No saber decir no y echárselo en cara a uno mismo durante esas conversaciones íntimas que van construyendo el yo a lo largo de la vida no deja de ser muchas veces un autoengaño. Acusarte de no saber decir no es la mayoría de las veces no querer reconocer que no quisiste decir no. No caeré, por tanto, en ese truco de la mente para justificar el punto de partida del viaje que me llevó a Nueva York el día que España ganó su segundo Mundial. Cuando dije sí a la propuesta de cruzar el charco a gastos pagados dos veces en cuatro días, lo hice con la esperanza de acabar sentado en una grada del Metlife Stadium con una invitación.

Era un viaje de trabajo placentero programado que se aceleró cuando España se citó en su segunda final mundialista. Solo tenía una línea roja: no pagar lo que la FIFA dice que valía vivir la final en directo: 17.000 dólares la entrada más barata a 48 horas del inicio del partido. Hay fiestas en las que no se participa aunque puedas pagar la entrada y tengas en el armario la ropa exigida. En la cola de embarque unos señores reconocían haber pagado 8.000 dólares por la entrada. “Igual dejo a los niños sin universidad, jajajajajaja”, llegaron a decir. Ese era el precio al que la RFEF puso algunas de las entradas de las que dispuso tras confirmarse que jugaría la final. A nosotros también nos las ofrecieron y no dudamos ni un segundo. Esta vez supe decir no.