Si Los amantes del Pont-Neuf nunca hubiera terminado de rodarse, como parecía su destino, hoy sería una leyenda. Se habrían estrenado documentales sobre la gran obra frustrada, se habrían escrito libros, y los cinéfilos la habrían construido en su cabeza con la precisión que acaba adquiriendo toda fantasía compartida. Pero de las muchas cosas increíbles que hay alrededor de ella, la más increíble es su propia existencia, que estuvo amenazada durante los casi tres años que duró un rodaje a trompicones. Hasta su autenticidad es pura ilusión, una ilusión por otra parte carísima: lo que debía ser una película de arte y ensayo de ínfimo presupuesto terminó convertido en una película de arte y ensayo de presupuesto faraónico. En 1984, un joven de 24 años llamado Leos Carax -en realidad, Alexandre Dupont: el nombre artístico es un anagrama de su verdadero nombre de pila, Alex, junto con Oscar- irrumpió en el panorama cinematográfico con su primer largometraje, Boy meets girl, una cinta en blanco y negro que reunía el estilo de la nouvelle vague con el realismo poético galo. Dos años después estrenó Mala sangre, una fábula sobre el amor en los tiempos del sida deudora del Godard sesentero, que obtuvo en Francia un inesperado éxito de taquilla. Su protagonista era Juliette Binoche, que acababa de revelarse gracias a Rendez-vous, de André Téchiné, por la que la crítica la había comparado con la luminaria del cine mudo Louise Brooks. Binoche y Carax, nuevos niños mimados del cine francés, iniciaron una relación sentimental, y también decidieron embarcarse juntos en nuevas aventuras profesionales. Para 1988, Binoche ya había protagonizado La insoportable levedad del ser, de Philip Kaufman, adaptación de la novela de Milan Kundera de gran éxito y nominada a dos Oscars, y se perfilaba como la nueva gran estrella joven europea. La película que iba a rodar con su compañero debía suponer una breve pausa en la gran carrera internacional que se le presentaba por delante. Durante un vuelo de Los Ángeles a París, leyó el guion de Los amantes del Pont-Neuf, entonces concebida como una pequeña comedia romántica sobre dos inadaptados que sobreviven y se enamoran en las calles de París, con las celebraciones del bicentenario de la Revolución francesa como trasfondo. El Pont-Neuf, el puente más antiguo de cuantos cruzan el Sena, operaba como tercer personaje de la historia, y constituía por tanto un elemento irrenunciable en ella. Por lo demás, el director quería prescindir de todo elemento superfluo: para desquitarse de la pesada producción de Mala sangre, imaginaba una obra modesta, en Super-8 y en aquel escenario único. Sin embargo, pronto quedó claro que aquel era un propósito imposible. No se le permitió bloquear el Pont-Neuf durante los tres meses previstos para el rodaje, de modo que se decidió habilitar dos escenarios: las escenas diurnas se filmarían primero en el puente, y las nocturnas se trasladarían a unos decorados. Para ello se contrató al diseñador de producción Michel Vandestien, quien debía reproducir el área alrededor de la Île de la Cité parisina a base de ingeniosos trampantojos. Según contaba él mismo en el making of de la película, se puso a dibujar un esbozo en unos cartones de cerveza en un bar, ante los ojos de Carax. “¿Cuánto costará?”, preguntó este. “No sé, 8 o 9 millones de francos”, respondió Vandestien, prudente. “Pues hagámoslo”. De golpe, el presupuesto ascendió hasta los 32 millones de francos (equivalentes a unos 4,9 millones de euros de la época y cerca de 10 millones de euros actuales), cantidad ya respetable para un filme independiente. Tras tantear la opción de reducir costes construyendo los decorados en España, Yugoslavia o el norte de África, se decidió ubicar la producción en Lansargues, un pueblo de unos 2.000 habitantes en la región pantanosa de la Pequeña Camarga, cerca de Montpellier. Un gran lago artificial haría las veces del Sena, y sobre él empezó a erigirse la réplica del Pont-Neuf. Entre tanto, se obtuvo el permiso para iniciar la otra parte del rodaje en el auténtico puente, durante 18 días improrrogables entre fin de julio y mediados de agosto de 1988. Allí se dio el primer golpe de claqueta. Sin