A principios del siglo pasado, el fundamento teórico de la comunicación social reposaba sobre dos actores protagónicos: el emisor y el receptor, unidos por canales donde fluían los distintos contenidos difundidos. Transcurría la época en que el diario y la radio monopolizaban la comunicación pública. El vínculo entre emisor y receptor era vertical y unidireccional: uno emitía desde arriba, el otro recibía desde abajo. El emisor tenía autoridad y con ella ejercía una influencia significativa sobre el receptor. Los contenidos podían tener distinta temática, pero circulaban dentro de un orden jerárquico, consolidando una forma de ejercer el poder que, en democracia, requería la legitimación de los lectores y los oyentes y, más tarde, de los televidentes. Cuando se trataba de dictaduras, la calidad y veracidad de los mensajes no era –no es- materia de discusión ni podían elegirse los contenidos. La discrecionalidad del emisor era absoluta y daba lugar a la manipulación más descarada. La frase “Miente, miente que algo quedará”, atribuida erróneamente a Goebbels, popularizó el recurso a la mentira como una herramienta de dominación. La cuestión viene de lejos y el precedente antes que la mentira fue la calumnia, que el diccionario de la RAE define como “Acusación falsa, hecha maliciosamente para causar daño”. Pero el tema no es tan sencillo, porque cuando a los medios de comunicación se le atribuía infalibilidad, el actor Orson Wells relató en un programa de radio en 1938 que EEUU enfrentaba una agresión extraterrestre provocando pánico colectivo. Se había avisado antes que era una ficción, pero los que no escucharon la aclaración pensaron que se trataba de un hecho real y se aterrorizaron. En este caso no había calumnia sino ficción que fue asimilada como si fuera la realidad. Mentira como calumnia o mentira como invención poseen extensos antecedentes y pueden parecer verosímiles si fallan los métodos de verificación o si la creencia rechaza la comprobación empírica, como les sucede a los fanáticos. Con el paso del tiempo, los postulados de la teoría de la comunicación empezaron a problematizarse. El receptor pasivo se convirtió en un agente crítico y el consumidor devino en un sujeto crecientemente creativo, capaz de reelaborar los productos impuestos por el sistema económico dominante, como planteó el filósofo Michel de Certeau. Aun así, y durante mucho tiempo, el binomio emisor/ receptor no se alteró. El emisor ya no era incuestionable, pero continuaba manejando los recursos de la comunicación dentro de un sistema de medios cada vez más complejo y diversificado. Los diarios, la radio y la televisión seguían siendo los principales canales de información que proveían los temas para la conversación pública y privada. Como complemento, el libro y el cine, el teatro y los museos -a los que había que concurrir- aportaban los contenidos de lo que se denominaba el mundo de la cultura.
Las redes, Discépolo y el Mundial
Todo lo sucedido en torno al debate mundialista también reveló el mecanismo de las redes. Otro proceso que se aceleró en los últimos años: una nueva forma que no solo es de debates, sino también de poder.











