El 7 de marzo de 1999, justo cuatro días después de haber entregado a la Warner el montaje final de Eyes wide shut, Stanley Kubrick falleció, en pleno sueño, de un infarto de miocardio. Su muerte repentina, la década transcurrida desde su anterior entrega ( La chaqueta metálica, 1987) y el morbo de que la pareja de moda en Hollywood, Tom Cruise y Nicole Kidman, protagonizara el filme póstumo revistieron el estreno de cierta aura testamentaria que elevó al cubo las expectativas. Crítica y público no se pusieron de acuerdo. ¿Una genialidad? ¿Un dislate? ¿O no acaba de entenderse el mensaje? Sea como sea, la película ha envejecido la mar de bien, despliega algunas escenas memorables y, sobre todo, contiene no una sino dos fiestas suculentas, dos espejos deformantes de una misma élite.La primera la ofrece el millonario Victor Ziegler (Sydney Pollack) en su mansión neoyorquina, una fiesta prenavideña a la que asiste el matrimonio formado por el médico Bill Harford (Cruise) y su esposa Alice (Kidman). Vestidos largos, esmóquines, ostras y champán a gogó. La actriz de origen australiano borda la escena en que, bastante achispada, coquetea bailando una lenta con un aristócrata húngaro que le habla sobre El arte de amar, de Ovidio, y le formula la gran pregunta que atraviesa la película: “¿No crees que uno de los encantos del matrimonio es que hace del engaño una necesidad por ambas partes?”. Mientras tanto, el doctor Cruise también anda tonteando con un par de modelos hasta que el dueño de la casa requiere sus servicios: reanimar a una de las invitadas, pasada de vueltas y cocaína, con la que el anfitrión estaba manteniendo sexo en uno de los baños del casoplón hasta que se desvaneció.La secuencia de sexo grupal no transmite erotismo, sino asfixia y desasosiegoMenuda nochecita. De vuelta al hogar, los cónyuges entablan una peliaguda conversación que deriva en bronca cuando la esposa, con la complicidad de un cigarrillo de marihuana, confiesa un adulterio en el pasado, una fantasía por la que, aun sin consumar, habría estado dispuesta a abandonar su confortable vida burguesa, incluida la preciosa hija del matrimonio. Las sombras del baile y la charla los sumergen, “mágica y dolorosamente, en el resplandor engañoso de las ocasiones perdidas”. En la novela que inspiró a Kubrick, la mujer del doctor Fridolin (Albertine) no requiere apoyo cannábico para revelar su infidelidad. Se trata de Traumnovelle (1925), traducida como Relato soñado (Acantilado / Quaderns Crema), del escritor y médico Arthur Schnitzler, representante de aquella magnífica generación de intelectuales judíos –Stefan Zweig, Joseph Roth, Sigmund Freud– que brilló en el ocaso imperial de Austria hasta el ascenso del nazismo. El director Kubrick y su segundo guionista, Frederic Raphael, se mantuvieron fieles al relato original salvo alguna que otra licencia, quizá innecesaria, y el acierto de trasladar la acción de la Viena de entreguerras al Nueva York contemporáneo.A partir de aquí la trama se enrevesa: nada es lo que parece. La concatenación de acontecimientos transcurre bajo el velo de una atmósfera onírica que ya se anuncia en el título: Eyes wide shut; es decir, Ojos bien cerrados o, incluso, Ojos cerrados de par en par, una paradoja que sugiere que es precisamente en las profundidades del subconsciente, el territorio de los sueños, donde se esconden los deseos más auténticos. De hecho, el autor de la novela, Schnitzler, mantuvo una intensa correspondencia con el padre del psicoanálisis. Desde esa lógica de sueño moral, tras descubrir la deslealtad conyugal, el médico se obsesiona con una revancha que, en cierto modo, acabará tomando forma en la celebérrima orgía. La segunda fiesta, por así llamarla.Una contraseña facilita que el médico protagonista se cuele en una majestuosa residencia –Somerton, en la ficción–, una mansión aislada en un bosque de la costa de Long Island. En el interior está teniendo lugar una extravagante ceremonia, con aires de misa pagana o de ritual masónico, que preside una figura agazapada en terciopelos rojos. El supuesto sacerdote, con un cetro en una mano y un incensario humeante en la otra, se sitúa en el centro de un círculo de mujeres arrodilladas que acabarán exhibiendo sus cuerpos desnudos ante los asistentes, todos de incógnito, con capas, capuchas y máscaras venecianas. Lee tambiénUna de las enigmáticas vestales, enmascarada y en cueros, escoge al doctor Cruise de entre los congregados y lo guía por las estancias de la mansión, donde los invitados copulan, por parejas o en grupo, o bien contemplan los diversos tableaux carnales (nada de sexo entre caballeros, por cierto). La secuencia tiene un inmenso poderío visual, pero lejos de transmitir erotismo, subsume al espectador en un desasosiego asfixiante, reforzado por la música de la británica Jocelyn Pook, una melodía titulada Masked ball para la que se basó en un canto funerario transilvano.Se supone que los asistentes a la fiesta son miembros de una sociedad secreta, una minoría blindada de multimillonarios, aburridos de tenerlo todo al alcance de la mano, deseosos de inventar nuevas fórmulas de placer. Y es por ello por lo que se han establecido paralelismos recientes entre la película y el caso Epstein, por la intuición, incómodamente vigente, de que el deseo, el dinero y el secreto pueden convertir la transgresión en privilegio y la impunidad moral en espectáculo.
La orgía secreta y ritual de Stanley Kubrick
La muerte repentina del director y la relación de la pareja protagonista multiplicaron las expectativas en el estreno de ‘Eyes wide shut’







