Es probable que esté leyendo este reportaje en su casa o en la oficina con un ordenador conectado a una estupenda red wifi que le llega gracias a un router enchufado a un cable de fibra óptica. A lo mejor está yendo de un punto a otro, en el metro o en el bus, y nos está leyendo en su móvil, gracias a los datos de su tarifa 5G. Sea cual sea la situación, hay bastantes papeletas de que, cuando oiga hablar de Starlink, el servicio de internet por satélite de SpaceX y Elon Musk, piense que eso es una excentricidad tecnológica pensada para dar conexión al hippie que se ha mudado a una cabaña en el bosque en medio de Ávila. Razón no le faltaría. El hombre más rico del mundo dio forma a este servicio con ese fin. Conectar la América rural, que al otro lado del Atlántico lo de conectarse a internet está a años por detrás que en Europa. La cuestión es que en su expansión por el cielo se ha convertido en algo con mucha más enjundia. El último ejemplo se vio el pasado mes tras el doble seísmo de Venezuela. Con las redes tradicionales fuera de servicio, un tuit anunciaba que había una antena de Starlink funcionando en un céntrico parque para aquellos que necesiten conectarse con sus seres queridos. También lo ha usado en su propio beneficio, como cuando la justicia brasileña ordenó bloquear la red social antes conocida como Twitter, también de su propiedad. Pero si hay un lugar que mostró el papel que podía llegar a jugar Starlink fue Ucrania. En el frente se convirtió en una columna vertebral para Kiev. Coordinación de drones, artillería o comunicaciones en el frente funcionaban gracias a esas máquinas que en las noches despejadas se pueden ver como puntitos de luz en el cielo. Hasta ahí, todos felices. El problema empezó cuando el magnate, convertido en actor político clave al otro lado del Atlántico, recordó que el interruptor estaba solo al alcance de su mano y lo presionó varias veces para dejar a oscuras a zonas del frente en momentos clave. Fue entonces cuando en Ucrania y fuera de Ucrania se dieron cuenta de que depender de una tecnología que estaba en manos de una de las personalidades más caprichosas e imprevisibles del mundo era como jugar a la ruleta rusa. TE PUEDE INTERESAR Esa situación abrió los ojos a muchos. Satélites de comunicación existen desde hace mucho tiempo, pero nunca antes habían llegado tan lejos y tampoco habían llegado a ofrecer la potencia y el caudal de datos que ofrecen los de la compañía estadounidense, que tiene permiso para colocar más de 42.000 en órbita. Mientras todo esto sucedia, SpaceX había construido delante de nuestras narices lo que parece un monopolio. Algo parecido a lo que ocurrió hace unos años con Nvidia y las tarjetas gráficas. Todos sabían que estaba ahí, pero no existía una razón de peso para que el gran público le prestara atención. "Este tipo de constelaciones han ganado peso frente a los satélites tradicionales porque la tecnología es más barata, fiable y sobre todo económica de lanzar", apunta José Viceira, ingeniero aeronáutico y vocal del Comité de Espacio del Instituto de la Ingeniería de España, que recuerda que Elon Musk ha sido el que ha liderado los avances en este punto gracias a los logros con SpaceX. TE PUEDE INTERESAR La hegemonía sobrevenida de Starlink ha desatado ahora una nueva guerra de las galaxias para encontrar alternativas. Una que involucra a las grandes potencias mundiales, donde cada una cuenta con su receta particular. China ha respondido con dos grandes constelaciones estatales que, cuando se desplieguen completamente, sumarán cerca de 30.000 satélites, a lo que hay que sumar varios programas comerciales impulsados por gigantes industriales como Geely. En total, las solicitudes chinas para colonizar la órbita baja rozan ya los 43.000 satélites. ¿Y Europa? Pues, como otras tantas veces, el Viejo Continente parte con el marcador en contra. Mientras otras potencias aceleran, Bruselas intenta solventar la burocracia, cerrar los flecos y articular su respuesta con Iris². La cuestión es que el proyecto llega más tarde que otros. En el mejor de los casos, no empezará a desplegar satélites hasta 2029. Para entonces, la UE seguirá enfrentándose a otra paradoja. Quiere ganar autonomía en el espacio, pero todavía depende de empresas como SpaceX, la mano que quiere soltar, para poner en órbita buena parte de esa independencia. Primero, Amazon LEO "Las comunicaciones satelitales han dejado de ser un nicho comercial o militar a pequeña escala para convertirse en un arma de proyección estratégica global", recuerda en conversación con este periódico Carlos Hernández Medel, director de proyectos europeos de Hispasat. La empresa española es uno de los nombres propios dentro del consorcio SpaceRISE, junto a los luxemburgueses de SES y los franceses de Eutelsat/OneWeb, encargado de dar forma a Iris². TE PUEDE INTERESAR Pero mucho antes de todo