Las relaciones de parejas longevas son miradas e idealizadas por el grueso de la sociedad como el triunfo del amor. Dos personas unidas en la vida más allá de todo, es una postal que invita a tal fin. Sin embargo, detrás de estas puede haber un estancamiento personal, acostumbramiento al otro, naturalización de malos tratos o un devenir no tan bueno, que puede estar oculto.Las confesiones de una mujer sexagenaria traen una reflexión acerca de este tema, y ponen el foco en lo difícil que es salirse (y quedarse) en un matrimonio donde la otra persona ya no es la misma.El paso del tiempo juega un papel fundamental, ya que uno no es el mismo a los 20 que a los 60 años. Es una realidad. La construcción es diaria. Y es difícil encontrar el equilibrio entre la compañía y la estabilidad que da una pareja estable al entrar en la tercera edad, con los posibles riesgos de desgaste emocional y rutinas insoportables.Su testimonio no se trata de un reproche al otro, sino una mirada interior que repasa cómo se forjó lo que siente hoy en día, y por qué se llegó a la situación que hoy está viviendo, y cómo pesan los mandatos sociales de "aguantar" a toda costa."Invisible" en un matrimonio y sin saber qué hacer, pero sintiendo una pérdida seguraLa mujer cuenta que lo que la hizo disparar su reflexión, o ponerle palabras a lo que sentía, llegó luego de una cena con su pareja y unos amigos. Detalló que dijo algo y no tuvo ninguna repercusión. La conversación siguió y, unos minutos después, su marido dijo casi lo mismo. Allí sí la mesa tomó en cuenta dicha frase y eso se convirtió en un tema de conversación."Él no se dio cuenta. Nadie se dio cuenta", declaró. Allí ella sí se dio cuenta de que no quería hablar más en toda la noche. De vuelta a su casa esa noche se puso a pensar cuánto tiempo llevaba ocurriendo esto. No ese hecho concreto, sino lo amplio del tema, lo que estaba detrás.Lo que está detrás, que abre el debate sobre cómo a veces la vida se reconfigura en algo que no nos gusta, es que poco a poco se convirtió en esa persona que se sienta a la mesa y no ocupa verdaderamente el espacio que debería. Dice que ocurrió de manera tan gradual que no se dio cuenta.Asegura que desde hace tiempo que dejó de sacar temas de conversación, de esperar ciertas conversaciones porque nunca llegaban. "Dejé de esperar a que me preguntara sobre mi vida cotidiana, sobre lo que realmente pensaba y cómo me sentía", destaca.La rutina es cruel. Los psicólogos explican que, si bien son fundamentales para la estabilidad en una relación, la monotonía puede estancar todo tipo de deseo con el otro. Sin rituales de conexión diarios y profundos con la pareja, es difícil que con los años haya novedad en la relación que genere chispa y mantenga "lleno" el espíritu de ambos.La mujer del relato dijo que se acostumbró a ese sentir, que imaginó que era lo que implicaba un matrimonio duradero. "Lo que no llamé pérdida fue pérdida. Pero eso fue", detalló. Contó que no se trató de una pérdida dramática ni puede ubicar en el tiempo alguna pelea que lo cambiara todo, pero esa lenta erosión hizo que algo se perdiera.Por último, detalla que ya no sabe si quiere irse de allí o no, porque cualquier opción le parece muy "cara" de aceptar. "Lo más difícil de quedarme es que me obliga a elegirlo cada día, y algunos días la elección está bien, y otros me pesa tanto que me cuesta respirar", concluyó.El catedrático de Harvard, Arthur C. Brooks, ha estudiado la felicidad a lo largo de varias décadas y señala que la familia, la fe y las amistades son pilares básicos de una vida feliz. En cuanto a la familia, afirmó que “nos une con las personas que tienen algo que ver con nosotros”. Las creencias permiten desarrollar "una filosofía de vida más grande que nosotros mismos".