Hace poco más de cuatro décadas, en el barrio de Belgrano no existía un Barrio Chino. No había largas filas para probar comida asiática, un corredor gastronómico bajo las vías del tren ni turistas que se detuvieran a fotografiar el emblemático arco de ingreso. En esas cuadras se reunía apenas un puñado de familias inmigrantes que intentaba reconstruir, a través de la comida y los encuentros de los domingos, un pedazo de la vida que había dejado atrás. Lo que nació como un refugio frente al desarraigo es hoy uno de los polos gastronómicos más visitados de la Ciudad de Buenos Aires. En 1984, ese refugio empezó a tomar forma. Cada domingo, unas 28 familias de origen chino, japonés y taiwanés se reunían en un centro cultural de Belgrano para mirar películas de su país, hablar en su idioma y compartir la nostalgia de quienes habían dejado su hogar a miles de kilómetros. Fue entonces cuando el señor Song entendió que no alcanzaba con reunirse, también hacían falta los sabores de siempre. Así abrió Casa China, un pequeño almacén que comenzó a importar arroz, especias y otros productos orientales inexistentes en las góndolas argentinas. Aquella tienda pionera, que hoy ocupa tres locales contiguos, marcó el punto de partida de una metamorfosis imparable.