Lo que primero me conmovió fue el sombrero blanco de vaquero que llevaba Lorenzo Salgado Araujo, el hombre de Houston al que agentes federales de inmigración dispararon y mataron.Mientras el telediario de la noche en español informaba a bombo y platillo sobre otra víctima más del terror estadounidense que crece a la par que el número de redadas de los agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de EE UU (ICE), alcancé a ver una foto de Salgado Araujo con el sombrero que solía llevar. Aparté la mirada de la televisión y me quedé mirando el sombrero de vaquero de trenza tupida de mi padre, que representaba el homenaje atemporal de nuestra familia: un sombrero que simboliza el duro trabajo de millones de inmigrantes mexicanos; su sudor, tenacidad y coraje, que han ayudado a unos Estados Unidos volubles en tiempos de guerra o de dificultades económicas. Se me llenaron los ojos de lágrimas.De repente, no pude mirar a mi madre, que estaba viendo las noticias de la noche conmigo. Evitaba su mirada, que buscaba la mía. La periodista veterana y curtida, que lo ha visto todo, se quedó sin palabras, entristecida. Me preguntaba cómo podría cubrir de forma imparcial este último asesinato a manos del ICE cuando me resultaba tan personal. El asesinato de Salgado Araujo a manos de agentes del ICE, pagados con el dinero de nuestros impuestos, me parecía un ataque a mi propia familia. No estaba solo.En innumerables hogares de familias mexicanas y mexicoamericanas de todo Estados Unidos, millones de hombres estoicos llevan el mismo sombrero para protegerse durante las largas horas de trabajo bajo un sol abrasador, labrando los campos bajo la lluvia torrencial durante la cosecha. También lucen con orgullo sus sombreros de vaquero en las reuniones familiares, como un eco de los braceros: aquellos hombres de brazos fuertes a los que Estados Unidos acogió en tiempos de guerra para cubrir una grave escasez de mano de obra. Generaciones de familias remontan sus raíces a los braceros.Tras el fin del programa en 1964, los inmigrantes siguieron llegando a Estados Unidos atraídos por los puestos de trabajo que les esperaban para recolectar nuestras cosechas, construir nuestras casas y sentar las bases para que la siguiente generación prosperará. Hoy en día, lo que simboliza ese sombrero de vaquero —el trabajo duro, la dedicación a la familia, la determinación de contribuir a este país— está manchado de sangre.La campaña de deportaciones masivas de la Administración Trump ha convertido a los agentes enmascarados del ICE—muchos de ellos latinos—en una fuerza letal que recorre el país en operaciones de “aplicación selectiva de la ley”, que pueden volverse mortales cuando personas al azar son acechadas y perseguidas por oficiales en coches camuflados. Es más grande y cuenta con mayor financiación que cualquier fuerza paramilitar de la que informé como corresponsal en América Latina.Da la sensación de que ahora todos somos sospechosos. Con demasiada frecuencia, los agentes del ICE recién contratados y mal formados se apresuran a disparar contra vehículos que huyen. Según el protocolo policial estándar —que el ICE no respeta—, los agentes solo disparan contra sospechosos que huyen si estos suponen un peligro inmediato para ellos o para el público. Una orden de deportación no debería ser una sentencia de muerte.Bajo una intensa presión para cumplir una supuesta cuota de 2.000 detenciones al día, y para apaciguar a la base más radical del gobierno en vísperas de las elecciones de mitad de legislatura de este otoño, estos agentes han cometido errores bien documentados, como los dos tiroteos mortales contra manifestantes contra el ICE, ambos ciudadanos estadounidenses: Renee Good y Alex Pretti, en Minneapolis este invierno. Este verano, en el transcurso de una sola semana, los agentes mataron a Salgado Araujo en Texas y, posteriormente, a Johan Sebastián Durán Guerrero en Maine, un padre de familia procedente de Colombia que tenía permiso de trabajo. Tanto en el caso de Houston como en el de Maine, el ICE reconoció que esos hombres no eran los objetivos previstos. Sin embargo, ellos y otros inmigrantes negros y de piel morena sienten que tienen, literalmente, una diana en la espalda porque encajan en un perfil. Desde 2025, unas 52 personas han fallecido bajo custodia del ICE; 11 han muerto por disparos en operaciones del ICE, incluidas las paradas de tráfico. Lo que, hasta ahora, es nulo son las consecuencias legales para los agentes implicados.La piel es mi pecadoCuando por fin pude mirar a mi madre, que había enviudado, vi que ella también tenía lágrimas en los ojos. Las dos estábamos de luto por la muerte de mi padre, ocurrida en marzo.“Me alegro de que tu padre no haya visto esto”, dijo mi madre, refiriéndose a las noticias sobre Salgado Araujo que habían desencadenado esta nueva oleada de dolor. “La crueldad, la inhumanidad ya le estaban destrozando el corazón. Amaba tanto a este país.”Tragué saliva con dificultad. Mi mente se remontó a mi visita al Vaticano meses antes con mis familiares.Presionada por mis padres, mi hermano y mis hermanas, hice mi primera confesión a regañadientes. Aunque me crié en la fe católica, de alguna manera había evitado las confesiones. Pero allí estaba yo, de rodillas en un confesionario, frente a un sacerdote oculto tras un biombo. ¿Dónde empezar?