Algunas personas, cuando piensan en su jubilación, pueden imaginarse viajando por el mundo, pasando tiempo con su familia, aprendiendo idiomas y un sinfín de actividades que han ido posponiendo por falta de tiempo. Todas ellas opciones válidas y valiosas para mantenerse activos mentalmente y que van mucho más allá de hacer sudokus y crucigramas. Porque, contrariamente a lo que se pensaba hasta hace unos años, el cerebro adulto sigue siendo asombrosamente plástico.
“Hoy sabemos que el cerebro conserva capacidad de adaptación durante toda la vida gracias a la neuroplasticidad. También sabemos que la llamada reserva cognitiva actúa como un factor protector: cuanto más rica ha sido nuestra vida en aprendizaje, relaciones sociales, actividad física y experiencias, más recursos tiene el cerebro para afrontar el paso de los años”, explica Lucía Tintoré Muñoz, psicóloga sanitaria. “Por eso, la jubilación no determina nuestro envejecimiento cerebral: lo hace la forma en la que decidimos vivir esa nueva etapa”, añade.
Qué le ocurre al cerebro cuando nos jubilamos
Cuando se acaba el trabajo y una persona se jubila, solemos simplificarlo todo pensando que ‘solo’ desaparece el trabajo. Pero, en realidad, como nos explica Tintoré, “para muchas personas desaparecen también las rutinas, los retos diarios, las conversaciones, la sensación de utilidad y, en algunos casos, gran parte de su identidad (aunque no todas las jubilaciones se parecen, porque algunas personas llegan exhaustas y, por tanto, la jubilación es un alivio)”. En cuanto dejan estas obligaciones y disminuye la carga mental, duermen mejor, tienen menos estrés y “algunas incluso recuperan claridad mental porque dejan de vivir en un estado de alerta permanente”, explica Tintoré.













