La historia de AZCA es la historia de un agujero. Un boquete de unos 20.000 metros cuadrados situado en el centro del primer distrito financiero de Madrid que, desde el inicio de su construcción, ilustró una derrota. Originalmente, el espacio iba a albergar un gran Teatro de la Ópera, pero nunca llegó a edificarse. En su lugar, se construyó un parque. Contra todo pronóstico, y sobre ese fracaso inicial, floreció un jardín con 367 árboles de 42 especies distintas. Un pequeño oasis, en medio del desierto de hormigón de AZCA, en el que vecinos y oficinistas llevan cuatro décadas refugiándose.Este refugio no solo atiende a motivos climáticos o recreativos, sino también de seguridad. El parque es de los pocos espacios disfrutables en ese gran laberinto de corredores brutalistas que es AZCA. Con el tiempo, y la llegada de las discotecas a los famosos bajos, las galerías se fueron haciendo cada vez más inseguras. Para solucionar este problema, el Ayuntamiento de Madrid presentó el pasado mes de marzo el esperado proyecto Nuevo Azca. La iniciativa prevé empezar las obras el año que viene para devolver la luz y el orden a los pasadizos mediante la apertura de grandes lucernarios en los techos. Pero no es su único objetivo. Aunque los vecinos llevaban décadas exigiendo la reforma, muchos se sorprendieron al descubrir en los renders presentados que no iba a quedar ni rastro del histórico jardín.Según recoge el Ayuntamiento, el proyecto de los estudios Diller Scofidio+Renfro y b720 Fermín Vázquez Arquitectos pretende crear un gran parque central donde se plantarán mil árboles nuevos. Aunque no se aclara qué sucederá con los ya existentes. Preguntado por ICON Design sobre esta cuestión, el consistorio explica que, por ahora, solo disponen del proyecto básico y que, para hacer una valoración concreta, prefieren esperar al proyecto de ejecución que, calculan, llegará en septiembre. “El proyecto de ejecución contendrá todos los detalles y será el que pase por los informes preceptivos”, matizan. Por su parte, el estudio b720 declina contestar a ICON Design. Ante este vacío de información, varias asociaciones vecinales, ecologistas y de defensa del patrimonio se temen lo peor y ya han empezado a movilizarse para reclamar la protección de los cientos de árboles que llevan décadas cobijando a miles de ciudadanos. En el caso del arquitecto Alberto Tellería, por ejemplo, la evolución de los jardines estará siempre vinculada con la evolución de su propia relación con su difunto marido, el también arquitecto y defensor del patrimonio madrileño Vicente Patón. “Yo vivía en Chamartín y él en Saconia, así que cruzaba por allí para visitarlo y en esos mismos jardines vi el incendio de la torre Windsor”, recuerda. Pero su empeño en defender la zona no es solo personal. “Esto es historia de la jardinería, unos jardines muy particulares de los que ya no quedan”, defiende Tellería, que ejerce como vocal técnico de la asociación Madrid, Ciudadanía y Patrimonio.A falta de Verdi, buenos son jardinesComo recuerda el arquitecto, la parcela donde ahora están los jardines se concibió desde un principio como la gran pieza central de AZCA, cuya siglas atienden a la Asociación Mixta de Compensación de la Manzana A de la Zona Comercial de la Avenida del Generalísimo. La idea de crear una gran manzana de oficinas, al estilo del Rockefeller Center de Nueva York, se esbozó ya en los años treinta pero sobró fuerza de nuevo con el plan Bidagor, el proyecto urbanístico con el que el franquismo planificó la expansión de Madrid tras la Guerra Civil. En 1954, el arquitecto Antonio Perpiñá fue escogido para planificar la distribución de este gran complejo empresarial. Ya entonces reservó el centro para un Teatro de la Ópera, concebido como sustituto del entonces ruinoso Teatro Real, y situó la cultura como eje vertebrador de la gran plaza pública, libre de coches, con la que soñaba.En 1962, la Fundación Juan March decidió financiar el teatro y convocó un proyecto que ganó el arquitecto polaco Jan Boguslawski. “Se presentaron ideas muy interesantes pero no llegó nunca a término. Las malas lenguas hablaban de que Franco no quería tener un teatro para que no le obligaran a ir a la ópera en los actos internacionales”, cuenta Tellería. Otras teorías hablan del recelo que generó la victoria de un arquitecto de un país comunista en la España de aquel momento. Tras varios litigios, la obra se adjudicó a los segundos clasificados pero el presupuesto se disparó y el proyecto se desplomó. Tuvo que pasar una década para que en 1974 se decidiese al fin rellenar el vacío con una zona verde. El arquitecto y urbanista José Antonio López Candeira, teórico del planteamiento urbano con obras como Tratamiento del espacio exterior (Munilla-Lería, 2002), fue el encargado de diseñarla.