El acelerado reordenamiento del sistema internacional en las últimas dos décadas obliga a repensar la inserción externa como instrumento activo del desarrollo. El mundo ha cambiado radicalmente en los últimos 20 años y la geoeconomía enhebrada con la geopolítica determinan qué se puede hacer y cómo. Esta constatación implica que las oportunidades externas ya no son neutras: están condicionadas por estándares tecnológicos, controles de inversión, subsidios y estrategias de poder que configuran la demanda, el acceso a cadenas de valor y la transferencia de capacidades productivas.

La dotación de recursos naturales y su explotación no garantiza por sí sola el desarrollo. Los casos exitosos y bien diferentes de Noruega, Australia y Botswana muestran que la riqueza de recursos puede convertirse en motor de desarrollo cuando se combina con instituciones sólidas, políticas públicas que gestionan las rentas y estrategias de diversificación productiva. Noruega creó fondos soberanos y reglas fiscales para amortiguar la volatilidad. Australia articuló educación, apertura y vínculos con mercados dinámicos. Botswana transformó la renta diamantífera en inversión pública en educación, salud e infraestructura y mantuvo marcos regulatorios estables que protegieron la gestión de la renta y fomentaron la inversión productiva.