esto, habrá otro rival de Elon Musk sobrevolando nuestras cabezas y ofreciéndonos internet de alta velocidad. El primer enemigo está en casa. Será Amazon LEO. Jeff Bezos, el fundador del gigante del comercio electrónico, lleva años intentando dar la batalla por la carrera espacial privada a SpaceX con Blue Origin. Ahora redobla su pulso. Hace unos pocos días, Amazon cargó otros 29 satélites a bordo de un cohete Atlas V y superó la barrera de las 390 unidades en órbita. La cifra puede parecer modesta frente a las más de 10.000 de Starlink, pero para la compañía supone tener una masa crítica para activar el servicio comercial antes que termine el año. "Hemos completado suficientes lanzamientos para el servicio inicial este año. Las futuras misiones solo añadirán cobertura y capacidad", explica a El Confidencial Martijn van Delden, la persona que lidera el proyecto en Europa. La constelación comenzará por las latitudes más septentrionales y meridionales del planeta e irá descendiendo progresivamente hacia el ecuador conforme gane tamaño. Por ahora, están comenzando a probar la red con clientes corporativos de como puede ser la aerolínea Jetblue. Porque Starlink o Amazon LEO probablemente todavía le pueden importar un pimiento a estas alturas. Al menos hasta que suba a un vuelo de doce horas rumbo a Tokio o San Francisco y descubra que puede ver Netflix sin tener nada descargado, responder correos o trabajar durante todo el trayecto como si estuviera sentado en el salón de su casa sin pagar nada extra. Ya son varias las compañías que han equipado algunas de sus naves con la infraestructura necesaria. En España, Iberia lo ha hecho, concretamente, en el avión que cubre el trayecto Madrid-Río de Janeiro. Esto solo es la punta del iceberg. Después vendrán barcos, plataformas petrolíferas, minas, convoyes militares... Vamos, lugares donde es imposible tirar un cable de fibra o hacerlo es demasiado caro. Hasta hace dos telediarios Amazon LEO no se llamaba así. Era conocido como Project Kuiper. La elección del nuevo nombre no es casualidad. Hace referencia a la órbita terrestre baja (LEO, por sus siglas en inglés), la franja situada entre unos cientos y un par de miles de kilómetros de altitud donde se está librando el grueso de esta guerra. Cuanto más cerca vuelan de la Tierra, menor es el tiempo que tarda la señal en ir y volver. Eso permite ofrecer una latencia lo suficientemente baja como para ofrecer una experiencia muy similar a la de una red terrestre. "Starlink ha reducido su latencia a unos niveles que hace solo unos años parecían imposibles. Estamos muy lejos de los más de 600 milisegundos de los antiguos satélites geoestacionarios", explica Luke Kehoe, analista jefe de la consultora Ookla, para ilustrar por qué todas las grandes potencias han puesto sus ojos en esta franja del cielo. Una franja que Musk quiere acercar todavía más a nosotros. Pero la meta ya no es solo transmitir datos a toda velocidad, sino procesarlos en caliente allí arriba. Su nueva obsesión pasa por crear una órbita ultra-baja con potentes chips aceleradores de IA para convertirlos en centros de datos flotantes; una red de supercomputación espacial capaz de procesar la información en el vacío orbital antes de devolverla a la Tierra, esquivando de paso los problemas de electricidad y refrigeración que hoy ahogan a los servidores terrestres, gracias a la energía solar y las gélidas temperaturas, respectivamente. Salvo para la Unión Europea, el principal campo de juego es la órbita baja, la que está más cerca a la Tierra Pero eso ya llegará, si es que supera todos los obstáculos. De momento es el turno de la tercera generación de Starlink, los V3. Unos monstruos de tonelada y media que darán están dando su primer paso con el lanzamiento de las primeras unidades de prueba a bordo de Starship. Para poner en órbita semejantes armatostes ya no sirve el fiable Falcon 9; hace falta el coloso de acero de 122 metros de altura de SpaceX, el único camión de mudanzas espacial capaz de engullir una constelación que multiplica por diez la capacidad de la anterior generación (rozando el terabit por segundo) y que conectará tu móvil directamente al espacio sin necesidad de parabólicas. ¿Y qué hay más arriba? Primero aparece la órbita media o MEO, situada a unos 8.000 kilómetros de altitud y utilizada por sistemas como Galileo, el GPS europeo. Mucho más lejos, a unos 36.000 kilómetros sobre nuestras cabezas, se encuentra la órbita geoestacionaria o GEO, donde operan desde hace décadas los grandes satélites de comunicaciones de empresas como Hispasat o Eutelsat. Allí los satélites permanecen aparentemente inmóviles respecto a la Tierra, lo que permite cubrir enormes regiones con un solo aparato, aunque a costa de un mayor retraso en las comunicaciones. Al mirar las cifras, es fácil llegar a un diagnóstico equivocado. Si Starlink tiene más de 10.000 