Los problemas de convivencia escolar y situaciones de violencia se han instalado como una de las principales preocupaciones al interior de escuelas y liceos. El ataque y asesinato de un estudiante a una inspectora en Calama el 27 de marzo del año en curso abrió nuevamente la discusión sobre las herramientas que tenemos para prevenir y actuar frente a este tipo de situaciones. Si bien los problemas de convivencia son distintos a los hechos delictivos, existe un elemento en común: el desprecio por el otro y la indiferencia frente a las normas o autoridades del establecimiento. Podemos discutir también sobre las causas y los orígenes de este tipo de conductas (condicionamiento por el entorno, ausencia de roles parentales, falta de redes de apoyo, anomia y relajo en las sanciones). Sin embargo, el problema seguirá ahí y, lo peor de todo, seguirá creciendo. Frente a ese panorama, la promulgación de la Ley 21.809, sobre “Convivencia, buen trato y bienestar en las comunidades educativas”, abre una ventana para fijar la mirada en la acción y en las herramientas que debiesen ayudar en la formación de virtudes y valores que ayuden en la regulación del temperamento, el autocontrol, el asumir responsabilidades y el trato empático y cordial con quienes nos rodean. ¿Cuáles son esas herramientas? Aquellas que ayuden a que el día de un alumno sea más interesante, a darle propósitos, metas, ambientes agradables, actividades que despierten interés y agudicen la creatividad, la perseverancia, el trabajo en equipo, la tolerancia a la frustración, etc. Se trata, en lo principal, de sacar a los alumnos de entornos que achaten su personalidad, de los atracones detrás de una pantalla, del encierro y el aislamiento. O sea, de fomentar la actividad física, el arte, las manifestaciones culturales, el emprendimiento, en fin, cosas entretenidas que potencien el desarrollo de habilidades transversales de la mano con un desarrollo afectivo saludable que permita a los adolescentes y jóvenes desenvolverse con seguridad en sus entornos. Para ese propósito, la ley mandata a la Junta Nacional de Auxilio Escolar y Becas (Junaeb) a crear una nueva División de Bienestar Socioemocional Escolar, la que deberá implementar y poner a disposición de las escuelas distintos talleres de libre elección. No son solo actividades recreativas o extraescolares, nuestro objetivo es que, junto al Ministerio de Educación, podamos medir el impacto de estos talleres y definir su contenido desde Objetivos de Aprendizajes Transversales (OAT) que tributen al proceso formativo desde la formación del carácter, el desarrollo de la personalidad, la tolerancia y el respeto. Sabemos que el éxito de la política educativa radica, en gran medida, en el nivel de éxito que tengamos en estos asuntos, en estas dimensiones del quehacer educativo; después de todo, gracias a la neurociencia hemos podido comprender mejor la importancia que tienen los afectos y los estímulos socioemocionales en la formación de una persona. Sin ir tan lejos, cuando cae el dictador rumano Nicolae Ceaușescu en 1989 el mundo descubrió horrorizado cómo miles de niños vivían en instituciones públicas en completo abandono. Uno de los investigadores del Laboratorio de Desarrollo Infantil de la Universidad de Maryland (a inicios de los años 90) relata que “lo más sorprendente de la sala de bebés era el silencio que reinaba, probablemente porque los pequeños habían aprendido que sus llantos no recibían respuesta”. El proyecto Bucarest realizó hallazgos que la neurociencia confirmaría varias décadas después: los niños que no reciben amor, cariño y cuidados adecuados presentan retrasos en la función cognitiva, el desarrollo motor y el lenguaje, déficits en el comportamiento socioemocional y están más propenso a desarrollar trastornos psiquiátricos. También presentaban alteraciones en los patrones de actividad eléctrica cerebral, según lo medido por el electroencefalograma. Varios años antes, a mitad del siglo XX, el escritor británico W. Golding nos representó este desastre en su novela El señor de las moscas, el desastre que ocurre cuando los adultos desaparecemos del horizonte de crecimiento y desarrollo de los niños. Lamentablemente, muchos niños y adolescentes viven sin el cuidado ni la contención adecuada desde sus hogares. La acción del Estado, en ese sentido, es de justicia, y necesaria. Como Junaeb nos llena de orgullo contribuir en la promoción de una cultura escolar con mayor empatía y valores universales indispensables para vivir en sociedad.