Los cambios de estilismo capilar son habituales y responden a la necesidad de comenzar una nueva etapa pero, ¿son siempre una buena idea o la crónica de un drama estético anunciado?
“Se convirtió en el peinado más infame —y malinterpretado— de la historia de la cultura pop”, dice en Time Shannon Carlin al hablar del corte de pelo de la protagonista de la serie Felicity, actriz Keri Russell y cuya larga melena rizada era su sello de identidad. Tras una tormentosa ruptura amorosa (¿cuándo no lo son?), su personaje decidió que las tijeras cortaran el drama por lo sano. El corte de pelo enfureció a cantidad de fans e hizo que la audiencia de la serie se desplomara. El peinado se convirtió en motivo de chiste en series como Buffy Cazavampiros, Sabrina, cosas de brujas, Padre de Familia, 30 Rock, Las chicas Gilmore… Una clara señal de que un corte de pelo rara vez es simplemente ‘un corte de pelo’. De hecho, las redes sociales están llenas de memes que rezan “new hair, new me”, indicando que cambiar de peinado, bien sea a base de tintes o de tijeras, implica pasar de alguna manera a otra fase o incluso cambiar de forma de ser.
“El cabello es una de las pocas cosas que podemos transformar de manera inmediata. Cuando sentimos que hay aspectos de la vida que escapan a nuestro control, decidir cómo queremos vernos nos devuelve una sensación de autonomía”, dice Oriol Barberà, peluquero y fundador del Salón NU (Barcelona). Aclara que aunque por descontado un cambio de imagen no resuelve una ruptura, sí puede convertirse en un ritual de cierre. “La clave está en que ese cambio responda a la persona y no al impulso del momento. Un buen estilista no busca un efecto impactante para una semana; busca una imagen que siga teniendo sentido meses después”, añade.