“Los jardines son muy curiosos, parecen de estilo internacional, pero tienen muchos elementos del estilo brutalista que se había extendido en los años setenta”, analiza Tellería. Con una estricta traza geométrica y ortogonal, el diseño alterna pasillos pavimentados con hormigón rayado con parterres elevados por unos muretes, también de hormigón, para evitar que el público los pise. Además también incluye un estanque cuadrado lleno de escalones y varias áreas más despejadas que hoy ocupan un parque infantil y una cancha de baloncesto. En el extremo norte, el parque se funde con los jardines que el pintor y paisajista uruguayo Leandro Silva Delgado diseñó para rodear la torre Picasso. En el extremo sur, desemboca a las oscuras galerías que Lopez Candeira convenientemente ocultó con varias enredaderas. “También había unas pérgolas de hierro cubiertas con rosas que en primavera se ponían impresionantes, pero se retiraron por un cambio de normativa”, añade.Sin embargo, lo más insólito del jardín fue la variada colección de árboles que reunía. Luciano Labajos los vio crecer a principios de los ochenta cuando trabajaba de administrativo en AZCA. Entonces era uno de esos oficinistas que salían, y aún hoy salen, a los jardines con la tartera para tomar el bocata con sus compañeros. “Los arbolitos estaban muy pequeños y cuando los veían pensaba que no tenían ningún futuro”, explica. Pero, con el tiempo, los árboles crecieron y Labajos dio un vuelco a su vida: se convirtió en jardinero municipal, socio fundador de Ecologistas en Acción y educador ambiental detrás de obras de divulgación como Árboles de tu ciudad (Reservoir Books, 2004). “Normalmente se plantan jardines monoespecíficos, pero este de AZCA es un verdadero arboreto, un jardín botánico de árboles y arbustos. En un paseo de media hora se pueden ver especies de todos los continentes”.La base del jardín, explica, son los numerosos plátanos que, en su búsqueda de la luz, alcanzan una gran altura y acaban proyectando una sombra densa para que otros árboles crezcan en un ambiente más amable. Pero también destaca el inesperado crecimiento de los olmos siberianos y de coníferas como el abeto rojo y, sobre todo, un pino blanco americano que considera una auténtica rareza. A todo esto se suman los cedros, tejos, cipreses, magnolios, árboles pequeños como el madroño o la encina ― “En esa época traían muchas encinas de la costa catalana”, asegura― y una gran variedad de arbustos de hoja caduca y perenne. En total son 367 árboles, de unas cuatro décadas de antigüedad y de 42 especies distintas, un inventario que no existiría sin el esfuerzo de Antonio Granera, vecino jubilado de la zona.Hayas como ermitasComo la mayoría de su generación, Granero recordaba AZCA por las discotecas a las que acudía de joven. No fue hasta que se jubiló cuando descubrió la joya botánica que escondía. Llevaba ya unos años en Tetuán y, para entretenerse, se propuso inventariar y geolocalizar cada uno de los árboles del distrito. “Cuando llegué allí, me pasé dos semanas hasta catalogarlos todos. Cuando lo descubres, piensas: ‘¿Qué hace un haya en mitad de la Castellana?”, explica Granero que, además de un aficionado a la botánica, es el presidente de la Asociación de Vecinos de Cuatro Caminos-Tetuán. Desde su posición, lamenta el mal estado de todo complejo empresarial. Esta degeneración también alcanza al jardín, especialmente en el extremo sur.Aparte de los restos que suelen dejar los botellones del fin de semana, las enredaderas que ideó López Candeira ocultan las oscuras galerías donde personas sin hogar conviven con grandes montañas de basura. “Los vecinos no nos oponemos al proyecto de reforma, es algo que hay que hacer y lo llevamos pidiendo años, pero nos oponemos a que desaparezca el parque”, comparte. En su lugar, propone que los mil nuevos árboles que promete el proyecto Nuevo Azca se planten en otras zonas de Tetuán, que, según datos del propio Ayuntamiento, es el distrito de Madrid con menor arbolado viario por habitante: 4,07 cuando el valor recomendado es de 5.Por su parte Labajos propone pedir la declaración de jardín singular para garantizar la protección de la zona. “A nivel público, no hay una cosa igual en toda la ciudad. Es casi un milagro. Un jardín sin jardinero no tiene ningún futuro y en este caso ha tenido muy buen mantenimiento. Es una lástima tirar a la basura tanto esfuerzo de tanta gente trabajando tantos años”, añade. Con esta certificación, Labajos intenta blindar a los árboles frente a las soluciones que el Ayuntamiento suele aplicar en casos similares: desde talarlos y plantar muchos árboles jóvenes, que tardarán décadas en alcanzar la altura y los beneficios ecológicos que ya aportar los actuales, hasta trasplantarlos, con el riesgo de que no sobrevivan en su nuevo emplazamiento.“Si ya están allí, no se pueden perder. Esos árboles están completamente adaptados a ese lugar, han crecido en una zona con mucha contaminación y sin un sustrato perfecto. Son muy resistentes, pero si se mueven a otro lugar, igual no se adaptan”, explica Ester Higueras, profesora de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid especializada en urbanismo bioclimático, ordenanzas ambientales y barrios saludables. En una zona tan árida como AZCA, explica, los árboles son fundamentales para bajar la temperatura, mejorar la salud mental de los vecinos y amortiguar las intensas corrientes de aire que se generan cuando el viento choca contra las torres, resbala por las fachadas y forma torbellinos con el doble o triple de fuerza.Higueras también apoya la reforma del espacio, cuya inseguridad, defiende, viene de ocultar bajo tierra todo el tráfico rodado en una manzana tan grande. “Es tanto lo que hay que arreglar que cualquier solución mejora la situación actual”, añade. Pero no a cualquier precio. La urbanista recuerda el deber de adaptar siempre los proyectos a los condicionantes de cada lugar. “Un árbol maduro es una preexistencia tan importante como una ermita, que a nadie se le ocurriría trasladar. Un elemento patrimonial histórico-artístico de primer nivel es inamovible y un árbol de porte también. Muchas veces quitamos el arroyo, para hacer un lago. Pero hay que entender el terreno, estudiarlo y, si encontramos un arroyo, potenciarlo y diseñar y construir el proyecto con ese condicionante”.