Imagen tomada por el satélite Lansat 8.Foto: NasaResume e infórmame rápidoEscucha este artículoAudio generado con IA de Google0:00/0:00Los humanos hemos prosperado como especie durante un periodo de relativa calma en la turbulenta historia de nuestro planeta. Durante esa época geológica, conocida como Holoceno, el clima ha permanecido relativamente estable, siguiendo patrones estacionales predecibles. La estabilidad del clima permitió a nuestros antepasados el desarrollo de la agricultura y la domesticación de animales, facilitando el suministro de alimentos para sustentar poblaciones numerosas que podían establecerse en lugar de desplazarse continuamente en busca de sustento. Los asentamientos permanentes se convirtieron en pueblos y ciudades, donde los humanos desarrollaron innovaciones culturales y tecnológicas, comercio, gobiernos organizados y sociedades complejas. Estamos tan acostumbrados a esa forma de vida que parece imposible imaginar que la estabilidad que la permite no es permanente, o que puede llegar a su fin por las acciones de nuestra especie.Hacia 2009, un grupo de 28 científicos de varias naciones liderados por el Centro de Resiliencia de Estocolmo (SRC) y la Universidad Nacional de Australia (ANU) desarrollaron la idea de límites planetarios, un marco para describir los márgenes del impacto de las actividades humanas sobre el sistema terrestre. Más allá de estos límites, es posible que los ciclos naturales que mantienen las condiciones favorables para los humanos no puedan seguir autorregulándose. Más que pintar un escenario apocalíptico, el objetivo de estos científicos era definir un “espacio de actuación seguro para el desarrollo humano” que pudiera ser utilizado por los gobiernos, las organizaciones internacionales, la sociedad civil, el sector privado y la comunidad científica. Pero, aunque esos limites planetarios se han convertido en una referencia fundamental para las Naciones Unidas y otros organismos internacionales, parecen ausentes de las discusiones de sus mayores interesados.El primero de los nueve límites planetarios es la temperatura media del planeta. A medida que se acumula más calor en el sistema terrestre (como consecuencia de la emisión de gases de efecto invernadero) aumentan las temperaturas en la atmósfera, los océanos y la superficie terrestre. Esto da lugar a fenómenos meteorológicos más extremos: olas de calor (como las que viene experimentando Europa), inundaciones (como las registradas recientemente en Chile y Argentina) y lluvias torrenciales (como las vistas esta semana en Georgia, India y China). El cambio climático provocado por el ser humano supera ahora con creces la variabilidad natural, pero no es el único de los límites planetarios cruzados por nuestra especie. Los otros ocho límites planetarios son: la acidificación de los océanos, la alteración de los ciclos de nutrientes que regulan la fertilidad del suelo, el uso excesivo de agua dulce a nivel mundial, la alteración de los ecosistemas terrestres, la pérdida de especies y ecosistemas, la contaminación química, el agotamiento del ozono estratosférico y la carga de aerosoles en la atmósfera. Todos estos límites han sido cruzados, excepto los dos últimos, atendidos por acuerdos internacionales como el Protocolo de Montreal, firmado en 1987. Nuevos acuerdos mundiales que permitan la atención de los demás permanecen bloqueados en las relaciones multilaterales y son fuente de extrema polarización en discusiones políticas.La más reciente novela del escritor británico Ian MacEwan, Lo que podemos saber (What we can know), está ambientada en el año 2119. En ese futuro imaginario, en un Reino Unido parcialmente sumergido por el aumento en el nivel del mar, un académico investiga un poema perdido, leído en voz alta en una fiesta en 2014, antes de que el cambio climático desencadenara “El Desvarío” (The Derangement), un periodo de crisis económica, guerras y pandemias que casi acaba con la humanidad. Es una historia optimista: en ella todavía queda alguno que, parafraseando al autor, puede contemplar nuestro presente a través de la mirada, en cierto modo envidiosa, de alguien del futuro.👩‍🔬📄 ¿Quieres conocer las últimas noticias sobre ciencia? Te invitamos a verlas en El Espectador. 🧪🧬Por Juan Diego SolerDoctor en Astronomía y Astrofísica de la Universidad de Toronto, Canadá. Investigador científico del Departamento de Astronomía de la Universidad de Viena, Austria. Autor de los libros “Relatos del confín del mundo (y el universo)” y “Lejos de casa”. Escribe sobre ciencia para El Espectador desde 2011.Conoce más