Una forma de contar lo ocurrido es decir que en el palco de honor del MetLife Stadium de Nueva Jersey, para ver la final del Mundial 2026, se juntaron un domingo el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, el del pa�s organizador, Donald Trump, los de los coorganizadores, Claudia Sheinbaum y Mark Carney, de M�xico y Canad� y el del finalista y favorito, Pedro S�nchez, junto a los reyes de Espa�a. Otra forma de verlo es decir que en el palco m�s codiciado del planeta hubo un festival de simpat�a y armon�a forzada entre el hombre m�s poderoso del planeta, su 'amigo' m�s entusiasta y entregado, y los l�deres de tres de las naciones m�s criticadas, atacadas y amenazadas desde Washington en los �ltimos dos a�os.Un morbo enorme y evidente, un c�ctel explosivo con pol�ticos socialistas, liberales y conservadores, con visiones contrarias y casi irreconciliables del mundo. Trump ha arremetido contra sus vecinos del sur y del norte en incontables ocasiones, les ha ofendido, despreciado, puesto aranceles e incluso ha esgrimido las opciones de una anexi�n o de usar tropas en su territorio.Igualmente, ha reprochado a nuestro pa�s y S�nchez en particular media docena de veces el poco gasto en Defensa o no dejarle usar las bases para atacar Ir�n, especulando con sanciones o incluso una expulsi�n de la OTAN. En sus redes sociales, en ruedas de prensa, incluso cara a cara. Nada de eso se vio anoche. La historia muestra que el deporte ha servido a menudo como puente cuando la diplomacia parec�a chocar con un muro inamovible. Los Juegos Ol�mpicos, los Mundiales, campeonatos menores incluso han propiciado acercamientos, reuniones imposibles.No sustituyen las cumbres internacionales, no se parecen en nada a las negociaciones formales, pero con l�deres volc�nicos como Trump, nada interesado en el juego en s� pero encantado con una audiencia de 1.600 millones de personas, son una oportunidad perfecta. Sin cambiar la historia, pero rebajando la temperatura, abriendo canales de comunicaci�n. Recordando, simplemente, que detr�s de las diferencias pol�ticas siguen existiendo personas. Trump dio �rdenes en Turqu�a a principios de mes de que nadie recibiera a un alto cargo espa�ol. Ayer, por gracia y milagro del bal�n, tendi� la mano. Literalmente.La FIFA comprendi� hace d�cadas el valor pol�tico de sus competiciones. Para muchos, especialmente en EEUU, partidos como este son casi una excusa. Lo importante ocurre antes del saque inicial, durante el descanso o al finalizar el encuentro. Los pasillos se convierten en el foro principal. En nuestro pa�s los palcos de los grandes estadios se han convertido con el tiempo en la (mala) representaci�n del networking puro y el cierre de negocios. En un Mundial, las cosas son difrentes. Hay multimillonarios por todas partes, celebridades mundiales en cada fila, pero en las salas y suites de las marcas. El palco principal es coto pol�tico, cerrado, s�per exclusivo. Una oportunidad �nica de acercarse a una persona y s�lo una: Trump, encantado como anfitri�n, sin las c�maras de la Casa Blanca o el ambiente enga�oso de Mar-a-lago.La imagen que quedar� es precisamente esa, la de rivales que se detestan pero pasaron juntos 120 minutos de tensi�n. La imagen es la de Carney bromeando con el hombre que le convirti� en primer ministro por las ofensas a su pa�s. La de Pedro S�nchez, distendido y relajado, estrechando la mano de quien hace apenas unos d�as dijo que Espa�a era una desgracia. Con el Rey Felipe de pie a su lado y la reina intercambiando palabras con Infantino.Todo estaba dise�ado para la felicidad del l�der. Muchos artistas estadounidenses, canciones en ingl�s, algunos de sus cantantes y deportistas favoritos. Y un coro enorme de voces elogiando el torneo, la asistencia a los estadios, la falta de grandes incidentes. Con el broche de una final entre los dos mejores equipos del mundo. Las chapuzas y favores de la FIFA, la injerencia de la Casa Blanca, el descanso convertido en una Superbowl sin gracia alguna, cosas menores."Estamos ante la final so�ada ante un pa�s muy querido como Argentina. Es un d�a que recordaremos todos", dijo el presidente espa�ol a la llegada al estadio. "Como dijo Luis Aragon�s las finales no se juegan, se ganan. Que gane el mejor y que el mejor sea sin duda Espa�a", a�adi� asegurando que "Espa�a es admirada y querida por defender unos valores y principios". Sobre su inminente encuentro con Trump, S�nchez adelant� que le dar�a la "enhorabuena" por los 250 a�os de independencia de EEUU y por el "�xito" del Mundial, confiando en que "m�s all�" de las discrepancias� de los �ltimos meses, la final ser�a ser� "uno de esos d�as en que el deporte une"."As� que mientras nos reunimos para un cap�tulo final, celebremos un torneo que uni� al mundo. Celebremos unos a otros. Esto es f�tbol. Esto es unidad. Esto es grandeza", dijo Tom Cruise en los proleg�menos siguiendo un guion que buscaba reconstruir alguno de los muchos puentes quemados por la administraci�n. Ser�a ingenuo pensar que un rato de charla y una entrega de medallas resuelve conflictos geopol�ticos. Ning�n gol elimina los desacuerdos comerciales, los problemas militares. Pero Trump es muy sensible al �xito.Su opini�n de las personas, de los empresarios, de los l�deres se sustenta en sus victorias, en el aura que transmiten. En la belleza y presencia f�sica. "Dir�a que es dif�cil apostar en contra de Messi... No elegir� bandos, solo pienso que es muy dif�cil apostar en contra de Messi. Es grandioso", dijo justo antes del inicio. Lo mismo que con Cristiano Ronaldo, Harry Kane.Estaban en el palco principal junto a Trump su familia y la del secretario de Estado, Marco Rubio. Y del lado espa�ol (aunque no sentados ah�, sino dispersos por todo el estadio) los ministros de Exteriores, Jos� Manuel Albares, y el vicepresidente Carlos Cuerpo.Una forma de mostrar respeto. Para que Washington asocie deporte, �xito y m�s cosas. Parece na�f, pero en una d�cada nadie ha encontrado la receta para seducir a Trump. Funcionan los elogios, los regalos, la sumisi�n. Quiz�s tambi�n los mundiales.