El 70% del agua dulce del planeta está en Antártida. Y, sin embargo, el continente de hielo es también el más seco: apenas caen 160 milímetros de nieve de media al año y la mayoría no se descongela nunca, por lo que toda esa agua no está disponible para nadie. Así ha sido, al menos, durante los últimos millones de años, porque ahora ha empezado a llover incluso en lo más crudo del invierno. La subida de las temperaturas está cambiando las reglas del juego en un territorio poco acostumbrado a las novedades, donde la vida ha aprendido a sobrevivir a un ritmo lento, enfocándose en resistir en lugar de en competir. Ahora, el reloj corre en su contra. La tierra antártica no es un lugar especialmente biodiverso. Además de pingüinos y algunos invertebrados, su flora nativa está compuesta por dos especies de plantas, un centenar de musgos y unos 400 líquenes. Estos seres fotosintéticos tienen que competir con las más de 100 plantas invasoras que se han establecido en el territorio en los últimos años, gracias a los seres humanos y con la inestimable ayuda del cambio climático. A algunas, como el césped común, se les está dando especialmente bien: está asentado en las islas Georgias del Sur y Shetland del Sur y se está expandiendo por la península Antártica. “Los musgos y los líquenes son fascinantes, tienen una capacidad de resistencia increíble, pero son muy malos competidores”, explica Claudia Colesie, investigadora en ecología vegetal de la Universidad de Edimburgo (Reino Unido) y coautora del primer mapa completo de la vegetación antártica. “Son organismos que pueden sobrevivir con muy poca agua, perfectamente adaptados a un lugar tan seco como la Antártida. Pueden llegar a perder toda su agua interna sin sufrir daños, entran en estado de latencia, y cuando reciben una gota de agua reviven inmediatamente y se ponen a hacer la fotosíntesis en pocos minutos”. Ese es su gran secreto: pueden pasar meses en completa oscuridad, congelados y sin agua. Saben esperar. Cuando tienen la oportunidad, por efímera que sea, no la desaprovechan. Esto les ha permitido reinar en la pequeña porción de la Antártida donde la tierra no está helada: ocupan unos 44 kilómetros cuadrados de los más de 14 millones que tiene el continente. Es decir, ocupan un espacio equivalente a la almendra central de Madrid en un territorio con una extensión que multiplica 28 veces la de España. La Antártida sigue siendo un continente dominado por el hielo, pero en ese 0,12% del espacio en el que la vida fotosintética tiene lugar están pasando cosas. La (lenta) conquista del territorio sin hielo La mayoría de especies fotosintéticas no pueden crecer en el hielo permanente. Algunas, como ciertas algas, aprovechan momentos de deshielo para florecer en las finas películas de agua líquida que se forman. Otras, como las cianobacterias, los musgos y los líquenes han perfeccionado durante milenios un lento proceso de colonización con el que logran establecerse en la tierra una vez se retiran los hielos. “Cuando decimos lento, es muy lento. Los llamados procesos de sucesión ecológica tardan décadas en completarse en la Antártida”, señala Colesie. Estos procesos de sucesión que se producen en zonas en las que se retiran los hielos permanentes están bien estudiados, tanto en la Antártida como en otros puntos del planeta con glaciares, como la Patagonia o los Alpes. Una vez que el hielo desaparece, queda un material granuloso similar a la arena, al que se adhieren, en primer lugar, las algas y las cianobacterias. Ellas son las pioneras. A medida que van creciendo y muriendo, van dejando atrás materia orgánica y biomasa que puede ser utilizada por los musgos, que se establecen en segundo lugar. Sobre ellos, con el tiempo, crecen los líquenes. “A partir de ese momento, empiezan a formarse comunidades que llamamos costras biológicas de suelo. Son comunidades diversas y bien establecidas que crean un colchón con capacidad para retener agua. Ya no es solo arena, es algo más”, detalla la investigadora británica. “Si fuésemos una semilla de una planta llevada por el viento y caemos sobre algo así, sería un buen lugar en el que quedarse y crecer”. El principal problema de estos colonizadores es que son capaces de hacer el trabajo más duro, pero después son muy malos competidores. Crecen lentamente, en condiciones difíciles, pero si a una planta vascular que es capaz de crecer en menos de un año le quita los pocos recursos disponibles, no tiene herramientas para sobrevivir. Tampoco destacan por su capacidad de adaptación a los cambios. “Algunas especies han evolucionado durante mucho tiempo para adaptarse al frío y a la escasez de agua, pero el cambio climático está imponiendo unas nuevas condiciones”, explica Colesie. “Para ellas, un mundo más cálido no es un mundo más productivo. En teoría sí que podrían beneficiarse de que haya más agua líquida, pero tampoco lo sabemos. Sin embargo, las plantas vasculares, sean nativas o invasoras, sí que pueden sacar mayor partido de las altas temperaturas y de la abundancia de agua”. El cambio climático provocado por las emisiones de gases de efecto invernadero de origen humano está modificando la Antártida. El deshielo se acelera, las temperaturas suben, registrando incluso olas de calor en invierno, y cada vez hay más agua líquida procedente tanto de la lluvia como de los glaciares en retroceso. Pero eso no significa que la Antártida se vaya a transformar en un edén vegetal de la noche a la mañana. “En 20 o 30 años, la Antártida seguirá estando dominada por musgos y líquenes, pero es muy probable que cada vez sea más verde. Las especies invasoras seguirán limitadas por un factor que no va a cambiar con el cambio climático: la oscuridad permanente durante los meses de invierno”, concluye Claudie Colesie. “Gracias al mapa que hemos hecho, podemos entender la fragilidad de la vida fotosintética en la Antártida, lo delicado que es todo. Son pocos los organismos que pueden crecer allí y es importante protegerlos”.
La batalla de las plantas por conquistar la Antártida está en marcha
El cambio climático está alterando las reglas del juego en el continente helado, pero las especies nativas están preparadas para resistir








