Las máscaras africanas observan en silencio desde los muros de piedra del castillo de Aínsa. Frente a ellas, la tierra del Pirineo. Y entre unas y otras, una conversación. Una de esas que solo el arte sabe mantener. Desde el silencio. A través del simbolismo que cada una de las partes encierra. En un territorio donde hablar de cultura es también hablar de comunidad, el Festival Castillo de Aínsa ha reservado, en su edición de 2026, un espacio para mirar hacia las personas con capacidades diferentes, una parte de la sociedad que, demasiadas veces, se quedan fuera del foco.

Las jornadas 'Habitando los márgenes' han convertido durante unos días al Sobrarbe en un lugar donde el arte africano ha dialogado con las obras creadas por jóvenes con discapacidad intelectual de ArteCor Monegros. Una línea que abrió a mediados del siglo pasado una mujer que nunca visitó Aínsa y que, sin embargo, ha estado muy presente entre las piedras del castillo.

Se llamaba Judith Scott. Nació en Estados Unidos en 1943 con síndrome de Down y sordera profunda. Cuando apenas tenía siete años fue separada de su hermana gemela e ingresada en una institución donde pasó casi cuatro décadas. Nadie esperaba nada de ella. Nadie imaginaba que aquella mujer silenciosa acabaría convirtiéndose en una de las escultoras más reconocidas del art brut contemporáneo.