Julián Álvarez es un muchacho argentino que nació hace 26 años en Calchín, un pueblo de menos de 3.000 habitantes, situado en el departamento Río Segundo de la provincia argentina de Córdoba. Esa es seguramente la única certeza que tenemos sobre él. A partir de ahí, cualquier conclusión sobre su figura, trayectoria o personalidad estará condicionada por los dos ejes que definen la realidad contemporánea: la perspectiva, cada vez más subjetiva, del que quiere saber y la creatividad, cada vez más libre, del trovador que lo cuenta. ¿Es un tipo tímido y reservado o frío y calculador? ¿Es humilde o le puede la ambición? ¿Sus sueños tienen que ver con los colores del corazón o con los de la billetera? ¿Es agresivo o es pusilánime? ¿Piensa él o piensa su entorno? ¿Decide él o decide su entorno? ¿Es buen tipo o no lo es? ¿Es un jugador diferencial o simplemente un buen jugador? ¿Vale lo que el Atlético de Madrid pide por él? ¿Vale lo que el Atlético de Madrid pagó por él? Si lo piensan bien, cualquier respuesta, en cualquier sentido, tiene una justificación plausible. O no. Julián Álvarez fue una de esas estrellas llamadas a liderar el fútbol albiceleste. Una más, porque el entorno mediático argentino tiene más capacidad para crear supuestas estrellas que Netflix para producir series. Desde Ortega, Aimar y Saviola hasta Iturbe, Vietto, Luka Romero, Echeverri o Mastantuono… En ese barco zarpó Julián para cumplir su sueño. Otro, porque el primero, también suyo, ya lo había conseguido jugando para el equipo de su vida, River Plate. Hoy sabemos que los sueños en el fútbol, como casi todo, cotizan también con las reglas del mercado. Julián no llegó a Manchester en 2022 en loor de multitudes. Aterrizó discretamente en un club gigantesco, que acababa de ganar su cuarta Premier en cinco años y que seguramente no lo necesitaba. Los que acaparaban titulares en ese momento eran los Kevin De Bruyne, Bernardo Silva, Rodri… El fichaje estelar, esa pieza que el City buscaba desesperadamente y por la que soñaban sus seguidores, era un simpático mastodonte noruego que la estaba rompiendo en el BVB alemán: Erling Haaland. Julián tenía 22 años, sólo cinco internacionalidades con Argentina y había costado un precio relativamente bajo. El desempeño del argentino se ajustó a lo que esperaban de él. Fue un buen sustituto que complementó el once titular y que puntualmente compensó las carencias, bajas o vicisitudes del equipo. Lo hizo y lo hizo bien. Metió goles y realizó grandes partidos, pero sería exagerado considerarlo como una pieza esencial en los éxitos del City de Guardiola. Lo que realmente cambió la perspectiva sobre él para el mundo del fútbol fue algo que ocurrió fuera de Europa, cuando se proclamó campeón del mundo en Qatar. Ahí comenzaron las dudas en la cabeza de alguien. Puede que incluso en la cabeza del propio Julián. En Manchester le aumentaron la ficha, con buen criterio, pero eso no implicaba un cambio de jerarquía. Y algo parecido debieron pensar los otros equipos que protagonizan los sueños recurrentes de ciertos futbolistas. El Barça, más tieso que la mojama en temas relacionados con el pecunio, prefirió priorizar el fichaje de Dani Olmo. El Madrid, siempre a lo grande, fichó a un tal Mbappé. El PSG parece que se interesó por Julián, pero entendió que las cifras que se manejaban no se correspondían con el valor del jugador. Prefirió apostar por un chaval, que acababa de debutar en el Rennes, que se llamaba Doué. Julián ha firmado una temporada discreta. (Reuters/Marcelo del Pozo) Ahí apareció el Atlético de Madrid, faro de la argentinidad en tierras europeas y equipo que necesitaba un icono de menos de 30 años sobre el que construir su proyecto. Inspirado seguramente por el deseo de Simeone, el club hizo todo lo posible por incorporarlo. En lo económico y en lo no económico. Y Julián aceptó. Aceptó las condiciones económicas, deportivas y simbólicas que lo llevaban a ser la indiscutible estrella rojiblanca, a cambio de muchos años de contrato y una cláusula que lo blindaba más que al búnker de la Casa Blanca. Cuesta creer que no supiese lo que hacía. El Atleti no era precisamente un desconocido en Argentina o en Manchester. No digo ya su entrenador. Sin ambages ni titubeos, el Atleti situó al argentino en el epicentro de su proyecto. Nada más llegar. Algo no sólo arriesgado, también injusto, teniendo en cuenta que ahí había gente como Griezmann, Oblak o Koke. Pero nadie lo cuestionó. Ni dentro ni fuera. A pesar de que el tal Julián no había demostrado todavía nada (o muy poco). Camisetas, leyendas, declaraciones… todo