satélites y Amazon apenas unos cientos, la partida debería estar decidida. Pero no funciona así. "Existe la creencia de que una constelación con 12.000 satélites va a ofrecer siempre mejor señal que otra con 3.000. Es un error bastante común, porque entran muchas más cosas en juego", añade el analista de Ookla. Por supuesto que tener más satélites ayuda. "Consigues coberturas solapadas. Varios satélites cubren un mismo punto a la vez, lo que reduce a cero las interrupciones de servicio en una red", argumenta Viceira en este punto. Pero no es lo único que importa. El tamaño y el diseño de cada satélite, la distancia, el espectro disponible, la red de estaciones terrestres o la forma de gestionar el tráfico son casi tan importantes como el número de aparatos en órbita. Todo eso explica por qué, pese a las enormes mejoras de Starlink durante los últimos tres años, la fibra continúa jugando en otra liga allí donde existe una buena infraestructura terrestre. En España, donde la cobertura de fibra alcanza cerca del 95 % de los hogares, la cuota de mercado ronda apenas el 2 %. "LEO es una tecnología de cobertura no de capacidad", concluye Kehoe. A pesar de ello, en lugares como España puede tener mucha importancia como respaldo "en negocios donde la continuidad de conexión es crítica". Evoca lo ocurrido con el apagón eléctrico de 2025, donde gran parte de las telecomunicaciones quedaron fuera de juego. El búnker europeo En esta altura, podría parecer que Europa simplemente llega tarde a una carrera con claros ganadores. Pero eso es algo que en Hispasat rechazan de plano. Según defienden, Iris² no nace para competir ni con Musk ni con Bezos en el mismo terreno. Recuerdan que la misión de las plataformas estadounidenses es el mercado de consumo y empresarial y que en ese camino se han encontrado otros usos. El proyecto de Bruselas llega para cubrir una necesidad completamente diferente. "Es el equivalente europeo a Starlink o Amazon LEO, pero con una diferencia fundamental. Su concepción no es dar conectividad masiva al usuario final, sino garantizar la soberanía de las comunicaciones gubernamentales y críticas", recuerda en este punto Carlos Hernández Medel, que habla de un diseño blindado desde el principio para dar soporte a ministerios, ejércitos, fuerzas de seguridad y servicios de emergencia de los Estados miembros. Porque a diferencia del resto, Iris² se reparte en las tres capas. Tiene un pie puesto en la capa LEO, otro en la MEO y también en la GEO. Esta estructura a tres bandas permite combinar la agilidad de la órbita baja con el músculo pesado de los satélites tradicionales a 36.000 kilómetros de altura, que actuaría como "última barrera de defensa". Es la manera que tiene Bruselas de curarse en salud. Si a un enemigo se le ocurre tumbar o hackear una de las capas en mitad de una crisis, siempre quedará otra activa para evitar que haya que acabar comunicándose con señales de humo. Esa "última barrera de defensa" no es una paranoia teórica. Responde a heridas que aún escuecen. El 24 de febrero de 2022, apenas unas horas antes de que los tanques rusos cruzaran la frontera de Ucrania, un ciberataque masivo atribuido al Kremlin inutilizó los módems de la red satelital Viasat. El golpe no solo dejó a ciegas las comunicaciones del ejército de Kiev en el momento más crítico, sino que provocó un apagón colateral en miles de turbinas eólicas en Alemania. Fue el bautismo de fuego de la guerra espacial moderna. Ya no hacen falta misiles para derribar satélites cuando puedes apagarlos con unas líneas de código. Es el mismo espejo en el que se mira Pekín. China contempla el despliegue masivo de Starlink con pánico estratégico, considerándolo un activo encubierto del Pentágono estadounidense. TE PUEDE INTERESAR "Un sabotaje es un riesgo muy real", subraya José Viceira, que ve "completamente lógico" el diseño multicapa por el que ha optado la Unión Europea. El ingeniero aeronáutico recuerda que aquí estamos hablando de "comunicaciones críticas de gobiernos e instituciones" y no de un producto orientado para el "gran consumo" como Starlink. "Si estás viendo Netflix y se te corta, pues abres un libro. Pero si de la conexión depende un operativo militar tienes que tener esa resiliencia". Frente a este bloque de amenazas, que un satélite europeo quede aislado en la órbita baja ya no es una opción; de ahí la necesidad de poder saltar de capa en milisegundos. En Iris² pretenden blindar las comunicaciones con criptografía cuántica. Aunque entraba en los planes iniciales, estas medidas de seguridad se desplegarán en una fase posterior, cuando la tecnología esté más madura. Todo esto no significa que todo el proyecto vaya a vivir encerrado en un búnker. Bruselas también quiere que la inversión tenga retorno económico. Por eso, además de reservar una parte de la capacidad para comunicaciones gubernamentales, de defensa y