El Museo Calouste Gulbenkian de Lisboa ha permanecido cerrado un año y medio para viajar otros 57 al pasado. Desde marzo de 2025 y hasta este pasado sábado, día de la reapertura al público, la fundación privada ha trabajado en la renovación de sus espacios interiores para devolverlos al espíritu de 1969, año de su inauguración. Las maravillas artísticas desde el Antiguo Egipto hasta el siglo XX acopiadas por el que, a su muerte en 1955, era considerado el hombre más rico del mundo se despliegan ahora nuevamente bañadas de una luz tenue, con algunas salas cubiertas de una moqueta verdosa que conecta el interior del edificio brutalista que alberga la colección con la hierba de los patios en torno a los que se articulan las salas. La naturaleza y la cultura fundidas en armonía, tal y como imaginó el magnate del petróleo armenio-británico (1869-1955), que recaló en Lisboa en una parada hacia su planeado exilio en Estados Unidos por la Segunda Guerra Mundial y acabó asentándose en la ciudad del Tajo los últimos 13 años de su vida. “En estos casi sesenta años había habido varias reformas, y el objetivo de esta restauración era devolver el museo a sus orígenes. Pero la idea era volver a 1969 sin necesidad de que todo fuera exactamente igual, sino integrando la tecnología para mejorar la visión original”, explica el comisario e historiador del arte británico Xavier F. Salomon, recientemente nombrado director del museo, donde desembarcó desde la Frick Collection de Nueva York hace ocho meses. Salomon reconoce que entre sus principales misiones está abordar la popularización del museo, relativamente desconocido a nivel internacional. Rodeado de unos extensos jardines que fueron ampliados en 2024 y levantado junto a un Centro de Arte Moderno que también culminó una gran restauración ese mismo año, fue entonces cuando —como cuenta Salomon— “se hizo evidente que era el turno del museo”, “una joya del modernismo” diseñada por los arquitectos portugueses Ruy Jervis d’Athouguia, Pedro Cid y Alberto Pessoa. Tras la reciente intervención del estudio de arquitectura de Teresa Nunes da Ponte, tesoros como un extraordinario busto de Sesostris III tallado en obsidiana (una piedra que los egipcios de hace 4.000 años bien importaron de tierras lejanas o bien obtuvieron de un meteorito), y que aún conserva la nariz, se muestran ahora a través de cristales antirreflectantes; mientras que prodigios textiles como una alfombra persa decorada con barcos portugueses yacen ahora sobre plataformas elevadas unos centímetros del suelo, enraizando con la costumbre de la Portugal musulmana. El recorrido del museo, circular, mantiene su división tradicional en tres grandes secciones: Antigüedad, Asia y Europa, mientras que los materiales arquitectónicos originales como la seda de las paredes, la madera y el bronce se han restaurado, a la vez que se han introducido cambios como filtros ultravioleta en los ventanales o luces LED. Nacido en Estambul en 1869, Calouste Gulbenkian fue hijo de comerciantes de alfombras, piezas por las que siempre mostró una especial inclinación. Empezó a coleccionar objetos casi desde niño, aunque nunca con un afán arqueológico o científico, sino movido por un sentido estético que avalaban los distintos consejeros en los que confió: Howard Carter, el descubridor de la tumba de Tutankamón, fue su asesor de arte egipcio, y el reconocido historiador del arte Kenneth Clark, entonces director de la National Gallery, le ayudó con varias adquisiciones con la esperanza de que dejara su colección en Reino Unido, cosa que no ocurrió. “Él siempre quería lo mejor de lo mejor, y se interesaba solo por las piezas excepcionalmente conservadas”, ilustra el director Salomon, que destaca de entre la colección de 6.000 obras que preserva el museo (de las que se exhiben unas mil) piezas como unas alfombras mogoles de la India, una colección de cristales mamelucos de entre 1250 y 1500 y los marfiles tallados tardomedievales que ávidamente acopió Gulbenkian. Contemporáneo del joyero francés René Lalique, el magnate le encargó más de 200 piezas entre peinetas, gargantillas, broches, pulseras…, de las cuales unas 40 se han expuesto recientemente en la Fundación Barrié de A Coruña, una colaboración con una institución española que se sumará en el futuro próximo a otras con el Museo Thyssen y Patrimonio Nacional. Gulbenkian fue un coleccionista guiado por sus pasiones: si algo le gustaba, lo perseguía y lo acumulaba. Comparaba su colección con un hijo. Al igual que las alfombras o los marfiles, una de sus obsesiones fueron las monedas, para las que se ha construido en esta renovación una sala propia donde se expone por primera vez el conjunto de los 11 medallones de oro de Abukir que reunió el magnate, más de la mitad de un tesoro de 20 piezas romanas del siglo III acuñadas como regalo para atletas y halladas en Egipto a principios del siglo XX. La sala dedicada al mundo islámico, “un espacio icónico del museo”, en palabras de Salomon, ocupa todo el largo del edificio y con la renovación se han primado las líneas rectas y los paneles móviles. En la parte centrada en Europa, el mobiliario francés del XVIII que se exhibe —“mejor que el de Versalles”— se muestra alzado sobre pedestales cerca de los rembrandt y rubens que Gulbenkian compró a la URSS en los años treinta del pasado siglo, cuando el Gobierno soviético puso a la venta obras del Hermitage para financiar sus planes quinquenales.Si la procedencia de esas pinturas resulta clara, otros orígenes más inciertos de las posesiones de Gulbenkian, especialmente en lo que se refiere al arte antiguo, están siendo rastreados por los comisarios de la institución. Con un legado fabuloso de obras de arte y objetos decorativos provenientes de varios confines del mundo, el debate de la descolonización atraviesa de lado a lado la base de la identidad “cosmopolita” del museo. “Es una conversación muy complicada y difícil”, responde el director a la pregunta de cómo les afecta esta discusión. “Creo que cuando detrás de una adquisición hay actos de violencia o actos ilegales, entonces las piezas deben devolverse a donde legítimamente pertenecen. Si algo fue robado o sacado ilegalmente de un país, todo eso debe abordarse”. ¿Y si no? “Cuando hablamos de distintas culturas, la cuestión es dónde trazamos la línea. Los romanos conquistaron Egipto y llevaron obeliscos a Roma. ¿Deberían volver esos obeliscos a Egipto? ¿Debería todo el arte egipcio estar en Egipto, todo el arte turco en Turquía, todo el arte italiano en Italia, todo el arte portugués en Portugal y todo el arte español en España? Mi respuesta es no”, afirma Salomon. “Los museos deben abordar la colonización, la esclavitud y todas estas cuestiones. Tenemos que entender de dónde venimos. La realidad es que gran parte de la historia humana es incómoda. Uno de los desafíos de los museos es ayudar a la gente a comprender que estas cosas ocurrieron, que estuvieron mal y que no debemos repetirlas”.