Las nuevas generaciones destinan parte de su presupuesto a la salud mental, el deporte o la formación, necesidades que hace unas décadas ni siquiera formaban parte de la vida cotidiana. Los precios en España han subido un 3,2 % en el último año, una cifra que convive con una sensación generalizada: la vida cotidiana se ha encarecido en casi todo, incluso en aquello que antes no se consideraba consumo.La cuestión, sin embargo, va más allá de la inflación. No se trata solo de cuánto cuesta vivir hoy, sino de en qué se ha convertido la vida. Porque, junto al encarecimiento de los precios de todo, han aparecido nuevos gastos asociados al bienestar físico y emocional que hoy forman parte de la normalidad de muchos jóvenes.Generaciones distintas, distintos modos de entender el mundoEl demógrafo del Centre d’Estudis Demogràfics Pau Miret advierte que comparar generaciones de forma directa puede llevar a interpretaciones simplificadas. A su juicio, cada cohorte ha vivido en un marco económico y social distinto y, por tanto, no puede medirse con los mismos parámetros. “No tiene demasiado sentido enfrentar generaciones porque cada una ha vivido contextos completamente diferentes”, apunta. Más que establecer quién vivió mejor o peor, sostiene, conviene entender cómo ha cambiado el ciclo de vida y las condiciones de emancipación.Antonia tiene 91 años. Silvia, su nieta, 24. Cuando se sientan una frente a la otra no solo se encuentran dos generaciones muy distintas, sino dos formas de entender el mundo. Una comenzó a trabajar siendo apenas una adolescente; la otra sigue construyendo el camino hacia una independencia que se alarga entre estudios, trabajos parciales y una sensación constante de estar empezando. A simple vista podría parecer que los jóvenes gastan más, pero esa impresión se diluye a medida que aparece el contexto completo de sus vidas.Antonia recuerda sus trece años como el inicio de todo. “Cobraba 50 pesetas a la semana”, explica, como quien abre una puerta a otra época sin darle importancia. Poco después ya trabajaba en una tienda de fajas y ropa interior femenina. El dinero entraba en casa y salía de ella sin pasar por sus manos. “Mi sueldo y el de mis hermanos iba entero a mis padres hasta que me casé”, recuerda. En su mundo, trabajar no era sinónimo de independencia, sino una forma de sostener la economía familiar. “A los 24 años ya estaba casada”.Silvia, a la misma edad, vive una realidad completamente distinta. Estudia Diseño de Interiores de forma presencial y compagina la formación con trabajos a tiempo parcial que apenas le dejan margen para respirar. “Me pago mis cosas, mis caprichos…, pero sigo necesitando a mis padres para tener un techo y comida”, explica. Lo resume con una imagen cotidiana: tiene el carné de conducir desde hace seis años, pero el coche sigue siendo el de su familia. La independencia continúa siendo una idea en construcción, aunque asegura que no lo vive con malestar. “Estoy feliz de poder enfocar mi vida y, si algo llega más tarde, llegará”.En mi época no existía nada de eso… ni salir a cenar fuera, ni gimnasios, ni psicólogos ni nada. Si no comías, te morías...Antonia(91)Una foto familiar de Antonia en su adolescenciaAntonia dejó de trabajar cuando se casó. No lo recuerda como una renuncia, sino como una transición natural. “¿Tú crees que tenía ganas de trabajar con una casa y tres hijos?”, pregunta entre risas. Silvia, en cambio, observa esa decisión desde otro lugar y le plantea si no sentía entonces una falta de libertad o el deseo de hacer otras cosas. Su abuela sonríe y responde desde su propia lógica vital, en la que la estabilidad pasaba por la familia, el hogar y una vida organizada en torno a lo cotidiano, junto a su marido ya fallecido, a quien recuerda con emoción.Su día a día se estructuraba de otra manera: mañanas de trabajo, tardes de costura y una calle que funcionaba como espacio de encuentro. Las sardanas frente a la Catedral de Barcelona, las conversaciones largas y los planes sin prisa formaban parte de un ocio que no se consumía, sino que se compartía. “Eso de salir a cenar no existía”, resume.Lee tambiénLa vida de Silvia está atravesada por una lógica distinta. Fitboxing, clases de Hyrox o terapia psicológica forman parte de su rutina mensual, con gastos que suman alrededor de doscientos euros. No lo vive