Los Juegos Centroamericanos y del Caribe son la justa regional más antigua del mundo entero. Y a las puertas de su centenario, que se celebrará en Santo Domingo 2026, la mirada histórica regresa obligadamente a su punto de origen, la Ciudad de México.Era el año 1924, los Juegos Olímpicos de París acaban de bajar el telón y la delegación mexicana regresó a casa con un sabor sumamente amargo. Cero medallas y las manos completamente vacías. Fue un tropiezo internacional, que bien pudo haber enterrado las aspiraciones deportivas del país, funcionó exactamente al revés. Ese trago amargo encendió la chispa de un proyecto gigantesco que terminaría creando el evento multideportivo regional más antiguo de todo el planeta, los Juegos Centroamericanos y del Caribe.Hoy, a punto de celebrar su centenario con una fiesta inmensa en Santo Domingo 2026, vale la pena viajar en el tiempo para contar cómo fue que México se echó al hombro esta proeza organizativa y levantó, desde los cimientos, la competencia deportiva con más historia de nuestra región.Tras el duro golpe de realidad en Europa, los miembros de la naciente Sociedad Olímpica Mexicana se sentaron a sacar conclusiones y el diagnóstico fue que a los deportistas les faltaba fogueo. Necesitaban urgentemente una competencia regional periódica para subir su nivel competitivo antes de medirse con las potencias mundiales.El universo conspiró a su favor, porque al mismo tiempo, el Comité Olímpico Internacional (COI) buscaba expandir sus horizontes hacia el continente americano. Para ello, enviaron como pregonero del movimiento a Henri de Baillet-Latour, un conde belga que llegó a México vistiendo monóculo, polainas blancas y zapatos de charol. En sus reuniones con las figuras del deporte nacional, Enrique Aguirre, un entusiasta representante de la YMCA, le aseguró que México tenía la disposición y la capacidad absoluta para organizar los primeros juegos regionales en 1926.En este proyecto se involucraron pioneros de todos los colores: desde Lamberto Álvarez Gayou y el doctor "Panchón" Contreras —un atleta todoterreno que lanzaba jabalina, jugaba frontenis y montaba a caballo—, hasta el entonces presidente Plutarco Elías Calles, quien fungió como el patrono oficial de la justa.Prometer la sede era una cosa, pero financiar el evento y armar una selección competitiva en apenas dos años era un reto titánico. La maquinaria de recaudación se echó a andar echando mano de todo lo que entretenía a la sociedad mexicana de los años veinte. Por ejemplo, los toreros más famosos de la época, como Luis Freg, Rodolfo Gaona y Juan Silveti, se sumaron a la causa organizando corridas benéficas para juntar dinero para los atletas.El domingo 11 de noviembre de 1924, el Hipódromo de la Condesa albergó la Feria Monstruo Pro-Olimpiada, un maratón loquísimo de casi doce horas ininterrumpidas de espectáculo deportivo. Los capitalinos pagaron entre cincuenta centavos y un peso para ver carreras de atletismo, polo, combates de jiu-jitsu, lucha grecorromana, exhibiciones de los bomberos y hasta piruetas aéreas de la Fuerza Aérea Mexicana. La YMCA, por sí sola, llevó a 250 atletas a competir.Este evento, además de llenar la alcancía, funcionó como un gran filtro para cazar talentos. Ahí surgieron nombres como Herminio Ahumada, quien dominó las pruebas de 150 y 500 metros, ganándose su boleto para hacer historia. Con el talento identificado, en octubre de 1925 se realizó en la Ciudad de México una asamblea con delegados de varios países donde, por votación unánime, se oficializó a México como la cuna de los juegos.Toda gran epopeya necesita un escenario digno, y el de esta historia tiene tintes de realismo mágico. La sede elegida fue el imponente Estadio Nacional de México, un proyecto impulsado en 1923 por José Vasconcelos y ejecutado por el arquitecto José Villagrán García. ¿La particularidad? Se construyó en un terreno de 25 hectáreas en la colonia Roma que hasta finales del siglo XIX albergó al Panteón Municipal de La Piedad. El templo del deporte moderno y la juventud se levantó sobre un antiguo campo santo por el que alguna vez paseó el poeta Ramón López Velarde.Originalmente el estadio estaba pensado para 60,000 espectadores, pero le tuvieron que reducir el aforo a la mitad para poder integrar un monumental relieve diseñado por el muralista Diego Rivera. En su momento de gloria, este recinto albergó los juegos. Sin embargo, su final fue trágico. Con el tiempo el gobierno lo dejó en el olvido, los indigentes lo habitaron y en 1949 lo demolieron para construir en su lugar el Centro Urbano Presidente Juárez, un inmenso multifamiliar que se derrumbaría años más tarde durante el fatídico sismo de 1985.Hoy en día, ese espacio ubicado justo frente al actual Centro Médico es el Jardín Ramón López Velarde. Y en la esquina de Antonio M. Anza y la Avenida Toluca, está la escultura de un lanzador de jabalina cubierto apenas con un discreto taparrabos. Esta estatua fue colocada allí en 1954 con el único propósito de recordar para siempre que exactamente en ese pedazo de tierra nacieron los Juegos Centroamericanos.Finalmente, el 12 de octubre de 1926, el deporte encendió al país. Aunque la convocatoria inicial se hizo a casi toda la región, las dificultades económicas y de transporte de la época solo permitieron que llegaran tres delegaciones a la cita: Cuba, Guatemala y el anfitrión, México.A lo largo de tres semanas, unos 269 atletas (todos hombres) compitieron en nueve disciplinas: atletismo, baloncesto, beisbol, clavados, esgrima, natación, tiro deportivo y tenis. Y los resultados le dieron toda la razón a los directivos que soñaron con el proyecto. México hizo valer su localía y dominó el medallero de principio a fin, embolsándose 67 preseas (25 de oro, 24 de plata y 18 de bronce). Cuba dejó claro que sería una potencia al llevarse 44 metales, mientras que los chapines de Guatemala se colgaron tres medallas de bronce.El éxito organizativo y deportivo fue tan contundente que el COI dio su aval para que la justa se repitiera cada cuatro años, creando una tradición de la que México es el único país fundador que jamás ha faltado a una sola edición.Al echar la vista hacia adelante, el contraste es brutal. De aquellos humildes 269 atletas que desfilaron en el desaparecido Estadio Nacional, pasaremos a más de 6,200 deportistas provenientes de 37 países y territorios para la edición número 25.