMBIÉN Cerrejón genera 12.000 empleos en el segundo departamento más pobre del país. Foto:Cortesía CerrejónEl corazón de la mina es el taller (y sus trabajadores)Hay un lugar dentro de Cerrejón donde nunca se detiene el trabajo. Es el taller central de mantenimiento. Mientras la mina opera las 24 horas del día durante los 365 días del año, allí se revisan, reparan y preparan las máquinas que permiten mantener en funcionamiento una de las explotaciones carboníferas a cielo abierto más grandes del mundo. Solo existe una excepción. “La única noche en que todo se detiene es el turno del 31 de diciembre”, cuenta Julián Arias, jefe de mantenimiento.Hasta 200 personas pueden trabajar simultáneamente en ese gigantesco complejo de talleres. Por sus manos pasan desde camiones mineros hasta excavadoras, tractores, motoniveladoras y equipos cuyo funcionamiento determina que la operación nunca se detenga. Para Arias, ese lugar representa mucho más que un empleo. “Cerrejón significa mi vida”, resume.Cuando se le pregunta por el cierre previsto para 2034, la conversación adquiere otro tono. Como muchos trabajadores, entiende que el carbón no será eterno. Lo que le preocupa es qué ocurrirá después.Esa inquietud también acompaña a Juan Carlos García, gerente de Asuntos Sociales de Cerrejón. Aunque nació en Bucaramanga, asegura sentirse guajiro después de años recorriendo comunidades indígenas, poblaciones rurales y municipios vecinos a la mina. Para él, la relación entre la empresa y las comunidades ha evolucionado y defiende que los programas sociales no buscan generar dependencia, sino fortalecer capacidades para que las comunidades puedan sostenerse cuando la operación termine. LEA TAMBIÉN Cerrejón desarrolla una granja experimental en las tierras donde realizan minería. Foto:Jhon Jairo Perez | EL TIEMPOSegún García, en los últimos seis años Cerrejón ha destinado cerca de 440.000 millones de pesos a iniciativas de educación, emprendimiento, acceso a agua, desarrollo productivo y fortalecimiento comunitario. La apuesta, explica, es que las inversiones dejen capacidades instaladas y no desaparezcan con el cierre de la mina. Sin embargo, incluso entre quienes valoran estos proyectos persiste una pregunta: si podrán sobrevivir cuando desaparezca su principal financiador.La transición también tiene un componente ambiental. Juan Pablo Lozano, gerente de Gestión Ambiental, trabaja en preparar el territorio para el escenario posterior a la minería. Uno de los principales proyectos es una granja experimental ubicada sobre terrenos rehabilitados, donde se evalúa qué cultivos pueden prosperar en suelos que durante décadas estuvieron dedicados a la extracción de carbón.La respuesta todavía se construye ensayo tras ensayo. Hasta ahora, explica Lozano, los resultados han mostrado que distintos cultivos logran desarrollarse en esas áreas, un paso clave para pensar en nuevos usos productivos del territorio cuando termine la minería. La reforestación y los wayúPero si existe un lugar donde la transición económica de La Guajira ya comenzó, no está precisamente dentro de la mina. Está en un vivero donde crecen miles de árboles nativos del bosque seco tropical. Y en una ranchería donde mujeres wayú convierten el hilo en mochilas que se venden en todo el país. y en un hotel que lleva más de una década intentando demostrar que el turismo puede convertirse en una industria sostenible. Y también en pequeñas iniciativas agrícolas que buscan recuperar un protagonismo que durante décadas quedó opacado por la economía del carbón.Todas tienen algo en común. Ninguna, por sí sola, puede reemplazar el peso económico que hoy tiene Cerrejón. Pero juntas representan la apuesta de quienes creen que La Guajira debe comenzar a construir un futuro distinto antes de que llegue el cierre de la mina.A pocos kilómetros del complejo minero, cientos de plántulas de puy, carreto, ceiba y guayacán crecen bajo el sol intenso del sur de La Guajira. No están destinadas a embellecer jardines. Su destino es mucho más simbólico. Cada una terminará sembrada en terrenos que durante años fueron explotados para extraer carbón.Quien dirige ese vivero es Alexei Vergara Pushaina, líder wayú y una de las primeras beneficiarias de los programas educativos impulsados por Cerrejón. “Nos unimos cuatro comunidades para crear este emprendimiento y generar empleo para nuestra gente”, explica mientras recorre los semilleros. LEA TAMBIÉN Las artesanías y el turismo cultural aparecn como una opción para reemplazar el carbón. Foto:Jhon Jairo Perez - EL TIEMPOLo que comenzó en 2006 como una iniciativa pequeña terminó convirtiéndose en una empresa comunitaria que hoy mantiene empleos permanentes y ofrece trabajo a más de un centenar de personas en labores de producción de material vegetal y restauración ambiental.Las plantas que allí producen son utilizadas en los procesos de rehabilitación de las áreas intervenidas por la mina. “Este material vegetal es el que llevamos a las reforestaciones que se hacen en Cerrejón, en las tierras que ya se van rehabilitando”, explica. Sin embargo, el vivero terminó convirtiéndose apenas en el primer paso.Con el tiempo surgió otro proyecto que