embargo, apenas comenzada la producción hubo que pararla, ya que el protagonista masculino, Denis Lavant -actor que venía del circo y que había protagonizado también los dos largos anteriores de Carax-, tuvo un accidente al tratar de reparar la suela de unos zapatos, y se cortó un tendón del pulgar. Las aseguradoras proponían seguir adelante cambiando al protagonista, pero el director se negaba. Y tampoco era posible modificar las fechas de rodaje en París, ya que estaban sujetas al permiso del monumento. La solución que los puso a todos de acuerdo se planteó sola: ya que tenían una réplica, iban a aprovecharla para toda la película. Solo había que mejorarla, de modo que también sirviera para las escenas con luz natural. Asumiendo para ello un nuevo sobrecoste. Pero entonces quebró definitivamente la sociedad de producción, y cesaron los trabajos de construcción de los decorados cuando había menos de 20 minutos de metraje útil pero ya se había gastado casi la totalidad del presupuesto estimado inicialmente. Todo indicaba que Los amantes del Pont-Neuf iba a convertirse en otra leyenda jamás realizada, al estilo del Dune de Alejandro Jodorowsky o el Yo, Claudio de Josef von Sternberg. Ya en 1989 llegó al rescate Francis Van Buren, un millonario suizo dedicado profesionalmente a los negocios inmobiliarios, que se entusiasmó con el proyecto y prometió inyectar otros 30 millones que, según le dijeron, serían necesarios para construir los decorados y finalizar la producción. Aquel verano la maquinaria volvió a ponerse en marcha, pero al cabo de un mes quedó claro que iba a hacer falta más del doble de dinero, con lo que Van Buren se bajó del carro. Para colmo, en otoño cayeron unas tormentas apocalípticas sobre la región, y el set quedó parcialmente destruido. La amenaza de cancelación volvía a sobrevolar. Y entonces entró un nuevo magnate, este más familiarizado con el entorno del cine: Christian Fechner, antiguo mago y ventrílocuo, y financiador de las comedias setenteras de Louis de Funès, acordó aflojar los 70 millones necesarios. Se había convencido de que la película debía salir adelante durante una visita a los decorados, bajo la guía del propio Carax. En efecto, en agosto de 1990 se retomó el rodaje, y ya no hubo más interrupciones. Para entonces, ya no era una comedia romántica, sino un melodrama sobre los amores imposibles entre una artista que está perdiendo la visión por una enfermedad degenerativa y un vagabundo que sobrevive de pequeños hurtos callejeros. Se concibieron dos finales, uno trágico en el que el personaje de Juliette Binoche moría, y otro más optimista con los amantes abrazados en la proa de una barcaza, que parecía anticipar la escena más famosa de Titanic, estrenada seis años después. Juliette Binoche consiguió imponer su criterio, y fue el segundo final el que se quedó. También se rodaron escenas de baile iluminadas por los fuegos artificiales del 14 de julio francés con música de Iggy Pop, Public Enemy y Johann Strauss, esquí acuático por las aguas del Sena, y hasta una nevada en la que la nieve se simulaba con tela blanca e infinitos kilos de sal desparramados por el set de rodaje. Con 10 hectáreas de terreno, aquel era el mayor decorado construido en el cine francés hasta la fecha. Incluía el Pont-Neuf entero sobre un lago artificial, pero también la célebre escultura ecuestre del rey Enrique IV, los muelles del Sena, las entradas de metro, las fachadas de los edificios y hasta las líneas art déco de los grandes almacenes La Samaritaine. Había unas 2500 bombillas, algunas de las cuales imitaban el reflejo titilante de las luces urbanas sobre el río. Y había también falsos coches que nadie conducía y se desplazaban sobre raíles. Era aquel un inmenso artificio que en la pantalla ofrecía toda la apariencia de realidad. Cuando un productor invierte una gran cantidad de dinero en una película, suele esperar que cada euro luzca en la pantalla, de forma obscena si es necesario. Pero el presupuesto desorbitado de Los amantes del Pont-Neuf apenas luce, precisamente porque su artificio está puesto al servicio del realismo ambiental, y parece inconcebible que no se rodara en el centro de París, sino