“Mi piel es mi único pecado”, le dije al sacerdote. Me dijo que lo entendía. Él también era moreno, de Filipinas.“No sé si seré capaz de seguir intentando ser un periodista objetivo”, le dije. “No estoy hecho de piedra”.Relaté los recuerdos de un pistolero blanco, solitario y trastornado, que condujo unas 900 millas desde el norte de Texas hasta El Paso para “matar a mexicanos”. Disparó a decenas de clientes, matando a 23 en nuestro Wal-Mart local, a última hora de la mañana del 3 de agosto de 2019, el cumpleaños de mi padre.El sacerdote hizo una pausa. De repente, sus palabras adquirieron un tono de urgencia.“Cuando tu casa está en llamas, no tienes tiempo para plantearte cuestiones de objetividad”, dijo. “Simplemente entras corriendo y salvas lo que queda de esa casa”.“Y”, añadió con firmeza, “tu casa está en llamas. Haz tu trabajo”.Informa. Escribe. Da testimonio. Bajo fuego.Cuando volví a Estados Unidos, compartí las palabras del sacerdote con mis padres. Fue seis meses antes de la muerte de mi padre.“Está cabrón”“Está cabrón”, decía mi padre. Su frase característica se había convertido en la silenciosa protesta de un inmigrante que se sentía traicionado por el país que había adoptado. Veía en las noticias diarias cómo el sueño americano se convertía en una pesadilla, siendo testigo con tristeza de la persecución a la que se veían sometidos sus paisanos.Mi padre, Juan Pablo Corchado, dejó su sudor en los campos de algodón del oeste de Texas. Recogió hileras de algodón y remolacha azucarera desde lo alto de su tractor en los campos del valle de San Joaquín, en California, sujetándose el sombrero de vaquero con una mano y manejando el volante con la otra. Ese trabajo en el campo le ayudó a ahorrar suficiente dinero para comprar una furgoneta de catering que se convirtió en un negocio familiar. A finales de la década de 1970, él y Herlinda, mi madre, se mudaron a El Paso, en la frontera con México, donde compraron una casa y abrieron un restaurante en la calle South El Paso. Lo llamaron Freddy’s Café, en mi honor, su hijo mayor.A lo largo de su vida, Juan Pablo siempre había respetado las normas de este país. Trabajó duro, pagó sus impuestos y se naturalizó ciudadano estadounidense. Creía tanto en la promesa de Estados Unidos que incluso compró una parcela en el cementerio de El Paso.Pero en los últimos años antes de su muerte, a los 89 años, había empezado a sentirse rechazado. El sentimiento antiinmigrante se había apoderado del país. En sus últimos días, desde la cama de un hospital, rodeado de monitores que emitían pitidos, su voz, antes firme, se había convertido en un susurro. Temiendo que el final estuviera cerca, le pregunté dónde quería que lo enterraran.“¿En Estados Unidos o junto a tu madre y tu hija, en México?”. Contuve las lágrimas, temblando ante la idea de que, muy pronto, ya no volvería a oír su voz, ni inclinaría la cabeza ante él para recibir su bendición, ni miraría fijamente esos ojos decididos.“Apriétame la mano, papá”, le supliqué desesperadamente, “¿Estados Unidos?”.Nada.“¿México?”. Me apretó fuerte la mano y no me la soltó.Pudimos traerlo a casa desde el hospital y, días después, falleció, rodeado de su familia, mientras el sol de finales de invierno se ponía sobre su hogar de El Paso.Llevamos sus restos a nuestra tierra ancestral, San Luis de Cordero, Durango, México. Una banda tocó las melodías con las que él solía improvisar con su grupo —Los Pajaritos— formado por sus hermanos y hermanas, la mayoría de ellos también braceros. La música flotaba sobre el cementerio, repleto de muchos de nuestros familiares.Echo de menos a mi padre, su mirada tranquila, su silencio y ese sombrero blanco, como el que llevaba Salgado Araujo. “Te echo de menos, Cito”, digo a menudo mientras me seco las lágrimas, utilizando un apodo cariñoso para referirme a nuestro padre.También me aferro a su historia de una América que, históricamente, siempre ha querido tenerlo todo. Fue el último bracero de nuestra familia y uno de los últimos de una especie en extinción en todo el país. Su historia resume la naturaleza voluble de Estados Unidos. Cuando conviene a los poderosos y al interés nacional, el país acoge a quienes, de otro modo, rechazaría, todo ello para satisfacer necesidades laborales apremiantes. Cuando surgen la desconfianza, las sospechas y las divisiones raciales en tiempos de dificultades económicas, la alfombra de bienvenida desaparece.Dejamos los restos de mi padre en nuestro pequeño pueblo, junto a su madre y a su hija, que murió siendo niña. Una vez de vuelta en casa, al otro lado de la frontera, en el lado estadounidense, coloqué su sombrero de vaquero en lo alto de una estantería para honrar a mi padre. Hoy en día, cuando veo ese sombrero, también me recuerda la hipocresía de un país desagradecido.
Nuestro último bracero: el sombrero de mi padre
Lorenzo Salgado Araujo, a quien agentes federales mataron en Houston, llevaba el mismo sombrero que mi padre: uno que simboliza el duro trabajo de millones de inmigrantes mexicanos en Estados Unidos











