Juan Mayorga se ha dejado meter mano a fondo. A la directora Rakel Camacho le interesó la versión teatral que Mayorga realizó hace años de la novela de Cervantes. Se lo propuso, Mayorga aceptó y se puso a reescribirla. Una reescritura profunda y siempre a favor del universo de la directora. El resultado es una obra mucho más política. Palabra de perro es una revisitación de Cervantes, de la novela picaresca, pero ante todo es un alegato político contra la inmoralidad de esta sociedad que veja al inmigrante hasta deshumanizarlo.
Aunque es más conocida la mala leche de Quevedo o Góngora, Cervantes también la tenía. Un claro ejemplo es El coloquio de los perros, donde el autor no deja títere con cabeza. Cervantes nos presenta la novela como el fruto de la alucinación del soldado Campuzano, un sifilítico que cree oír a dos perros conversar por la noche en el Hospital de la Resurrección de Valladolid.
Pero no se engañen, aquello no era como el Hospital 12 de Octubre, sino un antiguo prostíbulo reconvertido en almacenamiento y contención de pobres de la ciudad. Ese es el emplazamiento elegido por Cervantes para llevar a cabo una afilada crítica a la sociedad del siglo XVI. Con estructura de novela picaresca, el perro Berganza relata su vida a su compañero Cipión para intentar entender cómo y cuándo adquirieron la facultad del habla. Cervantes utiliza este ardid narrativo para reflejar la bajeza moral de una sociedad hipócrita y corrupta. Pero los perros al final del día vuelven a ser guardianes del hospital en silencio. En la versión de Mayorga el asunto cambia, y mucho.








