El frigorífico rara vez aparece en la lista de grandes sospechosos de la factura eléctrica. No se enciende de golpe como el horno ni tiene el impacto evidente del aire acondicionado en una ola de calor. Sin embargo, trabaja sin descanso: de día y de noche, en verano y en invierno. Por eso, los pequeños errores de uso no son anecdóticos. Se repiten durante miles de horas al año.La clave no está en apagarlo, porque la conservación de los alimentos exige mantener la cadena de frío, sino en lograr que el aparato haga el mismo trabajo con menos esfuerzo. El Instituto para la Diversificación y Ahorro de la Energía (IDAE) recuerda que el frigorífico-congelador puede llegar a representar hasta el 30% del consumo de los electrodomésticos de una vivienda y recomienda ajustar el termostato a 5 ºC en refrigeración y -18 ºC en congelación. La Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición sitúa la temperatura ideal de refrigeración entre 0 y 5 ºC.“El frigorífico es uno de los grandes olvidados de la factura eléctrica”, resume Gemma Reinón, de Català Reinón Abogados, especializada en cuestiones de consumo cotidiano. A su juicio, el problema es que “no hace ruido como la secadora, no se enciende como el horno y no da la sensación de consumo inmediato que produce el aire acondicionado”. Pero esa discreción no significa que no pese en el gasto doméstico: “Está siempre ahí. Día y noche. En verano y en invierno”.No enfriar de másUno de los errores más comunes aparece con el calor. Muchas familias bajan el termostato “por si acaso”, con la idea de que así los alimentos estarán más protegidos. Pero enfriar más de lo necesario no siempre mejora la conservación y sí puede obligar al motor a trabajar más.Bajar el termostato más de lo necesario no mejora siempre la conservación de los alimentos y puede aumentar el trabajo del motor. Pexels“Lo habitual es mantener la nevera alrededor de 4 o 5 grados y el congelador cerca de menos 18 grados”, explica Jordi Català, abogado especializado en derecho civil, consumo, vivienda y economía cotidiana. “Bajar mucho más la temperatura no conserva necesariamente mejor los alimentos, pero sí obliga al motor a trabajar más”, añade. La recomendación coincide con las guías del IDAE y con los criterios de seguridad alimentaria de AESAN.La idea práctica es sencilla: no se trata de poner la nevera al máximo, sino de comprobar que enfría correctamente. Si el aparato no indica grados, un termómetro interior puede ayudar a ajustar el mando sin depender de la intuición.La puerta abierta también se pagaEl gesto de abrir la nevera varias veces seguidas parece menor, pero tiene efecto acumulado. Cada apertura deja entrar aire caliente y expulsa parte del aire frío. Después, el frigorífico debe recuperar la temperatura interior. El IDAE advierte de que las aperturas prolongadas de puerta suponen un gasto inútil de energía y estima que pueden desperdiciar un 7% de la energía que consume el frigorífico.“Una apertura breve no arruina nada, pero muchas aperturas al día sí se notan”, apunta Reinón. De ahí una recomendación tan doméstica como eficaz: pensar antes de abrir. “Sacar varias cosas a la vez, no quedarse mirando la nevera como si fuera un escaparate y cerrar bien la puerta”, enumera.El margen de ahorro dependerá del modelo, la temperatura ambiente, la tarifa eléctrica, los hábitos del hogar y el estado del aparato. Pero reducir aperturas innecesarias tiene una ventaja clara: no requiere inversión.Ni vacía ni saturadaEl interior también importa. Una nevera casi vacía pierde frío con facilidad cada vez que se abre, mientras que una nevera demasiado llena dificulta la circulación del aire. AESAN recomienda no sobrecargarla y separar adecuadamente los alimentos para facilitar esa circulación.“Ni vacía ni saturada”, resume Català. “Una nevera razonablemente llena conserva mejor el frío que una nevera casi vacía, pero si está demasiado llena el aire no circula bien”. Esto puede generar zonas mal refrigeradas, peor conservación y más trabajo para el aparato.Una nevera demasiado llena dificulta la circulación del aire, mientras que una casi vacía conserva peor el frío al abrir la puerta. iStockEl orden no es solo una cuestión estética. Conviene dejar espacio entre productos, evitar que envases o táperes bloqueen las salidas de aire y no pegar los alimentos a la pared del fondo. También ayuda aplicar la lógica de consumo: ver antes lo que caduca primero reduce aperturas, búsquedas largas y desperdicio alimentario.Comida caliente: cuidado con el equilibrioOtro gesto habitual es guardar directamente una olla caliente o un táper recién cocinado. Desde el punto de vista energético, no conviene introducir alimentos humeantes porque elevan la temperatura interior y obligan al frigorífico a compensar ese calor. Pero tampoco se debe dejar la comida durante horas a temperatura ambiente, especialmente en verano. AESAN recomienda refrigerar cuanto antes los alimentos cocinados y perecederos, preferiblemente por debajo de 5 ºC.