en un escenario construido sobre un estanque a más de 600 kilómetros de distancia. Y hay algo hermoso en que el productor se dejara seducir no por el resultado de sus millones, sino por la promesa que implicaba aquel decorado en construcción. “Es la película más loca que he hecho nunca”, declararía Juliette Binoche al cabo de las décadas. Quizá se refería a los sacrificios que exigió de su parte, ya que su carrera meteórica quedó congelada durante dos años y medio. Tuvo que renunciar a varios proyectos de perfil elevado, entre ellos la tercera parte de las aventuras de Indiana Jones (fue el primero de sus tres noes a Steven Spielberg), a Cyrano de Bergerac (uno de los mayores éxitos del cine francés de todos los tiempos) y a La doble vida de Verónica, de Krzysztof Kieslowski, donde fue sustituida por Irène Jacob, que se llevó por este papel el premio de interpretación del festival de Cannes de 1990. En 1993, Binoche y Kieslowski pudieron desquitarse trabajando juntos en Tres colores: azul, por el que ella ganó la Copa Volpi en Venecia. Todo aquello fue posible por su absoluta fe en Los amantes del Pont-Neuf. “Siempre supe que se haría. Siempre”, diría en el making of oficial. No ocurrió lo mismo con la relación sentimental entre Binoche y Carax, que no resistió a las tensiones del rodaje. Ella inició otra junto a André Hallé, un buzo que trabajaba en la producción de la película, con quien tendría a su hijo Raphaël. Irónicamente, durante la filmación de una escena subacuática en una piscina, Binoche había estado a punto de ahogarse. Tras aquella experiencia extrema, decidió en lo sucesivo “elegir siempre la vida, pasara lo que pasara”, según confesaría en una entrevista en The Guardian. Huelga decir que, con el estreno en salas en octubre de 1991, no se recuperó ni remotamente la inversión de los múltiples productores, que según diversas estimaciones oscilaría entre los 100 y los 160 millones de francos de la época (de unos 30 a 50 millones de euros actuales). Las críticas, en cambio, fueron mayoritariamente positivas, aunque hubo división de opiniones. La revista Cahiers du Cinéma le dedicó un número especial. En el diario Le Monde, la prestigiosa crítica Danièle Heymann la describió como “una película que no se parece a ninguna otra”, y añadió: “Hace mucho tiempo que la película ganó; hace mucho tiempo que Carax ganó, que el cine ganó. Hace mucho tiempo que nos sentimos profundamente conmovidos y duraderamente maravillados”. Opinión no compartida por Jacques Zimmer, que en Télérama calificó a Carax de “neurótico” y “narcisista”. Cineastas como Scorsese, Coppola, Sean Baker, Harmony Korine o Claire Denis han manifestado su admiración por la película y su autor. A cambio, Gérard Depardieu, en unas polémicas declaraciones de 2010 en las que atacaba a Juliette Binoche, aprovechó para calificar Los amantes del Pont-Neuf como un “pedazo de mierda”, sin aportar los detalles sobre los que fundamentaba su criterio. El propio Carax pasó casi una década sin rodar: regresó en 1999 con la que casi unánimemente se considera la peor de sus obras, Pola X, masacrada por la crítica del festival de Cannes. A ella le sucedió una pausa aún más larga (salvo algunos videoclips y su participación en el filme colectivo Tokyo!), hasta que en 2012 estrenó la misteriosa y poética Holy Motors, ubicada también en parte en las inmediaciones del Pont-Neuf (La Samaritaine juega un papel fundamental en la historia), y recibida en cambio con entusiasmo generalizado. Su siguiente largo, el hermoso musical Annette (2021), una de cuyas protagonistas era una marioneta, obtuvo una recepción dispar. Para 2028 se espera su próximo trabajo, Lily May B, una historia postapocalíptica protagonizada por Jenna Ortega. De momento, Los amantes del Pont-Neuf permanece como su obra más convencional -a fin de cuentas, es una historia lineal sobre dos enamorados en circunstancias desesperadas- y al mismo tiempo como la más excéntrica. Con demasiada frecuencia se recurre al cliché de la “magia” del cine. Pero hay unos pocos casos, como este, en que la expresión está más que justificada: una película imposible que acabó apareciendo ante nuestros ojos, sin trampa ni cartón.