La minería latinoamericana ya no compite solo por la calidad de sus yacimientos. Compite, cada vez más, por la capacidad de sostener una operación con energía confiable y continua. Chile y Argentina comparten cordillera, comparten el boom del cobre y el litio, y comparten el mismo problema de fondo: sus minas más importantes están lejos de la red eléctrica. Pero cada país encara el desafío de una manera completamente distinta.Chile decidió invertir en una obra de transmisión de escala nacional: el Estado definió las metas, es decir la planificación energética 2023-2027 y el Plan de Expansión de la Transmisión 2025, y el sector privado lo ejecuta. Argentina, mientras tanto, sigue sosteniendo buena parte de su minería de altura con generadores diésel (una de las formas más caras de generar energía), y cuando aparece una necesidad de red, termina siendo resuelta proyecto por proyecto, con una sola empresa minera pagando la ampliación a cambio de uso prioritario.La respuesta chilena tiene nombre y cifras propias: Kimal-Lo Aguirre, la primera línea de transmisión de alta tensión en corriente continua de la historia del país trasandino. Conecta la subestación Kimal, en la comuna María Elena, en la Región de Antofagasta, con Lo Aguirre, en la comuna Pudahuel, en la Región Metropolitana: 1.346 kilómetros de extensión y una capacidad de hasta 3.000 MW.
El cuello de botella de la minería en la región donde Chile le saca ventaja a la Argentina
El país transandino apostó a una línea de transmisión de 1.346 kilómetros para llevar energía renovable hasta sus minas. Argentina todavía sostiene buena parte de su producción con diésel y resuelve la red proyecto por proyecto, como muestra el caso Vicuña en San Juan.