de emergencia, otra quedará en manos de los propios operadores que financian la constelación. Hispasat, Eutelsat y SES podrán comercializar ese ancho de banda entre clientes privados, aunque con una condición innegociable. "El uso gubernamental, de emergencias y de defensa siempre tendrá precedencia sobre la capacidad comercial", explica Hernández Medel. Si estalla una crisis, las administraciones públicas tendrán prioridad absoluta sobre cualquier contrato privado. Eso explica también el tipo de clientes que persigue el consorcio. No pretende convencer a una familia para que cambie la fibra por una antena en el tejado. Su objetivo son sectores como la aviación, el transporte marítimo, las grandes corporaciones o el respaldo de infraestructuras críticas. También gobiernos que buscan independencia tecnológica. "Muchos actores internacionales y países, especialmente en América Latina, Oriente Medio y el Sudeste Asiático, no ven con buenos ojos depender al cien por cien de una infraestructura estadounidense como Starlink", explica el directivo de Hispasat. En este punto, hay otra diferencia importante. A este lado del Atlántico nadie habla de sustituir a las operadoras tradicionales. SpaceX lleva años intentando convencer a los hogares de que cambien el cable por una antena, Iris nace como un complemento. "No buscamos el mercado residencial masivo", insiste Hernández Medel. Un recordatorio que llega en un momento clave, porque la frontera entre la red terrestre y la espacial empieza, en parte, a difuminarse. Los últimos avances permiten que satélites envíen señal directamente a teléfonos de última generación. Las principales operadoras españolas, aunque no parezca un peligro inminente, ya se han cubierto las espaldas con acuerdos con diferentes actores para poder ofrecer estos servicios. En las próximas semanas deberían concretarse tanto la inversión definitiva como el número final de satélites que formarán la constelación. Después llegará el turno de las aportaciones adicionales de los Estados miembros, más allá del presupuesto comunitario. España parte con una posición privilegiada. Además del protagonismo de Hispasat dentro del consorcio SpaceRISE, el Gobierno ha adelantado que realizará una contribución relevante al proyecto con el objetivo de asegurar un elevado retorno industrial para la industria aeroespacial nacional. Porque, en esta carrera, no solo está en juego quién controla las comunicaciones del futuro. También quién fabrica los satélites, desarrolla la tecnología y se queda con los miles de millones de euros que moverá el negocio espacial durante la próxima década. Sobre el papel, todo parece ir rodado. El problema empieza cuando llega el momento de poner los satélites en órbita. Europa quiere independencia, pero todavía no tiene la capacidad de lanzamiento necesaria para desplegar una constelación de estas dimensiones al ritmo que exige el calendario. "El acceso al espacio es el cuarto pilar fundamental de la estrategia espacial europea", recuerda Hernández Medel. TE PUEDE INTERESAR El Ariane 6 apenas puede realizar entre seis y once lanzamientos al año y, además de IRIS², debe ocuparse de misiones como Galileo o Copérnico. Las pequeñas lanzaderas privadas europeas, como Miura 5 de la española PLD Space, serán fundamentales para el ecosistema espacial, pero no están pensadas para colocar en órbita satélites de más de 500 kilos como los de IRIS². "No puedes construir una constelación lanzando los satélites de uno en uno", resume el directivo. Traducido al castellano, si Bruselas quiere dejar de depender de otros, antes tendrá que resolver un problema mucho más terrenal. Fabricar más cohetes. Mientras tanto, estará en manos de empresas como SpaceX o BlueOrigin, precisamente las manos que quiere soltar. "No tienes ni la capacidad de lanzamiento de Musk ni sus cohetes reutilizables. Por eso, el despliegue te va a salir más caro y vas a tardar más", añade José Viceira. Este experto pone algo fundamental sobre la mesa, la renovación constante de estas redes. "Tienen una vida útil de unos 5 años", recuerda. "Una vez desplegada la constelación con un lanzador grande, los microlanzadores como los de la española PLD serán ideales para reponer de manera ágil y económica aquellos satélites individuales que vayan quedando inoperativos", añade. Sin embargo, esta rueda de repuestos constantes alimenta el gran peligro del "cielo saturado". Para Viceira, tanto la acumulación de basura espacial como la contaminación lumínica son efectos colaterales inevitables para los que todavía no hay freno legal. "El gran problema es la ausencia de una legislación internacional vinculante. Europa está intentando liderar una regulación activa, pero me temo que hasta que no ocurra un desastre grave en órbita, los actores globales no se sentarán a firmar un acuerdo".
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