hoy ocupa buena parte de sus esfuerzos: el turismo. Gracias al fortalecimiento organizacional recibido durante los últimos años, la asociación creó una experiencia turística que permite a visitantes nacionales e internacionales conocer la cultura wayú desde la voz de las propias comunidades.La iniciativa se desarrolla en alianza con el Hotel Waya Guajira, el centro hotelero más grande del centro del departamento y que hoy impulsa una gran cantidad de proyectos alrededor del turismo ante el cercano cierre de la mina.Quienes llegan a los tours que organiza la comunidad, participan en la danza de la Yonna, conocen el significado de los clanes, recorren espacios ceremoniales, escuchan la historia del yotshi —el tradicional chirrinche [bebida alcohólica] utilizado también con fines medicinales—, reciben explicaciones sobre la espiritualidad wayú y terminan compartiendo alimentos tradicionales bajo una enramada.“Lo importante es que ellos conozcan, pregunten y después transmitan ese conocimiento a otras personas”, resume Vergara Pushaina. Para ella, el turismo tiene un valor que va mucho más allá del ingreso económico. También permite preservar la identidad cultural.Cuando piensa en el cierre de la mina, no habla desde la incertidumbre sino desde la preparación. Su sueño es que parte de la infraestructura minera pueda transformarse algún día en un atractivo turístico y que las personas que hoy se forman en atención al visitante encuentren allí una nueva fuente de empleo.La apuesta por construir otra economía también se teje literalmente con las manos. En la comunidad indígena de Cerro Carreto, en el municipio de Hatonuevo, Paula Uriana Epiayú lidera a 48 familias dedicadas a la elaboración de artesanías. Cada mochila puede tomar varios días de trabajo. Los chinchorros [hamacas tradicionales de la región] requieren incluso semanas. Cada pieza resume conocimientos transmitidos durante generaciones de mujeres wayú. LEA TAMBIÉN Paula Uriana Epiayú con algunas de las artesanías que realiza su comunidad. Foto:Jhon Jairo Perez - EL TIEMPOHoy buena parte de esa producción encuentra compradores gracias a la alianza con el Hotel Waya Guajira, que decidió comercializar las artesanías reconociendo el valor del trabajo de las tejedoras y pagando precios que, según explica el establecimiento, buscan ser justos.En el Hotel Waya Guajira la conversación sobre el futuro aparece todos los días. No es casualidad. Una parte importante de sus huéspedes llega por actividades relacionadas con Cerrejón: una cifra que ha llegado a ser incluso el 60% de su ocupación hotelera. Ingenieros, contratistas, proveedores, consultores y visitantes de la operación minera ocupan con frecuencia sus habitaciones.Por eso el eventual cierre de la mina también representa un desafío para el sector hotelero. Ángel Correa, gerente del Hotel Waya Guajira, lleva casi década y media promoviendo un modelo de turismo sostenible y asegura que el departamento posee uno de los mayores potenciales turísticos del país. “La gente sueña con venir a La Guajira”, dice. Pero el problema, explica, es convertir ese sueño en una industria.Para lograrlo, dice, hacen falta mejores carreteras, mayor conectividad aérea, infraestructura turística, seguridad, promoción internacional, formación de guías bilingües y más inversión pública. Durante los últimos catorce años el hotel ha tratado de construir precisamente esa cadena de valor.Ángel Correa, gerente del Hotel Waya Guajira, dice que el departamento aún no está preparado. Foto:Jhon Jairo Perez - EL TIEMPOHa acompañado emprendimientos indígenas y afrodescendientes, ha ayudado a formalizar operadores turísticos y ha impulsado experiencias administradas por las propias comunidades con el propósito de que puedan convertirse en negocios autosostenibles. Pero Correa es prudente cuando habla del cierre de Cerrejón. “Hoy no estamos listos”, advierte.Ese también es el mensaje de la Gobernación. El gobernador Jairo Aguilar sostiene que la diversificación económica no puede depender únicamente de grandes inversiones privadas. Por eso asegura que el departamento trabaja simultáneamente en fortalecer el tejido productivo local.Como ejemplo menciona la estrategia de Compras Públicas Locales, que permitió realizar una rueda de negocios entre productores rurales y compradores públicos y privados, concretando 60 acuerdos comerciales por más de 433 millones de pesos con la participación de 35 asociaciones campesinas, organizaciones de víctimas y firmantes de paz.Sin embargo, el propio gobernador reconoce que la transición no puede diseñarse con una sola fórmula. Mientras municipios como Barrancas, Albania y Hatonuevo deberán transformar una economía profundamente ligada al carbón, la Alta Guajira enfrenta un desafío distinto: lograr que la transición energética realmente se traduzca en empleo y desarrollo para las comunidades indígenas. “La transición será exitosa si reconoce las distintas vocaciones productivas del territorio”, sostiene.El agua y una Guajira distintaMientras en el corredor minero se discute cómo reemplazar miles de empleos y una actividad que durante décadas sostuvo buena parte de la economía de La Guajira, en otras