como un lujo, sino como una necesidad para sostener su bienestar. “Me ayuda a descargar tensión, a ordenar lo que siento y a estar mejor”, explica. Durante la adolescencia atravesó un episodio de ansiedad vinculado a una relación sentimental y a la incertidumbre sobre su futuro, una etapa que también dejó una relación compleja con la alimentación que su abuela no supo cómo acompañar. “Ella me decía lo que tenía que hacer, pero mi cabeza no siempre podía hacerlo y eso mi abuela no lo entendía”, recuerda Silvia.Antonia escucha desde su propio marco generacional, sin referentes para nombrar aquello que no formaba parte de su mundo. “En mi época no existía eso… ni psicólogos ni nada. Si no comías, te morías”, dice sin reproche, más como una constatación de distancia entre dos realidades. Entre ambas no hay conflicto abierto, sino una diferencia de lenguaje y de experiencias vitales que condiciona la manera de entender el bienestar.El bienestar tiene un precio: el social y el mentalSilvia reconoce que su vida está atravesada por gastos que no siempre se traducen en bienes materiales, sino en formación, salud mental o experiencias. Son conceptos que hoy forman parte de su día a día pero que, paradójicamente, retrasan en muchos casos la posibilidad de emancipación. La independencia, que en generaciones anteriores llegaba antes, se alarga ahora en el tiempo y depende de múltiples factores que van más allá del esfuerzo individual.En ese cambio también influye la transformación del ocio. Las dos coinciden en que las redes sociales y la tecnología han ampliado las posibilidades, pero también los costes. Mientras Antonia recuerda una juventud en la que el ocio no implicaba consumo, Silvia describe un presente en el que salir, socializar o viajar supone un desembolso constante.“Ahora el ocio se paga”, resume ella misma, en una idea que ambas comparten desde experiencias distintas. Antonia lo interpreta desde la comparación con su pasado: “Ahora hay muchas más cosas. Antes no había. No podías gastar en eso porque no existía”.En la vivienda, sin embargo, las diferencias generacionales se atenúan. Es el único punto en el que ambas coinciden sin matices. “Está todo carísimo”, admite Antonia. Silvia asiente. La dificultad para acceder a un hogar propio se ha convertido en uno de los principales obstáculos para la emancipación juvenil y en un elemento estructural que condiciona todo el resto del proyecto vital.No cabe enfrentar generaciones porque han vivido contextos diferentes. (...) El problema no es solo económico, sino de estructura socialPau MiretDémografoPara Pau Miret, es precisamente en este punto donde la comparación entre generaciones se vuelve más compleja. El demógrafo recuerda que la juventud actual no solo afronta precios más altos en determinados ámbitos, sino un modelo de emancipación más largo y dependiente de factores externos. A ello se suma la falta de políticas de juventud suficientemente sólidas, especialmente en vivienda y empleo, lo que hace que la ayuda familiar siga siendo un elemento clave para poder independizarse. “El problema no es solo económico, sino de estructura social”, apunta, al tiempo que subraya que las expectativas de estabilidad han cambiado de forma profunda respecto a generaciones anteriores.Miret advierte además de que las diferencias no deben interpretarse como una competición entre épocas, sino como el resultado de trayectorias históricas distintas. La generación de Antonia estuvo marcada por la posguerra y la reconstrucción; la de sus hijos vivió un periodo de expansión; y la actual se enfrenta a un contexto de mayor incertidumbre y precariedad relativa en algunos sectores, pero también con nuevas formas de bienestar que antes no existían.Quizá por eso, más que preguntarse quién vivió mejor, la conversación entre Antonia y Silvia termina señalando otra cosa: que el mapa de la vida ha cambiado. Y que en ese nuevo mapa, la emancipación, el bienestar y el consumo ya no siguen las mismas reglas que hace unas décadas.
Tu abuela se hizo adulta a los 13 años; tú, con 24, aún no puedes. ¿Dónde acaba el lujo y asoma la necesidad?
Los jóvenes gastan hoy en viajes, gimnasio, cenas y terapia mental; sus abuelos ni lo necesitaban ni podían: no es que una generación viva mejor que la otra, sino que el mapa de la vida ha cambiado por completo