apuntaba al mismo sitio: la araña. Ni una fisura. Ni un borrón. Fue un ejercicio tan entregado y monolítico, que nadie reparó en que era difícil encontrar un gesto de identificación con el club por su parte, que trascendiera el repertorio habitual de cualquier futbolista recién fichado. TE PUEDE INTERESAR Su primera temporada fue buena… pero no espectacular. Digna de un buen jugador, no de un jugador diferencial. Metió muchos goles, hizo buenos partidos, pero no se consolidó como verdadero referente espiritual del equipo. Ni dentro, ni fuera del campo. Muy lejos del Griezmann histórico, Diego Costa, Luis Suárez o Falcao. La segunda temporada fue simplemente atroz. Ocho goles y cuatro asistencias en 29 partidos. Indigna de un profesional con esa ficha y esa vitola. Ni trascendencia, ni juego, ni carácter. Aun así, porque el Atleti es como es, nadie se lo echó en cara. Ni dirigencia, ni entrenador, ni compañeros, ni aficionados. Al contrario. Lo único que recibió fue apoyo y cariño. Y ahora llega el verano del bochorno. Algo que ya se podía sospechar cuando, recién clasificado para los cuartos de final de la Champions League, donde, oh casualidad, esperaba el FC Barcelona, nuestro controvertido delantero se despachó en zona mixta diciendo que no sabía dónde jugaría el año siguiente. ¿En serio? Con un contrato firmado hasta 2030 y una cláusula de rescisión de 500 millones de euros. Jugándose la Copa del Rey y la Champions League. Julián celebra el gol a Suiza. (EFE/Matthew Child) A partir de ahí, dejando al margen la presión ejercida desde el entorno blaugrana o esa sopa de detritus tóxico que es su ecosistema mediático, hay un responsable principal en toda esta historia de hipocresía, mezquindad e ingratitud, que desgraciadamente acapara el salseo estival. Porque no sabemos quién es Julián Álvarez, pero sí sabemos cómo ha actuado —o cómo le han hecho actuar—. Independientemente de lo que piense o de las razones que crea tener, es difícil gestionar una situación con menos tacto y menor consideración hacia el club que apostó por él. La gran mentira no es que Julián Álvarez amase al Atlético. La gran mentira es que aceptase convertirse en aquello que el Atlético necesitaba que fuese y no ha sido. O no ha sabido ser. ¿Qué pasará? Ni idea, pero es obvio que será el Atlético de Madrid quien lo decida y no Julián, otro club o algún acalorado influencer con barretina. Desde lo contractual, el Atlético no tiene ninguna obligación de facilitarle la salida: o continúa o aparece una oferta tan extraordinaria que compense deportiva y económicamente el daño causado. Desde lo emocional, Julián no merece que le hagan ningún favor y, además, la afición colchonera está dolida. Y hablo lógicamente de la afición del Atleti porque la de otros equipos, en esta historia, no debería pintar demasiado. Desde lo deportivo, es difícil sustituir con garantías a un delantero de referencia, menos aún a estas alturas del verano y en estas circunstancias. Así que sólo veo dos posibilidades: o nuestro protagonista acepta cumplir su contrato como, por otro lado, hacemos el resto de los mortales, o tendrá que mudarse a alguna ciudad lluviosa, situada al otro lado de la frontera española, dejando por el camino una suculenta cantidad de millones en las arcas de Apollo y asociados. Ninguna opción parece óptima, pero es lo que hay. Cualquier otra posibilidad, honestamente, resultaría muy difícil de explicar por parte de la nueva dirigencia del club colchonero. Julián Álvarez es un muchacho argentino que nació hace 26 años en Calchín, un pueblo de menos de 3.000 habitantes, situado en el departamento Río Segundo de la provincia argentina de Córdoba. Esa es seguramente la única certeza que tenemos sobre él. A partir de ahí, cualquier conclusión sobre su figura, trayectoria o personalidad estará condicionada por los dos ejes que definen la realidad contemporánea: la perspectiva, cada vez más subjetiva, del que quiere saber y la creatividad, cada vez más libre, del trovador que lo cuenta. ¿Es un tipo tímido y reservado o frío y calculador? ¿Es humilde o le puede la ambición? ¿Sus sueños tienen que ver con los colores del corazón o con los de la billetera? ¿Es agresivo o es pusilánime? ¿Piensa él o piensa su entorno? ¿Decide él o decide su entorno? ¿Es buen tipo o no lo es? ¿Es un jugador diferencial o simplemente un buen jugador? ¿Vale lo que el Atlético de Madrid pide por él? ¿Vale lo que el Atlético de Madrid pagó por él? Si lo piensan bien, cualquier respuesta, en cualquier sentido, tiene una justificación plausible. O no.