En junio de 2014 hacía la fila para entrar al Google I/O en San Francisco, el congreso anual para programadores de la empresa. Entre los asistentes caminaban manifestantes sindicales disfrazados de Darth Vader y soldados imperiales pidiendo mejores condiciones y más control sobre las empresas de tecnología. Desde un estacionamiento colgaba un cartel amarillo: Google: Don’t be evil. Be a force for good, un juego con el lema de Google de no hacer el mal y con la Fuerza de Star Wars. Un vocero de Google, respondiendo con humor, deseó que “la Fuerza acompañara” a los manifestantes. Dentro del evento apareció otra preocupación. Google había comprado recientemente a Boston Dynamics y crecían las preguntas sobre los usos militares de sus robots. Durante la keynote, un activista acusó a la empresa de construir máquinas capaces de matar personas. “Trabajan para una compañía totalitaria”, gritó antes de ser retirado por seguridad. A muchos de los que estábamos ahí nos pareció exagerado. La IA todavía no generaba textos ni imágenes ni actuaba por nosotros. Una máquina autónoma decidiendo sobre una vida parecía más cerca de Darth Vader que de un producto real. Ese mismo año, Google también había comprado DeepMind, una adquisición que parecía mucho menos amenazante: era un laboratorio de aprendizaje automático y neurociencia que enseñaba a sus sistemas a jugar videojuegos.
La IA choca con una promesa de Google: no hacer el mal
La IA anticipa una nueva edad dorada, pero avanza más rápido que los controles capaces de contenerla.