“Lo razonable es dejar que la comida se temple antes, siempre sin comprometer la seguridad alimentaria”, matiza Reinón. La clave está en evitar los extremos: no meter una olla muy caliente, pero tampoco olvidarla en la encimera. Repartir la comida en recipientes más pequeños puede acelerar el enfriamiento y facilitar su conservación.Dónde está colocado también cuentaEl frigorífico necesita expulsar calor para enfriar por dentro. Si está encajonado, pegado a la pared o junto a una fuente de calor, el trabajo se complica. El IDAE recomienda instalarlo de forma que permita un flujo de aire correcto y no obstruir las aberturas o rejillas de ventilación.“Lejos del horno, de la luz directa del sol, de radiadores o de cualquier fuente de calor”, recuerda Català. También conviene revisar la parte trasera. El polvo acumulado en rejillas o condensadores puede perjudicar el intercambio de calor. “Detrás y alrededor debe poder circular el aire”, insiste.Es una medida especialmente relevante en cocinas pequeñas, donde el frigorífico suele quedar encajado entre muebles. En esos casos, respetar las instrucciones de instalación del fabricante no es un detalle técnico menor: afecta al rendimiento.Escarcha y gomas: dos señales de alarmaEn congeladores antiguos o aparatos que generan hielo, la escarcha actúa como una barrera que dificulta el intercambio térmico. La OCU, organización de consumidores, advierte de que tres milímetros de escarcha en las paredes del congelador pueden aumentar el consumo un 30%. Es una estimación que debe leerse como referencia general: el impacto real varía según el modelo, el uso y el estado del aparato.“Si se acumula demasiado hielo, el aparato trabaja peor y gasta más”, señala Reinón. En modelos no frost el problema suele ser menor, pero no desaparece la necesidad de revisar que las puertas cierren bien y que no haya obstrucciones interiores.Las juntas de goma son otro punto crítico. “Una señal clara es que la puerta no cierre con firmeza o que aparezca humedad, hielo o condensación anormal”, apunta Català. Una prueba sencilla consiste en cerrar la puerta con una hoja de papel y tirar suavemente. Si sale sin resistencia, la goma puede no estar sellando bien. “El frigorífico enfría, pero pierde frío; y eso es pagar dos veces por el mismo resultado”, resume.¿Cambiar el frigorífico viejo?Renovar un frigorífico antiguo puede reducir el consumo, pero no siempre compensa de forma inmediata. La etiqueta energética vigente clasifica los aparatos de la A a la G y ofrece información útil, como el consumo anual en kWh, que permite comparar modelos. Desde marzo del 2021 la escala sustituyó a las antiguas clases A+, A++ y A+++.“Depende de su estado, antigüedad y consumo”, advierte Reinón. “Un frigorífico muy antiguo puede gastar bastante más que uno moderno eficiente, pero tampoco conviene cambiar por cambiar si el aparato funciona bien y el ahorro no compensa el desembolso”.La decisión, añade Català, debe hacerse “con números: consumo estimado, precio de la electricidad, coste del nuevo aparato y uso real de la vivienda”. En algunos hogares, renovar puede ser una inversión razonable; en otros, bastará con ajustar hábitos, limpiar rejillas, revisar gomas y ordenar mejor el interior.La regla final no promete milagros: temperatura correcta, puerta cerrada, buena ventilación, alimentos ordenados, nada humeante dentro y mantenimiento básico. El frigorífico no se apaga nunca, pero sí puede dejar de trabajar de más. Y cuando un electrodoméstico funciona todos los días del año, reducir un consumo innecesario, aunque sea pequeño, puede acabar teniendo impacto en la economía familiar.
El frigorífico no se apaga nunca: trucos para que el electrodoméstico invisible gaste menos
Mantener la temperatura adecuada, evitar aperturas innecesarias, revisar las gomas y no bloquear la ventilación puede ayudar a reducir el consumo de un aparato que funciona las 24 horas