zonas, al sur del departamento, hay comunidades que creen que el verdadero futuro pasa justamente por dejar atrás el modelo extractivo.Su argumento no parte de cálculos económicos. Parte del agua, un recurso escaso en el departamento. Y de la convicción de que ningún proyecto minero puede ponerse por encima de los ecosistemas que sostienen la vida en uno de los departamentos más secos del país.En San Pedro del Perijá, corregimiento del municipio de Barrancas, Doralma Rosado observa la transición desde otra realidad. No trabaja en la mina. Su sustento depende de proyectos de agricultura y de cría de animales que poco a poco han ido convirtiéndose en una alternativa económica para su comunidad. Sin embargo, reconoce que cada año resulta más difícil mantener esas actividades. El problema, dice, es el agua.Las lluvias son cada vez más inciertas y producir alimentos exige esfuerzos crecientes. Por eso, cuando se le pregunta cómo imagina el departamento cuando Cerrejón cierre definitivamente, responde sin rodeos. “Cuando se vaya Cerrejón solo va a quedar el hueco que ellos hicieron”, dice. LEA TAMBIÉN Doralma Rosado vive de la cría de animales. Foto:Jhon Jairo Perez - EL TIEMPOEn el corregimiento de Cañaverales, municipio de San Juan del Cesar, tres habitantes que participaron durante años en la resistencia contra el proyecto Mina Cañaverales aceptaron hablar para este reportaje con una condición: mantener en reserva sus identidades por razones de seguridad.Aunque Corpoguajira negó definitivamente la licencia ambiental del proyecto en enero de 2026, todavía temen que futuros cambios políticos puedan reabrir la discusión. Durante años defendieron una idea sencilla: el agua vale más que el carbón.La mina propuesta por la multinacional de origen turco Best Coal Company pretendía desarrollar una explotación de carbón a cielo abierto sobre 350 hectáreas. Para las comunidades afrodescendientes de Cañaverales, el proyecto amenazaba directamente el manantial del que dependen el abastecimiento de agua potable y la agricultura de miles de habitantes.Por eso decidieron enfrentarlo. La negativa definitiva de la licencia ambiental fue interpretada por ellos como la confirmación de que el territorio podía elegir otro camino. Hoy rechazan la idea de buscar una nueva mina que sustituya a Cerrejón cuando termine su operación, y apuestan a fortalecer otras actividades económicas: agricultura, turismo, producción local. LEA TAMBIÉN La comunidad de cañaverales se ha opuesto a un nuevo desarrollo minero que afectaría su manantial. Foto:Jhon Jairo Perez - EL TIEMPOEsa posición contrasta con la visión de quienes han dedicado toda su vida laboral a la minería. Uno de ellos es Jaime López, presidente de Sintracarbón. Reconoce que Cerrejón dejó impactos positivos y negativos, pero insiste en que sería imposible explicar la historia reciente de La Guajira sin el papel desempeñado por la mina.Al mismo tiempo, López considera que el cierre obliga a mirar mucho más allá de la operación minera. A su juicio, ha faltado una estrategia más robusta desde los gobiernos departamentales y municipales para preparar el escenario posterior al carbón. La transición, sostiene, no puede depender exclusivamente de Cerrejón. Tampoco únicamente de los trabajadores.Debe convertirse en una política pública de largo plazo capaz de articular infraestructura, formación laboral, inversión privada, fortalecimiento empresarial y nuevas oportunidades productivas. Porque, advierte, el tiempo disponible para prepararse comienza a reducirse.Jaime López, presidente de Sintracarbón. Foto:Jhon Jairo Perez - EL TIEMPOUn futuro bajo un manto de dudasDespués de recorrer durante varios días el corredor minero, comunidades indígenas, proyectos agrícolas, emprendimientos turísticos, viveros forestales, poblaciones que rechazaron nuevas minas y las enormes instalaciones de Cerrejón, queda claro que no existe una sola respuesta para la pregunta que da origen a este reportaje: hay tantas respuestas como formas de entender La Guajira, que negocia los términos de una transición que ya empezó a correr, aunque cada actor la cuente de una manera distinta.La mina cerrará dentro de ocho años. Foto:Cortesía CerrejónNadie cree que el cierre de Cerrejón pueda improvisarse. Las diferencias aparecen cuando se habla del ritmo, las prioridades y los responsables de esa transformación. Mientras tanto, la mina sigue funcionando. Los trenes continúan atravesando el desierto rumbo a Puerto Bolívar.Cuando el último tren abandone Cerrejón en 2034 no solo terminará una operación minera que transformó la historia de La Guajira. Ese día comenzará la prueba más difícil para el departamento: demostrar que, después de cuatro décadas viviendo alrededor del carbón, es capaz de construir una economía donde el desarrollo ya no dependa de un solo recurso, sino de la suma de su territorio, su diversidad y su gente.EDWIN CAICEDOPeriodista de Medioambiente y Salud@CaicedoUcrosEste artículo fue producido con el apoyo de Climate Tracker América Latina y el Natural Resource Governance Institute (NRGI) de Colombia Sigue toda la información de Vida en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.